Hay un planeta a unos 930 años luz de la Tierra que lleva casi una década haciendo algo que, según todos los manuales, no debería poder hacer. Se llama CoRoT-2b, es un gigante gaseoso abrasador, y su punto más caliente está en el lado equivocado. Justo en el opuesto al de cualquier otro planeta parecido que conozcamos.
Durante años fue un misterio incómodo. Ahora, un nuevo análisis presentado esta semana en la reunión de la Sociedad Astronómica Estadounidense apunta a una respuesta tan sencilla de enunciar como difícil de aceptar: este planeta gira distinto a como creíamos que giran todos los de su clase.
Qué es un "Júpiter caliente" y por qué importa
Los llamados júpiteres calientes son de los planetas más extremos que existen fuera del sistema solar: gigantes de gas del tamaño de Júpiter o mayores, pero pegados a su estrella, completando una vuelta entera en apenas uno a diez días. Esa cercanía los achicharra, y precisamente por su tamaño y su brillo son los más fáciles de estudiar a distancia, así que se han convertido en el laboratorio donde los astrónomos afinan sus modelos.
La regla que se daba por sentada es que están "anclados" a su estrella por la marea gravitatoria: muestran siempre la misma cara, igual que la Luna nos enseña siempre el mismo lado. En ese escenario, la cara de día es un horno y la de noche, mucho más fría, y los vientos arrastran el punto más caliente ligeramente hacia el este, en el sentido de su rotación. Eso es lo que se ve en los otros nueve planetas medidos de este modo.
El planeta que rompe el molde
CoRoT-2b hace justo lo contrario. Su punto caliente aparece desplazado unos 23 grados hacia el oeste, no hacia el este. La astrónoma Lisa Dang detectó esta anomalía en 2018 con el telescopio Spitzer y dejó tres sospechosos sobre la mesa: que hubiera nubes tapándonos parte del planeta, que intervinieran campos magnéticos, o que el planeta girara más despacio de lo que orbita.
La nueva investigación, liderada por Aurora Kesseli desde el IPAC de Caltech, ha medido por fin la velocidad de giro usando los telescopios VLT y Gemini, y se ha decantado por la tercera hipótesis, la más rompedora. Las cuentas le salen así: un día en CoRoT-2b dura unos tres días terrestres, mientras que su año dura solo 1,5. Es decir, el planeta da dos vueltas a su estrella antes de completar un solo giro sobre sí mismo.
Traducido: CoRoT-2b no está anclado a su estrella, cuando se suponía que todos los de su tipo lo están. Es la pieza que no encaja, y por eso es tan valiosa.
Por qué este "bicho raro" importa más de lo que parece
Puede sonar a curiosidad de catálogo, pero tiene fondo. Si un planeta tan estudiado y tan "obvio" como este resulta no cumplir la regla, significa que el modelo único que usábamos para todos los júpiteres calientes no sirve, y que entendemos peor de lo que creíamos cómo una estrella frena el giro de los planetas que la rodean.
Y eso conecta con algo mucho más importante que un gigante de gas lejano: la búsqueda de vida. Las estrellas más comunes del universo son las pequeñas enanas rojas, y sus zonas habitables caen justo donde se espera que los planetas queden anclados por la marea. Cómo gire un planeta cambia por completo sus vientos, sus temperaturas y su clima, así que saber cuándo se cumple —o no— ese anclaje es clave para juzgar si un mundo podría ser habitable.
Por ahora, los astrónomos no saben aún qué frena la rotación de CoRoT-2b, y necesitan más datos. La próxima generación de telescopios gigantes promete medir esto en muchos más planetas, incluidos algunos que sí podrían albergar vida. De momento, un bicho raro a 930 años luz acaba de recordarnos que el universo rara vez cabe en una sola regla.