El tratado de la ONU sobre biodiversidad marina en alta mar entra en vigor el 17 de enero
El 17 de enero entra en vigor el tratado de la ONU sobre biodiversidad en alta mar, un intento clave de regular y proteger zonas oceánicas fuera del control nacional.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
El 17 de enero no cambia el color del mar, pero sí cambia el tablero. A partir de esa fecha entra en vigor un tratado pensado para un territorio enorme que hasta ahora funcionaba con reglas parciales: la alta mar, el espacio oceánico fuera de las jurisdicciones nacionales. En términos simples, es el intento más serio en décadas de poner orden donde la distancia siempre ha sido sinónimo de impunidad práctica.
El acuerdo nace para cubrir un vacío evidente: más de dos tercios del océano quedan fuera del control directo de los Estados y, en la práctica, muchas decisiones se han tomado por sector y por interés, no por visión de conjunto. Pesca, transporte, minería futura, bioprospección… cada actividad ha empujado con su propia lógica. El tratado busca que la conservación no sea un gesto voluntario, sino una obligación con procedimientos, reuniones y herramientas comunes.
¿Y qué herramientas son esas? La más visible es la posibilidad de crear medidas de gestión por áreas, incluidas áreas marinas protegidas en alta mar. También obliga a que ciertas actividades pasen por evaluaciones de impacto ambiental, algo que suena obvio en tierra pero que en el océano global ha sido desigual y, muchas veces, fácil de esquivar. Además, abre la puerta a discutir cómo se reparten beneficios derivados de recursos genéticos marinos, un terreno donde la tecnología avanza más rápido que la gobernanza.
Ahora viene el punto incómodo: un tratado no es lo mismo que control real. El papel no patrulla, no multa y no detiene barcos. La eficacia dependerá de cómo se definan las reglas concretas, de quién vigile y de si los países aceptan límites cuando chocan con intereses económicos. Habrá disputas, y no solo entre grandes potencias: también entre países con menos capacidad de monitoreo y empresas que pueden moverse por vacíos legales.
Otro límite es el tiempo. Entra en vigor, sí, pero la arquitectura institucional todavía tiene piezas por montar. La primera conferencia de las partes deberá aterrizar cómo se toman decisiones, cómo se financia la aplicación y cómo se resuelven conflictos. Y mientras tanto, el océano no espera: la presión sobre ecosistemas y especies sigue, y la degradación puede avanzar más rápido que la burocracia internacional.
Lo importante, entonces, no es celebrar la fecha como un final feliz, sino mirarla como el inicio de una prueba. A partir del 17 de enero la pregunta deja de ser “¿hay un marco?” y pasa a ser “¿se usa de verdad?”. Lo que habrá que observar en 2026 es si este tratado se traduce en áreas protegidas concretas, evaluaciones exigentes y vigilancia efectiva, o si queda como otro acuerdo ambicioso que el mar se traga sin hacer ruido.
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