Ciencia
Publicado:

Qué es el criticoma y por qué puede cambiar la forma de entender el cerebro

Una revisión científica propone un término nuevo para una idea vieja: el cerebro no solo recuerda la infancia, la graba en sus circuitos. Y la ventana sigue abierta hasta cerca de los 25 años.

4 min lectura
Ilustración artística del cerebro y las experiencias que moldean su desarrollo

Los primeros pasos, las primeras palabras, el acento que se pega, los juegos, el ruido de la calle o el rato al aire libre no atraviesan la vida de un niño como simples recuerdos. Una revisión publicada en la revista Brain Health propone reunir todo eso bajo un solo nombre: «criticoma».

El término designa el registro de experiencias que el cerebro integra durante sus etapas de mayor plasticidad, desde antes del nacimiento hasta aproximadamente los 25 años. La idea no es que la infancia lo decida todo, sino algo más matizado: hay ventanas en las que el cerebro está especialmente abierto a lo que ve, oye, siente y practica.

Lo proponen los investigadores Michel Cuenod, Julio Licinio y Kim Q. Do, que agrupan en una sola idea toda la información sensorial, motora, social, cultural y ambiental que el cerebro incorpora durante los periodos críticos. No se trata solo de aprender a leer o a montar en bici: también entran la forma de relacionarse, el idioma que se escucha, los gestos que se imitan y el entorno donde se crece. Do ha aclarado que el equipo no perseguía una palabra nueva, sino una manera más precisa de nombrar algo que la neurociencia ya observaba pero no terminaba de definir.

Juan Lerma, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Neurociencias CSIC-UMH, enlaza el concepto con una vieja intuición de Ramón y Cajal: la de que cada persona puede ser «escultor de su propio cerebro». Durante estas fases el cerebro no solo recibe información, la convierte en conexiones, y esas experiencias quedan físicamente grabadas en los circuitos neuronales.

Una huella de doble filo

Aquí entra una pieza fácil de pasar por alto: el criticoma no depende solo de los genes ni del colegio. Cuenta también el entorno material, desde la arquitectura de la casa hasta la naturaleza cercana, el ruido, los espacios de juego o las condiciones socioeconómicas.

No es lo mismo crecer entre parques, aire limpio y luz natural que entre tráfico, humos y estrés. El cerebro no vive aislado en el cráneo: vive en un barrio, en una casa y en una rutina.

Y esa misma plasticidad que permite aprendizajes extraordinarios tiene su reverso. Cuando faltan estímulos básicos o el entorno es dañino, la huella también es profunda. Por eso los autores insisten en lo que ocurre dentro de esas ventanas, en lugar de tratar la infancia como una sala de espera hacia la vida adulta.

Pantallas, la gran incógnita

La revisión se mete en una pregunta muy de hoy: ¿qué pasa cuando buena parte de la infancia se vive a través de pantallas? Los autores son prudentes y no afirman saber qué tipo de criticoma está moldeando una niñez saturada de móviles, tabletas y redes. Esa cautela evita el alarmismo fácil.

Lo que sí señalan es que el asunto merece estudiarse mejor. Cuando las pantallas ocupan horas de juego, sueño, conversación o movimiento, dejan de ser una herramienta más: cambian qué experiencias entran en las ventanas plásticas y cuáles se quedan fuera.

Repensar la salud mental

El marco también busca cambiar la mirada sobre algunos trastornos. Según los autores, el autismo, la esquizofrenia, la depresión, el estrés postraumático o ciertos síndromes ligados a la cultura podrían entenderse mejor como problemas del desarrollo, y no únicamente como fallos de la sinapsis en el cerebro adulto.

Cuenod lo ha planteado a propósito de la esquizofrenia: el criticoma ofrece un marco para una pregunta de fondo. Qué se integró, qué no pudo integrarse o qué se integró de forma alterada cuando el cerebro aún estaba organizando sus circuitos.

Conviene, eso sí, ser claro en una cosa: el criticoma no es un test médico ni una máquina capaz de leer las experiencias grabadas en el cerebro de nadie. Los propios autores lo presentan como un marco conceptual, no como una herramienta de medición. Eso no le quita interés, le da un papel más realista: ordenar décadas de estudios sobre periodos críticos y abrir preguntas nuevas en educación, salud mental, uso de pantallas y diseño de entornos. El problema es que el reloj del desarrollo no espera a que las políticas se pongan al día.

Temas: Salud

Fuentes

1
Brain Health

genomicpress.kglmeridian.com/view/journals/brainhealth/aop/article-10.61373-bh026i.0021/article-10.61373-bh026i.0021.xml

Compartir artículo

Continúa informándote