La expansión de cámaras domésticas, urbanas y comerciales conectadas a internet ha creado una red de observación distribuida en calles, carreteras y edificios. Lo que nació como infraestructura civil para vigilar propiedades o gestionar tráfico ahora ofrece, en muchos casos, una visión directa de zonas sensibles que puede ser aprovechada por actores militares o grupos vinculados a operaciones de guerra.
Una investigación de la firma de ciberseguridad Check Point describe cientos de intentos de intrusión contra cámaras de consumo en Oriente Próximo. Según la empresa, muchos de esos accesos coincidieron temporalmente con recientes ataques con misiles y drones de Irán contra objetivos en lugares como Israel, Qatar o Chipre, lo que sugiere un uso coordinado con operaciones militares.
Check Point sostiene que parte de esos intentos puede atribuirse a grupos de hackers de origen iraní, a partir del análisis de servidores y redes privadas virtuales utilizadas en la campaña. La firma vincula algunos rastros con actores ya relacionados con la inteligencia iraní, aunque esa atribución procede de su investigación y debe entenderse como una evaluación técnica, no como una confirmación judicial o oficial independiente.
El recurso a cámaras civiles comprometidas no aparece solo en Oriente Próximo. La fuente también sitúa esta práctica en la guerra entre Rusia y Ucrania, donde autoridades ucranianas han advertido de accesos rusos a cámaras para observar infraestructuras y defensas. Al mismo tiempo, también se ha reportado que actores ucranianos han usado cámaras rusas para seguir movimientos militares y apoyar acciones propias.
El aspecto técnico del problema es menos sofisticado de lo que podría parecer. Los intentos detectados explotaban cinco vulnerabilidades en cámaras de Hikvision y Dahua que, según Check Point, ya habían sido corregidas en actualizaciones publicadas hace años. El problema persiste porque muchos propietarios no instalan esos parches o ni siquiera saben que existen, algo habitual en dispositivos conectados del llamado internet de las cosas.
Para una operación militar, estas cámaras ofrecen ventajas muy concretas. Permiten observar objetivos sin desplegar satélites ni drones costosos, reducen la exposición del atacante y aportan imágenes a nivel de calle, con ángulos que otras plataformas no siempre consiguen. Esa combinación las vuelve útiles para vigilar rutinas, seleccionar objetivos o evaluar daños después de un ataque.
El problema de fondo es estructural: dispositivos civiles pensados para seguridad cotidiana pueden acabar integrados en la cadena de reconocimiento de una guerra. Ni el fabricante ni el dueño suelen ser la víctima directa del daño causado con esa información, lo que complica la responsabilidad y la prevención. El resultado es una transformación clara del campo de batalla, donde infraestructuras conectadas de uso común pasan a formar parte del ecosistema de vigilancia militar.