El agua en la superficie de la Luna varía según la latitud y el tipo de suelo, revela un estudio chino
Las muestras traídas por la misión Chang’e-6 muestran que el viento solar deposita agua en el regolito y que las regiones más frías y maduras la conservan mejor
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
Durante décadas, los científicos han debatido sobre cuánta agua existe realmente en la superficie de la Luna. Las misiones Apolo encontraron indicios, pero los datos eran fragmentarios y solo representaban una pequeña parte del hemisferio visible. Ahora, un nuevo estudio de la Academia China de Ciencias ofrece la imagen más clara hasta la fecha: el agua lunar no está distribuida de forma uniforme, sino que su presencia depende de la latitud y del tipo de suelo.
El descubrimiento llega gracias al análisis de las muestras recogidas por la misión Chang’e-6, la primera que trajo material de la cara oculta del satélite. En esas pequeñas partículas de polvo, los investigadores detectaron un contenido notable de moléculas de hidroxilo (OH) y agua (H₂O), así como una huella química que apunta al viento solar como su principal fuente. La proporción entre deuterio e hidrógeno (D/H) era sorprendentemente baja, una señal que coincide con las partículas energéticas emitidas por el Sol.
Según el equipo, el agua se forma cuando los protones del viento solar impactan sobre la superficie de la Luna y reaccionan con el oxígeno del regolito, creando una delgada película de moléculas que se adhiere al polvo. Lo interesante es que este proceso ocurre en todo el satélite, pero su resultado no es igual en todas las zonas.
En las regiones más frías y alejadas del ecuador lunar, esas moléculas sobreviven durante más tiempo. En cambio, las áreas próximas al ecuador, que reciben mayor radiación solar, tienden a perderlas con rapidez. Las diferencias de temperatura, sumadas a las propiedades del suelo, explican por qué algunas zonas pueden retener casi el doble de agua que otras.
Los investigadores compararon las muestras de Chang’e-6 con las obtenidas por la misión Chang’e-5, que en 2020 trajo material de una latitud media del lado visible, y con las históricas rocas Apolo, extraídas en zonas ecuatoriales. El contraste fue claro: las muestras de la cara oculta contenían más agua, y además mostraban un suelo más “maduro”, es decir, más antiguo y expuesto a la radiación del espacio durante millones de años. Ese envejecimiento parece ser un factor determinante. Cuanto más tiempo ha sido bombardeado el regolito, más lugares tiene para atrapar hidrógeno dentro de su estructura mineral.
Un recurso clave para futuras misiones
Más allá de la curiosidad científica, este hallazgo tiene implicaciones prácticas. Saber dónde se concentra el agua lunar podría influir directamente en la elección de los futuros lugares de aterrizaje y en la planificación de bases permanentes. Si las regiones polares y los regolitos más maduros son los que más agua conservan, allí es donde será más rentable buscarla.
El agua es un recurso indispensable para cualquier intento de establecer presencia humana estable fuera de la Tierra. Además de servir para el consumo, puede descomponerse en oxígeno y combustible, reduciendo la necesidad de transportar grandes volúmenes desde nuestro planeta. Por eso, comprender su distribución natural en la Luna es un paso decisivo hacia una exploración más sostenible.
El estudio también ayuda a resolver una antigua discrepancia. Desde hace años, distintas misiones orbitales habían ofrecido resultados contradictorios: algunas detectaban abundancia de agua en los polos, otras no encontraban variaciones significativas. La causa, según el nuevo trabajo, estaba en los modelos de corrección térmica usados para interpretar los datos. Las mediciones desde órbita no siempre tienen en cuenta los efectos de la emisión de calor del propio suelo lunar, lo que puede distorsionar la señal del agua. Analizar directamente las muestras en laboratorio elimina ese problema y ofrece una medición mucho más precisa.
El equipo, que incluye a investigadores del Instituto de Geología y Geofísica y del Instituto de Física Técnica de Shanghái, utilizó técnicas de espectroscopía infrarroja y perfilado NanoSIMS —capaces de analizar la composición grano a grano—. En muchos de esos granos se registraron concentraciones de hidrógeno de hasta 17.000 partes por millón, valores imposibles de explicar sin la acción constante del viento solar.
Los resultados confirman que la superficie lunar es mucho más dinámica de lo que se pensaba. Aunque carece de atmósfera y agua líquida, las reacciones químicas impulsadas por el Sol mantienen un ciclo de creación y pérdida de agua que cambia según la latitud, la temperatura y la textura del suelo.
Con cada nueva misión, ese ciclo se entiende mejor. La Chang’e-6, además de ampliar el mapa químico de la Luna, demuestra la capacidad científica de China para liderar investigaciones de alta precisión más allá de la órbita terrestre.
El hallazgo redefine la visión que tenemos de nuestro satélite: un mundo árido en apariencia, pero con trazas de agua escondidas en su polvo más antiguo. Una reserva microscópica que podría, en el futuro, ser la clave para que los humanos establezcan una presencia duradera en la Luna.
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