El crecimiento de los centros de datos dispara el consumo de agua en plena escasez
La expansión de los centros de datos y la demanda de inteligencia artificial incrementan el uso directo e indirecto de agua dulce en regiones vulnerables y agravan el estrés hídrico
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
3 min lectura
El auge de la inteligencia artificial y de los servicios digitales está impulsando una rápida expansión de los centros de datos en todo el mundo. Estas instalaciones, esenciales para sostener la economía digital, requieren grandes cantidades de energía y agua para funcionar, un aspecto que empieza a generar preocupación en un contexto de sequías prolongadas y presión creciente sobre los recursos hídricos.
Un centro de datos de tamaño medio puede consumir alrededor de 1,4 millones de litros de agua al día, principalmente para refrigerar servidores y controlar la humedad. Este consumo aumenta en regiones cálidas, justo cuando las previsiones apuntan a que la demanda mundial de agua superará a la oferta en torno a un 40 % antes de que termine la década.
El problema es especialmente visible en zonas áridas como Phoenix, en Arizona, donde el número de centros de datos se ha disparado en pocos años. La ciudad combina rápido crecimiento urbano, calor extremo y una fuerte dependencia del río Colorado y de acuíferos subterráneos ya sobreexplotados, lo que la sitúa entre las regiones con mayor estrés hídrico de Estados Unidos.
Si todos los centros de datos proyectados en el área entran en funcionamiento, el estrés hídrico anual de la región podría aumentar de forma significativa. Este escenario ha encendido las alarmas entre expertos y organizaciones ambientales, que advierten de que el desarrollo tecnológico está avanzando más rápido que la planificación del uso del agua.
Las empresas del sector sostienen que son conscientes del problema y que están adoptando medidas para reducir su impacto. Algunas grandes tecnológicas están probando sistemas de refrigeración que eliminan o minimizan el uso de agua, sustituyéndolo por enfriamiento por aire u otros diseños de circuito cerrado.
Sin embargo, estas soluciones no están exentas de costes. Los sistemas sin agua suelen consumir más electricidad, lo que desplaza parte del problema hacia el uso energético y las emisiones asociadas. Además, aunque se reduzca el consumo directo de agua, sigue existiendo un impacto indirecto ligado a la generación de la electricidad que alimenta los centros.
Ese consumo indirecto es, de hecho, el mayor componente de la huella hídrica de los centros de datos. Dependiendo de la fuente de energía utilizada, la cantidad de agua necesaria para producir electricidad puede representar hasta tres cuartas partes del uso total asociado a estas instalaciones, especialmente cuando se emplean combustibles fósiles o energía hidroeléctrica.
A esta presión se suma la fabricación de los propios equipos. Las plantas de semiconductores que producen los chips utilizados en centros de datos consumen enormes volúmenes de agua, en algunos casos equivalentes al uso anual de decenas de miles de hogares, un factor que rara vez se tiene en cuenta en el debate público.
Ante este escenario, algunas ciudades comienzan a actualizar sus normativas para exigir planes de conservación de agua y el uso de fuentes recicladas en grandes proyectos tecnológicos. La cuestión de fondo es si estas medidas llegarán a tiempo para equilibrar el crecimiento digital con la disponibilidad real de agua, o si la expansión de la infraestructura tecnológica está avanzando más rápido de lo que los ecosistemas pueden soportar.
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