El fin del Nuevo START deja a EE. UU. y Rusia sin restricciones sobre armas nucleares
El fin del tratado Nuevo START dejaría a Washington y Moscú sin restricciones sobre misiles y ojivas estratégicas por primera vez desde los años setenta, reabriendo el riesgo de una carrera armamentista.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
Durante más de medio siglo, incluso en los peores momentos de tensión, Estados Unidos y Rusia mantuvieron algún tipo de límite formal sobre sus armas nucleares estratégicas. Esos techos no eliminaban el riesgo de guerra, pero reducían la incertidumbre y obligaban a ambas partes a intercambiar información. Ese marco está a punto de desaparecer. El tratado Nuevo START expira el 5 de febrero y, si no se renueva o sustituye, por primera vez desde la Guerra Fría no habrá restricciones legales sobre cuántas ojivas o misiles puede desplegar cada país.
El presidente ruso, Vladímir Putin, ha propuesto mantener durante un año los límites actuales para ganar tiempo mientras se negocia un acuerdo más amplio. Donald Trump aún no ha respondido formalmente y ha dejado caer que, si el tratado expira, debería ser reemplazado por algo “mejor”. La ambigüedad no es menor: sin tratado, ambos gobiernos pasarían a planificar según el peor escenario posible sobre lo que el otro podría construir.
El Nuevo START, firmado en 2010, fija un máximo de 1.550 ojivas estratégicas desplegadas por lado y hasta 700 sistemas de lanzamiento —misiles intercontinentales, submarinos o bombarderos—. Más allá de los números, incluye inspecciones y mecanismos de verificación que permiten saber qué está haciendo el adversario. Esa transparencia técnica es lo que históricamente ha evitado interpretaciones erróneas y decisiones precipitadas.
Sin ese canal, el cálculo cambia. Si uno sospecha que el otro está ampliando su arsenal, la reacción automática es hacer lo mismo. No por necesidad inmediata, sino por desconfianza. Así empiezan las carreras armamentistas: no por ataque, sino por anticipación.
Por qué el vacío legal importa más que los misiles nuevos
A primera vista podría parecer un debate simbólico, ya que ambos países ya poseen miles de armas nucleares. Sin embargo, los tratados no solo congelan cifras: también estabilizan expectativas. Obligan a declarar pruebas, despliegues y conversiones de sistemas. Sin reglas, cada movimiento del rival se interpreta como una amenaza potencial, lo que presiona a aumentar arsenales aunque no exista una ventaja estratégica real.
Ex negociadores advierten que, sin límites, cada parte actuaría bajo “suposiciones máximas”: calcular lo peor y prepararse para ello. Ese proceso se retroalimenta y encarece todo. La disuasión se mantiene, pero el coste económico y político se dispara.
El factor que complica todo: China
La ecuación ya no es bilateral. Mientras Washington y Moscú reducían gradualmente sus arsenales durante décadas, China expandió el suyo fuera de cualquier marco de control conjunto. Pekín cuenta con unas 600 ojivas y el Pentágono estima que podría superar las 1.000 hacia 2030. Ese crecimiento ha alimentado en Estados Unidos el argumento de que limitarse frente a Rusia mientras China aumenta capacidades sería estratégicamente ingenuo.
El problema es que Pekín no quiere sumarse a negociaciones diseñadas por dos potencias que todavía poseen arsenales mucho mayores. Para China, el equilibrio actual sigue siendo desigual. El resultado es un bloqueo diplomático: Washington quiere un acuerdo a tres bandas; China no ve incentivos para participar; y Moscú prefiere prorrogar lo existente.
Más armas no significa más seguridad
Incluso sin ampliar ojivas, Estados Unidos ya enfrenta un enorme gasto en modernizar su tríada nuclear —submarinos, bombarderos y misiles terrestres—. Según estimaciones presupuestarias citadas en el debate político, el coste de mantener y renovar estas fuerzas se acerca al billón de dólares en la próxima década. Reabrir una carrera cuantitativa implicaría sumar más presión financiera a programas que ya sufren retrasos y sobrecostes.
Además, varios analistas señalan que aumentar números no cambia el principio básico de la disuasión nuclear: con unas pocas centenas de armas ya es posible infligir daños catastróficos. Duplicar ojivas no hace el mundo más seguro; solo amplía la factura y el margen de error.
El riesgo más serio no es una guerra deliberada, sino un mal cálculo durante una crisis. Sin inspecciones ni diálogo técnico regular, cualquier prueba o despliegue puede interpretarse como preparativo ofensivo. La historia nuclear muestra que la estabilidad depende tanto de la comunicación como de la fuerza bruta.
Un regreso silencioso a la lógica de la Guerra Fría
Si el tratado caduca sin sustituto, Washington y Moscú no lanzarán misiles al día siguiente, pero sí volverán a una lógica más primitiva: acumular por si acaso. Tras décadas de recortes graduales, el simple hecho de que desaparezcan los límites ya supone un giro histórico. No es una cuestión técnica, sino política: perder la última red de seguridad construida desde los años setenta.
El escenario más probable no es un salto inmediato a cifras masivas, sino aumentos “modestos” y progresivos. Aun así, la señal es clara. Cuando se rompen los marcos de control, la tendencia natural no es reducir armas, sino conservarlas o ampliarlas. Y una vez que empieza esa dinámica, detenerla resulta mucho más difícil que mantener un acuerdo imperfecto.
Fuente: Reuters
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