La mayoría de las personas asocia un terremoto con un número que aparece en las noticias, pero ese dato no surge de una simple observación ni de una estimación visual. Detrás de esa cifra hay instrumentos de alta precisión, modelos físicos y cálculos matemáticos que buscan traducir un fenómeno complejo del interior de la Tierra en información comprensible para científicos, autoridades y población general.
Las ondas sísmicas que genera un terremoto se propagan por el interior del planeta y son registradas por sismógrafos distribuidos por todo el mundo. Estos aparatos detectan movimientos tan pequeños que no pueden ser percibidos por el ser humano y los transforman en gráficos llamados sismogramas, que muestran cómo llega la vibración a cada estación y permiten comparar un mismo evento desde distintos puntos del planeta.
A partir de esos registros se calcula la magnitud, un valor que representa la energía liberada en el punto donde se produce la ruptura de la falla. Durante décadas, la referencia más conocida fue la escala Richter, que relaciona la amplitud de las ondas sísmicas con una escala logarítmica pensada inicialmente para terremotos de tamaño moderado y para distancias relativamente cercanas.
El carácter logarítmico explica por qué un aumento pequeño en la cifra implica un salto enorme en energía. Por ejemplo, un terremoto de magnitud 6 libera aproximadamente 32 veces más energía que uno de magnitud 5, una diferencia que ayuda a entender por qué dos sismos separados por un solo punto pueden tener efectos radicalmente distintos en personas y edificios.
Para terremotos grandes, la escala Richter resultó insuficiente, ya que tiende a saturarse y deja de reflejar con precisión la energía real liberada. Por ese motivo, hoy se utiliza la magnitud de momento, que tiene en cuenta el tamaño de la falla, el desplazamiento de las placas tectónicas y las propiedades físicas de las rocas involucradas, ofreciendo una imagen más completa del fenómeno.
La diferencia entre magnitud y efectos quedó clara, por ejemplo, en el terremoto de Chile de 2010, que alcanzó una magnitud muy alta pero causó daños muy desiguales según la zona. Mientras algunas áreas cercanas al epicentro sufrieron destrucción severa, otras ciudades más alejadas percibieron el sismo con menor intensidad, a pesar de tratarse del mismo evento.
La magnitud, sin embargo, no describe cómo se vivió el terremoto en la superficie ni el tipo de daños que provocó. Para eso se emplea la escala de Mercalli, que clasifica los efectos observados, desde temblores apenas perceptibles para las personas hasta daños estructurales importantes en edificios e infraestructuras.
Un mismo sismo puede tener una sola magnitud y muchas intensidades distintas, dependiendo de factores como la distancia al epicentro, la profundidad y el tipo de suelo. Ciudades construidas sobre sedimentos blandos suelen experimentar sacudidas más fuertes que aquellas asentadas sobre roca firme, incluso cuando se encuentran a la misma distancia del origen del terremoto.
La profundidad del sismo también influye de forma decisiva en los daños registrados. Un terremoto profundo puede liberar mucha energía sin causar grandes destrozos en superficie, mientras que uno superficial, incluso con una magnitud menor, puede resultar mucho más destructivo en zonas urbanas densamente pobladas.
Por eso, los expertos no se quedan con un único número cuando analizan un terremoto. Combinan magnitud, intensidad, profundidad y características del terreno para evaluar riesgos y orientar la respuesta de emergencia, entendiendo que medir un sismo no es solo asignar una cifra, sino interpretar qué ocurrió realmente bajo nuestros pies.