Cómo la energía solar espacial podría apoyar las metas de emisiones netas cero
La energía solar espacial ha dejado de ser solo una idea futurista y hoy se estudia como posible apoyo real para cumplir metas de emisiones netas cero hacia 2040–2050.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
Durante décadas, producir electricidad en órbita y enviarla a la Tierra parecía una fantasía propia de la ciencia ficción. Sin embargo, la presión por descarbonizar las economías y el aumento previsto de la demanda energética han devuelto la propuesta al centro del debate. Gobiernos y universidades analizan ahora si puede convertirse en una pieza complementaria dentro de un sistema energético cada vez más electrificado.
El concepto de los sistemas solares espaciales, conocidos como SBSP, es relativamente sencillo en teoría. Se trataría de colocar grandes satélites en una órbita alta donde el Sol es visible más del 99% del tiempo. Allí captarían la radiación con paneles y reflectores, la transformarían en energía y la transmitirían de forma inalámbrica hacia una estación receptora en la superficie. En ese punto, la señal se convertiría en electricidad utilizable y se integraría en la red.
La principal ventaja técnica radica en la intensidad y constancia de la luz solar en el espacio. En órbita, la radiación alcanza unos 1.367 vatios por metro cuadrado de forma casi continua, frente a los 1.000 W/m² máximos en el ecuador terrestre y promedios mucho más bajos en regiones como el Reino Unido, donde rondan los 100 W/m². Esa diferencia implica producción más estable y menos dependencia del clima, uno de los grandes límites de la solar y la eólica en tierra.
Por eso algunos investigadores sostienen que la SBSP podría aportar energía de base despachable, es decir, electricidad disponible cuando la red la necesita. En un sistema donde la intermitencia obliga a recurrir a centrales de gas para equilibrar picos y caídas de generación, contar con una fuente casi constante cambiaría el diseño del sistema eléctrico.
Un estudio del King’s College de Londres estimó que, si se desplegara a gran escala, la energía solar espacial podría reducir en un 80% la necesidad de renovables terrestres en Europa para 2050. Se trata de una proyección académica basada en modelos, no de un resultado probado. Aun así, muestra la dimensión que podría alcanzar si funcionara como se plantea.
El obstáculo inmediato es el coste. Desarrollar un primer prototipo a escala de gigavatio en órbita exigiría unos 15.800 millones de euros en investigación y desarrollo. Esa cifra refleja la complejidad de lanzar, ensamblar y operar estructuras masivas en el espacio. Aunque la energía solar en superficie es hoy una de las más baratas, trasladarla fuera del planeta implica inversiones iniciales muy superiores.
La reducción de costes de lanzamiento gracias a los cohetes reutilizables ha mejorado la viabilidad económica. Este cambio no elimina los desafíos, pero altera la ecuación respecto a décadas anteriores, cuando poner carga en órbita era mucho más caro. Aun así, será necesario abaratar células solares resistentes a la radiación y perfeccionar los sistemas de transmisión para que el modelo compita con otras tecnologías hacia 2040, como sugieren algunos informes encargados por el gobierno británico.
El balance ambiental tampoco es completamente neutro. La NASA advirtió en 2024 que el ciclo completo de la SBSP podría generar emisiones comparables a las de otras renovables actuales, aunque inferiores a las de los combustibles fósiles. Esto significa que no sería una solución libre de impacto, pero sí potencialmente menos intensiva en carbono que el carbón o el gas.
A ello se suman riesgos estructurales. El aumento de satélites podría agravar el problema de los desechos orbitales si no se diseñan sistemas modulares y gestionables. Además, una infraestructura energética basada en el espacio sería un objetivo atractivo para sabotajes o ciberataques, lo que obliga a incorporar medidas de seguridad desde la fase de diseño.
La energía solar espacial reaparece así como una opción estratégica dentro de la transición energética, no como sustituto inmediato de todas las renovables terrestres. Su futuro dependerá de si logra demostrar que puede ser competitiva, segura y ambientalmente asumible. Entre la promesa de una fuente casi inagotable y las barreras técnicas y económicas, el dilema sigue abierto.
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