En mayo de 2024, auroras boreales se asomaron por cielos que casi nunca las ven, a latitudes insólitamente bajas en todo el planeta. Fue el rastro visible de la mayor tormenta geomagnética en más de dos décadas, un fenómeno que ocurre apenas una vez cada veinte o veinticinco años y que ahora deja una sorpresa científica.
Un nuevo estudio publicado en Science Advances revela algo inesperado sobre el origen de esa supertormenta. Buena parte de las partículas que la alimentaron no vinieron del Sol, como cabría suponer, sino de la propia atmósfera de la Tierra, que aportó la inmensa mayoría del material.
La fuerza de una tormenta geomagnética la marca la llamada corriente anular, una enorme franja de iones cargados que circula a miles de kilómetros sobre el ecuador. Esos iones generan un campo magnético que contrarresta en parte el de la Tierra, y esa perturbación es justo lo que miden los instrumentos en la superficie.
Durante décadas se ha debatido de dónde salen esos iones, porque hay dos candidatos. Uno es el viento solar, el flujo de partículas que el Sol lanza al espacio. El otro es la ionosfera, la capa superior y eléctricamente cargada de nuestra propia atmósfera. Lo lógico era esperar que, en una tormenta empujada por un viento solar tan denso como el de 2024, el Sol fuera el gran protagonista.
Pero las mediciones contaron otra historia. El satélite japonés Arase, que orbita justo la región donde se forma la corriente anular, la atravesó nada más empezar la tormenta y de nuevo cerca de su punto álgido. Sus instrumentos, capaces de distinguir la masa de cada ion, dejaron un dato contundente, alrededor del 85% de las partículas eran oxígeno procedente de la ionosfera terrestre.
El viento solar, pese a su densidad, apenas aportó una fracción mínima. Y esos iones de oxígeno, mucho más pesados que las ligeras partículas solares, tuvieron consecuencias. Según el autor principal, Naritoshi Kitamura, cerca del pico de la tormenta el satélite midió una caída del 40% en la intensidad del campo magnético a unos 16.000 kilómetros de altura, mucho más cerca de la Tierra de lo habitual.
Por qué esto cambia las predicciones
El hallazgo toca algo muy práctico. Los modelos que predicen la severidad de las tormentas solares se fijan sobre todo en las condiciones del viento solar, es decir, en lo que hace el Sol. Pero este estudio sugiere que el estado de nuestra propia atmósfera puede determinar en parte cuán intensa llega a ser una tormenta.
Y eso importa porque estos eventos no son solo un espectáculo de luces. Las tormentas geomagnéticas fuertes degradan el GPS, interfieren en las comunicaciones por radio, provocan fallos eléctricos en satélites y pueden causar apagones en tierra. Predecir mejor su intensidad es protegerse de daños muy reales a la tecnología de la que dependemos.
Para afinar esa predicción aún falta entender bien cómo escapa el oxígeno de nuestra atmósfera hacia el espacio. El equipo respalda una propuesta de misión japonesa con dos satélites, llamada FACTORS, pensada justo para resolver esa incógnita de cara a las próximas supertormentas, que llegarán tarde o temprano.