La imagen clásica de un incendio forestal —llamas altas y humo espeso— no refleja necesariamente su verdadero impacto climático. Un estudio revisado por pares de la Universidad de Lund ha elaborado el mapa más detallado hasta ahora sobre las emisiones de carbono de los incendios en Suecia y concluye que una parte sustancial del carbono se libera bajo tierra, no en la superficie.
Durante el verano de 2018 se registraron 324 incendios forestales en el país. A partir de mediciones de campo y modelos combinados con datos oficiales, los investigadores determinaron dónde y por qué se liberó el carbono. El resultado confirmado es que las emisiones asociadas a incendios intensos en superficie están sobreestimadas en las bases de datos, mientras que las procedentes de suelos orgánicos profundos y turberas fueron subestimadas hasta en un 50 % ese año, una diferencia que encaja con otros análisis que advierten que la carga real de contaminación de los incendios podría ser mayor de lo estimado.
Esa diferencia altera la lectura climática del episodio. Si parte del carbono no se contabiliza correctamente, el balance final queda incompleto. Los métodos tradicionales se basan en la extensión del área quemada, la densidad del humo y la intensidad visible del fuego. Sin embargo, estos indicadores no captan con precisión lo que ocurre cuando el fuego penetra en suelos ricos en materia orgánica.
Las turberas son claves en esta dinámica. Se forman por la acumulación lenta de restos vegetales en ambientes húmedos y fríos, almacenando carbono durante miles de años. En los bosques boreales —que concentran enormes reservas de carbono— estas capas funcionan como depósitos estables mientras permanecen húmedas. Cuando se secan y arden, pueden mantener combustión subterránea durante largos periodos y liberar grandes cantidades de carbono sin generar señales visibles desde el aire.
El investigador Johan A. Eckdahl sostiene que lo más llamativo en superficie no siempre es lo que más influye en el clima. Según sus declaraciones, las emisiones más significativas pueden producirse de forma silenciosa bajo tierra. Esta interpretación se apoya en los datos cartografiados por el estudio.
La comparación entre el incendio de Sala en 2014 y los 324 incendios de 2018 refuerza esa conclusión. Aunque en 2018 la superficie total quemada fue mayor, el incendio de Sala liberó aproximadamente la misma cantidad de carbono que todos los incendios de 2018 juntos. El dato confirmado muestra que la magnitud del área afectada no equivale necesariamente al volumen de emisiones.
El estudio también señala implicaciones para la gestión forestal. Los mapas de alta resolución sugieren que zonas recientemente taladas podrían facilitar la propagación del fuego hacia bosques y humedales más antiguos y ricos en carbono. Además, se observan indicios de que la contención temprana y una gestión forestal activa pueden reducir daños.
Los investigadores consideran que estos hallazgos tienen relevancia más allá de Suecia. Si en 2018 se subestimaron emisiones en suelos orgánicos, el margen de error podría ser mayor en contextos con incendios forestales cada vez más intensos y menos datos de referencia, como ocurrió en partes de Norteamérica y Siberia en 2021. No se trata de una cifra confirmada, sino de una proyección basada en la lógica del estudio.
El resultado es claro: si el carbono más determinante se libera de forma invisible, la forma actual de medir los incendios forestales puede estar dejando fuera una parte decisiva del impacto climático en los bosques boreales.