Antes de que la Tierra tuviera océanos, antes incluso de que terminara de formarse, otro mundo giraba alrededor del joven Sol. Era grande —quizá del tamaño de la Luna, tal vez tanto como Marte— y luego, sin más, dejó de existir. No quedó de él ni un cráter ni una órbita: solo polvo, escombros y, repartidos por el espacio durante eones, unos pocos pedazos de roca. Uno de ellos terminó en la arena del Sahara.
Ese fragmento, catalogado como Noroeste de África (NWA) 12774, acaba de ofrecer a un grupo de geólogos la primera prueba física directa de aquel planeta perdido. El trabajo, firmado por Aaron Bell, Laura Waters y Mark Ghiorso, se publicó en abril en Earth and Planetary Science Letters.
Una roca que casi nadie ha visto
NWA 12774 pertenece a una familia de meteoritos llamada angritas, probablemente la más exclusiva del catálogo conocido. De los más de 80.000 meteoritos recuperados en la Tierra, apenas 68 entran en esa categoría. Son, además, antiquísimas: figuran entre las rocas volcánicas más viejas que existen, solidificadas cuando el sistema solar apenas llevaba unos millones de años en marcha, hace unos 4.560 millones de años.
Durante décadas, su química desconcertó a los especialistas. Las angritas tienen muy poca sílice, el compuesto que abunda en la corteza de la Tierra, de Marte y de prácticamente cualquier planeta rocoso conocido. Esa rareza llevó a suponer que procedían de asteroides modestos, cuerpos de menos de 200 kilómetros de radio donde nunca llegaron a darse grandes presiones.
NWA 12774 dice lo contrario.
La pista estaba en un cristal
Al examinar la muestra, el equipo de Bell encontró clinopiroxeno, un mineral habitual en el manto y la corteza terrestres. Lo extraño era su contenido de aluminio, demasiado alto para haberse formado cerca de la superficie. Ese detalle solo tiene una explicación: el cristal nació en las profundidades de un cuerpo sometido a una presión enorme.
Para ponerle número, los investigadores reprodujeron en el laboratorio las condiciones capaces de generar esa mezcla mineral. La respuesta fue contundente: harían falta al menos 17,5 kilobares. Como referencia, en el fondo de la fosa de las Marianas —el punto más hondo de los océanos terrestres— la presión ronda 1 kilobar.
Ningún asteroide pequeño puede comprimir su interior de esa forma. Los cálculos apuntan a un cuerpo de origen con un radio de 1.000 kilómetros como mínimo.
Y probablemente todavía mayor
Hay indicios de que el mundo desaparecido era aún más grande. Los cristales de NWA 12774 conservan bordes nítidos y variaciones químicas delicadas que difícilmente habrían sobrevivido a una formación muy profunda. Eso sugiere que se gestaron a poca profundidad dentro del planeta, lo cual obliga a que el cuerpo entero fuera bastante más voluminoso para alcanzar las presiones detectadas.
Llevando ese razonamiento al límite, el progenitor de las angritas pudo superar los 1.800 kilómetros de radio: una escala comparable a la de la Luna y no tan lejana de la de Marte, cuyo radio ronda los 3.300 kilómetros.
«Resulta asombroso pensar que un mundo tan grande llegó a existir, y que solo lo sabemos porque algunos trozos cayeron aquí», resume Bell, profesor asistente de investigación en el Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Colorado Boulder.
Un camino distinto al de la Tierra
Más allá del tamaño, el hallazgo plantea algo más interesante: que los primeros planetas no siguieron todos la misma receta. La composición del cuerpo del que salieron las angritas es, según Bell, fundamentalmente distinta de la de la Tierra o Marte, señal de que la formación planetaria tuvo en aquella época ramas evolutivas separadas.
Qué fue del planeta sigue siendo un misterio. La hipótesis más probable es que una gran colisión lo destrozara en los caóticos primeros tiempos del sistema solar y que sus restos acabaran incorporándose a otros mundos rocosos, quizá incluso a la Tierra que pisamos.
Y puede que no sea el único caso por descubrir. Bell sospecha que muchas respuestas siguen esperando, literalmente, en un cajón: hay miles de meteoritos guardados en colecciones que nadie ha estudiado a fondo, y entre ellos podrían esconderse las huellas de otros mundos olvidados.