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Científicos en EE. UU. relatan cómo los recortes de 2025 frenaron proyectos y carreras

Los recortes aplicados en 2025 en Estados Unidos dejaron proyectos a medias, frenaron la formación científica y debilitaron la capacidad pública para responder a problemas reales.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

5 min lectura

Científico trabajando con un microscopio en un laboratorio de investigación

Lo primero que se rompe no es un laboratorio: es el tiempo. Ese tiempo que una investigación necesita para terminar lo que empezó, para corregirse, para fallar y volver a intentar. En 2025, a muchos equipos en Estados Unidos les cortaron el tiempo a la mitad, o se lo apagaron de golpe. Y cuando eso pasa, lo que se pierde no es solo “un proyecto”: se pierde una forma de producir conocimiento sin improvisar.

Lo segundo que se rompe es la confianza cotidiana. La gente que hace ciencia vive de calendarios, revisiones, permisos, compras, renovaciones y becas que encajan como piezas. Cuando un eslabón se congela, todo se vuelve inestable: contratos que no se renuevan, estudiantes que se quedan colgando, ensayos que se paran, datos que desaparecen de donde siempre estuvieron. No hace falta una prohibición explícita para que un campo entero se quede sin aire.

Un recorte no es solo menos dinero

En enero, el golpe fue administrativo antes que presupuestario: restricciones que frenaron operaciones clave en los NIH, incluidos procesos como revisiones de subvenciones y otras funciones necesarias para que la investigación siga andando. No suena espectacular, pero es el tipo de medida que convierte un sistema complejo en una sala de espera sin reloj.

A la vez, el mapa de prioridades cambió de forma brusca. En los testimonios recopilados por The Conversation, varios investigadores describen cómo se desmontaron o recortaron programas, y cómo algunas agencias científicas federales quedaron debilitadas o directamente desmanteladas, con cancelaciones de fondos en cascada a lo largo del año.

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Y hay un detalle que muchos titulares tratan como “guerra cultural”, pero que en ciencia se vive como un apagón práctico: la retirada o limitación de acceso a conjuntos de datos y herramientas públicas que sostienen investigación en salud y clima. Quitar datos no es una discusión abstracta: es dejar a equipos sin termómetro, sin serie histórica, sin forma de comparar.

La carrera científica funciona como una tubería

Una de las heridas más subestimadas es la de la cantera. Cuando se cae una subvención, no solo pierdes resultados: pierdes el trayecto de la gente joven que iba a aprender haciendo. Un ejemplo que aparece en el relato de 2025 es la cancelación de una ayuda de 1,5 millones de dólares de la EPA para un proyecto de evaluación rápida de seguridad química con aprendizaje automático. Eso no solo frena una línea de trabajo; corta una vía de entrada al sistema.

En salud, el daño se vuelve aún más concreto: menos formación significa menos atención. En esos testimonios se describe un programa que había capacitado a 20.000 profesionales sanitarios en tratamiento de adicciones y que vio recortada su financiación federal en un 60%, obligándolo a frenar su expansión y su actualización. El resultado no es teórico: menos gente preparada para atender una crisis que no espera a que vuelva el dinero.

Y en investigación médica dura, la lógica es cruel: o mantienes personal o mantienes experimentos, pero no puedes sostener ambas cosas cuando se estrecha el flujo. En el mismo conjunto de relatos, una investigadora en cáncer pediátrico describe trabajar con una fracción de la financiación y del equipo, con estudios que no se pueden completar y con talento que se va porque ya no ve futuro. Esa fuga no vuelve por decreto.

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El golpe invisible: capacidad pública y resiliencia

Una parte de 2025 se entiende mejor fuera del laboratorio. La ciencia federal también paga infraestructura social: proyectos locales que traducen investigación en protección frente a calor extremo, incendios o cortes eléctricos. En Spokane, por ejemplo, se pidió revertir la cancelación de una subvención de 19,9 millones de dólares destinada a resiliencia climática y “hubs” comunitarios, con efectos previstos sobre edificios públicos y hogares vulnerables.

Aquí aparece la pregunta que muchos medios evitan porque no cabe en un titular corto: ¿quién paga el coste cuando el Estado decide saber menos y preparar menos? La respuesta suele ser “la gente de a pie”, pero de forma silenciosa: menos centros preparados, menos sistemas de refrigeración, menos mejoras domésticas, menos planificación. Y cuando llegan las olas de calor o el humo, el recorte ya ocurrió meses antes.

El otro golpe invisible es el de la legitimidad. Cuando se cancelan proyectos a mitad de camino, se desperdicia trabajo ya pagado y se instala una idea peligrosa: que investigar es un lujo prescindible, algo que se puede encender y apagar sin consecuencias. Pero la ciencia es más parecida a una red eléctrica: si rompes piezas clave, no vuelve a estabilizarse solo porque el discurso cambie.

Lo que queda por ver no es si habrá científicos “resilientes” —los hay, y seguirán—, sino si el sistema que los forma y los sostiene puede recomponerse sin una década perdida. En 2026, la pregunta real es simple y dura: cuando vuelvas a necesitar respuestas rápidas (en salud, en clima, en riesgos), ¿habrá quedado alguien con tiempo, datos y equipos para darlas, o solo quedará el relato de que “ya se hará después”?

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Fuente: The Conversation

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