El modelo tradicional de videovigilancia, basado en cámaras que envían imágenes a un servidor central para su análisis, empieza a ceder terreno frente a una arquitectura distribuida. La llamada Edge AI —inteligencia artificial que procesa datos directamente en el dispositivo— traslada parte del análisis a la propia cámara. Esto reduce el flujo constante de datos hacia centros de control y permite que cada equipo tome decisiones básicas sin depender de una infraestructura central.
El cambio no es menor. Cuando el procesamiento ocurre en el borde de la red, cada cámara deja de ser un simple captador de imágenes y pasa a funcionar como un nodo con capacidad de interpretación. La expansión del sistema ya no exige únicamente más servidores, sino dispositivos preparados para analizar, filtrar y responder en origen. Esa descentralización promete mayor resiliencia, aunque también obliga a gestionar múltiples puntos inteligentes en lugar de un único centro neurálgico.
La presión de las amenazas digitales ha acelerado otro desplazamiento: la lógica de la ciberseguridad se integra en el hardware físico. Enfoques como Zero Trust —que parten de la premisa de no confiar en ningún dispositivo o usuario por defecto— se aplican ahora a cámaras, sensores y controles de acceso. El refuerzo desde el diseño y la protección integrada buscan evitar que estos equipos se conviertan en puertas de entrada a redes corporativas o sistemas críticos de edificios.
Cuando un dispositivo de seguridad está conectado a una red más amplia, su vulnerabilidad deja de ser un problema aislado. Puede afectar operaciones, datos y otros sistemas interconectados. La seguridad física ya no se puede separar de la digital porque comparten infraestructura y riesgos.
A la vez, la combinación de sensores térmicos, ópticos y otros sistemas amplía el alcance más allá de la imagen tradicional. La analítica con inteligencia artificial interpreta esos datos en tiempo real y activa alertas automáticas. En la práctica, esto puede reducir falsas alarmas, priorizar incidencias y ajustar protocolos sin esperar a una revisión humana posterior. La gestión diaria se vuelve más dinámica: menos revisión de grabaciones y más atención a eventos ya filtrados por el propio sistema.
La integración con plataformas de automatización y ecosistemas IoT —redes de dispositivos conectados que intercambian información— refuerza esta transformación. Las cámaras empiezan a operar como sensores dentro de una infraestructura digital que también gestiona iluminación, climatización o accesos. La seguridad se integra en la lógica operativa del edificio, no queda aislada en un centro de monitoreo.
Esta hiperconectividad abre oportunidades, pero también multiplica la superficie de exposición. Si cada dispositivo es inteligente y está conectado, cada uno requiere actualizaciones, control de accesos y supervisión constante. La descentralización reduce la dependencia de un único punto de fallo, pero exige una coordinación más compleja para mantener coherencia y control global.
Las proyecciones para 2026 apuntan a sistemas más autónomos, con mayor capacidad de análisis en origen y mejor integración con infraestructuras digitales. Muchas de estas tecnologías están avanzando con rapidez, aunque su adopción dependerá de la capacidad técnica y de gestión de cada organización.
La vigilancia deja de ser una actividad centrada en grabar y archivar imágenes. Se convierte en una capa distribuida dentro de la infraestructura digital de edificios y empresas, donde cada dispositivo analiza, comunica y participa en decisiones operativas. La seguridad física pasa a formar parte de la arquitectura tecnológica que sostiene el funcionamiento diario.