La COP30, celebrada en Belém, cerró con el mismo problema que arrastra desde hace años: muchos compromisos, pero poco consenso sobre el punto más urgente del clima global. Aunque se anunciaron avances en redes eléctricas, energías limpias y reducción de metano, la cumbre fracasó en acordar una hoja de ruta clara para abandonar los combustibles fósiles.
Los petroestados, encabezados por Arabia Saudita y Rusia, bloquearon cualquier mención ambiciosa al petróleo, el gas o el carbón. De hecho, la declaración final ni siquiera incluyó la expresión “combustibles fósiles”, un retroceso que sorprendió a diplomáticos y organizaciones ambientales.
Más de 80 países presionaron para incluir un plan mundial de salida de los combustibles fósiles, pero la propuesta chocó con la resistencia de los productores y la falta de mecanismos financieros para hacer viable la transición en países de ingresos medios y bajos.
China se sumó a una coalición de 18 naciones para armonizar los estándares de monitoreo del mercado de carbono, un avance técnico importante pero insuficiente para compensar la falta de ambición en el punto principal.
En paralelo, empresas de servicios públicos anunciaron que elevarán su inversión anual hasta los 148.000 millones de dólares para ampliar redes y almacenamiento energético, un esfuerzo clave para que las renovables puedan crecer sin cuellos de botella.
Varias instituciones financieras, incluidos bancos de desarrollo, comprometieron más de 12.000 millones de dólares para fortalecer la interconexión eléctrica en regiones como el sudeste asiático, donde la demanda sigue subiendo con rapidez.
A pesar del impulso renovable, expertos señalan que sigue existiendo un déficit enorme entre lo prometido y lo que se necesita. El sector industrial, desde el acero hasta el transporte, depende todavía de combustibles intensivos en carbono y requiere inversiones gigantescas para transformarse.
Uno de los anuncios más destacados fue el compromiso de cuadruplicar los combustibles sostenibles como el hidrógeno verde, los biocombustibles y los electrocombustibles para 2035. Sin embargo, esta meta depende de que las redes eléctricas se expandan con rapidez.
La reducción del metano también ganó protagonismo. Se lanzó un nuevo fondo con 25 millones de dólares para apoyar proyectos en países como México, Indonesia y Nigeria, centrados en reducir fugas y emisiones en sectores clave.
Pese a todo, el gran vacío de Belém sigue siendo el mismo: un compromiso claro de eliminación progresiva del petróleo, el gas y el carbón. Para muchos expertos, este bloqueo pone en riesgo la posibilidad de cumplir los objetivos del Acuerdo de París.
La COP30 dejó la sensación de que el mundo avanza en dirección correcta, pero demasiado lento para la escala de la crisis. Sin una decisión valiente sobre los combustibles fósiles, la transición corre el riesgo de quedarse a medio camino.