Era de madrugada y el reactor número 4 debía superar un simple ensayo. Pocos segundos después, una explosión voló la tapa de la unidad, lanzó al cielo material radiactivo y dejó el núcleo ardiendo al descubierto. Lo que ocurrió en la central nuclear de Chernóbil, en el norte de la actual Ucrania, cambió para siempre la forma en que el mundo mira a la energía atómica.
Qué es Chernóbil
Chernóbil es una central nuclear situada cerca de la ciudad de Pripyat, en lo que entonces era la Unión Soviética y hoy es Ucrania, junto a la frontera con Bielorrusia. En el momento del accidente, Pripyat era una ciudad de unos 50.000 habitantes construida para alojar a los trabajadores de la planta.
El nombre se ha convertido en sinónimo de desastre, pero conviene distinguir: Chernóbil es el lugar y la instalación; el accidente fue un suceso concreto en uno de sus cuatro reactores. Ese reactor, el número 4, es el origen de toda la historia.
Qué sucedió aquella noche
El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 estalló durante una prueba de seguridad. El plan era comprobar si, ante un corte de electricidad, las turbinas aún en giro podían alimentar los sistemas de refrigeración el tiempo justo hasta que arrancaran los generadores de emergencia.
La prueba se hizo con el reactor a muy baja potencia y con varios sistemas de seguridad desconectados. La potencia se disparó de forma incontrolada, el combustible se sobrecalentó y la presión reventó el núcleo.
Sin una estructura de contención que encerrara la radiación, la explosión dispersó al ambiente elementos radiactivos como plutonio, yodo, estroncio y cesio. Además, los bloques de grafito del reactor ardieron al entrar el aire en contacto con el núcleo, alimentando la emisión de material radiactivo durante días.
Las causas: un fallo en cadena
No hubo una sola causa, sino varias que encajaron de la peor manera posible. El reactor era de tipo RBMK-1000, un diseño con fallos de fondo, a los que se sumaron errores humanos y la negligencia de un gobierno soviético que había ocultado accidentes previos en el mismo modelo y carecía de protocolos de seguridad adecuados.
El RBMK-1000 era intrínsecamente inestable a baja potencia, justo el régimen en el que se hizo la prueba. Esa noche el personal cometió errores graves: retiró demasiadas barras de control y desactivó sistemas de seguridad, en un ensayo mal diseñado de partida.
Por encima de todo planeaba un factor menos técnico pero decisivo. La ausencia de una verdadera cultura de seguridad, ligada a la falta de transparencia del sistema soviético, está en la raíz del accidente.
Las consecuencias
Las primeras fueron inmediatas y mortales. Unas 28 personas, entre bomberos y equipos de emergencia que trabajaron en la descontaminación, murieron en los tres primeros meses por síndrome de radiación aguda, a las que se suman las víctimas directas de la explosión.
La nube radiactiva no se quedó en la zona. La Unión Soviética intentó ocultar lo ocurrido, pero el 28 de abril estaciones de monitoreo suecas detectaron niveles anormales de radiactividad en el aire, lo que forzó a Moscú a dar explicaciones. La contaminación acabó cubriendo unos 142.000 kilómetros cuadrados del norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk.
A largo plazo, el balance es más difícil de cerrar y las estimaciones varían enormemente. Informes del ámbito nuclear atribuyen al accidente alrededor de 4.000 casos de cáncer de tiroides, sobre todo en quienes eran niños o adolescentes entonces, y proyectan hasta unas 4.000 muertes por la radiación recibida. Otras estimaciones, que tienen en cuenta los efectos a muy largo plazo sobre millones de expuestos, elevan la cifra final hasta unas 200.000 muertes. Esa horquilla tan amplia refleja lo complejo que es medir el impacto real de la radiación a lo largo de décadas.
Quedó también una huella física en el mapa: Pripyat fue evacuada y abandonada, y alrededor de la central se estableció una zona de exclusión que sigue cerrada casi cuarenta años después. El reactor destruido fue sellado, primero con un sarcófago de hormigón levantado a toda prisa y más tarde con una enorme estructura de confinamiento diseñada para aislarlo durante un siglo.
El legado
Chernóbil dejó de ser solo un accidente para convertirse en una advertencia. El desastre transformó la percepción pública de la energía nuclear y obligó a replantear las políticas de seguridad en todo el mundo.
Hoy, la zona de exclusión es un lugar extraño: a la vez monumento al error humano y, paradójicamente, refugio para una fauna que ha recolonizado un territorio del que las personas tuvieron que marcharse. La historia de Chernóbil, como la de tantos lugares marcados por la contaminación, no termina con la catástrofe. Sigue escribiéndose.