El aumento de temperaturas siempre ha sido un factor incómodo para la electrificación del transporte. Las baterías pierden rendimiento cuando están expuestas de forma prolongada al calor, y un planeta más cálido implica más estrés térmico. Si ese desgaste se aceleraba, la promesa de movilidad limpia podía enfrentarse a una contradicción: depender de una tecnología sensible precisamente al fenómeno que intenta mitigar.
Un estudio liderado por la Universidad de Michigan replantea ese escenario con datos comparativos. El equipo combinó simulaciones de conducción de vehículos eléctricos, modelos de degradación de baterías calibrados experimentalmente y proyecciones climáticas. Con ese marco evaluó la resistencia de baterías fabricadas entre 2010 y 2018 frente a las producidas entre 2019 y 2023 en un escenario de calentamiento global de 2 °C.
Los resultados confirman una mejora sustancial. En el caso de las baterías más antiguas, la vida útil se reduciría en promedio un 8 %, con pérdidas máximas de hasta el 30 %. En las baterías más recientes, la reducción media sería del 3 % y la máxima del 10 %. La diferencia no elimina el efecto del calor, pero lo amortigua de forma significativa.
Esa distancia entre un 8 % y un 3 % tiene implicaciones prácticas. Una menor reducción media significa que, incluso en un contexto más cálido, el ciclo de vida previsto de la batería se mantiene más cercano a las expectativas originales del fabricante. Para el consumidor, esto se traduce en menor riesgo de reemplazo anticipado y mayor previsibilidad en costes. En un mercado donde la durabilidad es un argumento clave, la confianza técnica resulta decisiva.
El análisis abarcó 300 ciudades de todo el mundo y distintos escenarios de calentamiento. Según los datos del estudio, las mejoras tecnológicas se sostienen a escala global. De hecho, las ciudades más cálidas, cercanas al ecuador, serían las que más se beneficiarían en términos relativos de los avances recientes. Esto matiza la idea de que el calor convertiría automáticamente a ciertas regiones en entornos inviables para los vehículos eléctricos.
Haochi Wu, autor principal del trabajo, sostiene que gracias a estas mejoras los consumidores pueden tener mayor confianza en el rendimiento de las baterías incluso en un futuro más cálido. Su afirmación se apoya en los resultados comparativos, aunque no implica que el riesgo desaparezca por completo.
Existen, además, limitaciones reconocidas por el propio equipo. El estudio utilizó dos modelos representativos, el Tesla Model 3 y el Volkswagen ID.3. Michael Craig, coautor, advierte que en regiones como India o el África subsahariana pueden circular tecnologías distintas, lo que podría hacer que los resultados resulten optimistas en esos contextos. A ello se suma que esas regiones afrontan impactos climáticos más intensos, lo que amplifica la vulnerabilidad.
El trabajo introduce una idea relevante para la transición energética. El cambio climático añade presión técnica, pero la innovación modifica el equilibrio. Las baterías de vehículos eléctricos siguen siendo sensibles al calor, aunque mucho menos que hace una década. La tensión no desaparece: el calentamiento agrava riesgos, pero el avance tecnológico demuestra que la degradación por calor no es un destino inevitable, sino un desafío que puede mitigarse con anticipación y mejora continua.