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Sondas alienígenas en el sistema solar, la posibilidad que aún no podemos descartar

No hemos encontrado tecnología alienígena en el sistema solar, pero eso no prueba que no exista: varios astrónomos advierten que apenas hemos buscado artefactos físicos.

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Astronauta frente a una puerta luminosa en un mundo desconocido.

La gran pregunta de "¿estamos solos?" suele venir con una respuesta implícita y desalentadora: llevamos décadas buscando y no hemos encontrado nada, así que seguramente no hay nadie. Pero un nuevo estudio le da la vuelta a ese razonamiento de una forma incómoda. Quizá no hemos encontrado tecnología alienígena en nuestro propio sistema solar por una razón mucho más simple: porque apenas la hemos buscado.

Esa es la conclusión de un trabajo del astrónomo T. Joseph W. Lazio, presentado en un simposio de la Unión Astronómica Internacional. Su veredicto es sobrio, nada sensacionalista, y precisamente por eso resulta llamativo: con los datos actuales, dice, no se puede descartar que existan sondas o artefactos de origen no humano en el sistema solar. No porque haya pruebas de que los hay, sino porque la búsqueda de vida extraterrestre también puede pasar por alto señales reales..

Buscar señales no es lo mismo que buscar objetos

Durante décadas, la búsqueda de inteligencia extraterrestre se ha centrado sobre todo en una cosa: cazar señales electromagnéticas, transmisiones de radio o pulsos láser que delaten a una civilización lejana. Es el clásico SETI de las antenas apuntando al cielo. Pero Lazio defiende ampliar el foco hacia algo más físico: los artefactos.

Por artefacto se entiende cualquier objeto tecnológico de origen no terrestre que pudiera estar aquí, en nuestro vecindario: una sonda viajando por una órbita extraña, chatarra abandonada flotando, o incluso algo depositado sobre la superficie de una luna, un asteroide o un planeta. La idea no es tan descabellada como suena, y hay un argumento demoledor a su favor: nosotros mismos ya hemos lanzado cinco sondas (las Voyager, las Pioneer, New Horizons) que están saliendo del sistema solar rumbo a las estrellas. Si nosotros lo hacemos, no hay razón para asumir que otra civilización no haya podido hacerlo. De hecho, ya hemos visto pasar visitantes de otros sistemas, como el cometa interestelar 3I/ATLAS, prueba de que material de fuera llega hasta aquí.

El problema no es encontrarlos, es reconocerlos

Aquí está el matiz más fino del estudio. Lazio sostiene que la dificultad real no sería tropezarse con un artefacto, sino saber que lo es. Un objeto puede tener una trayectoria rara, una temperatura que no cuadra, materiales extraños o una forma poco habitual… y aun así no estar claro si es algo natural o fabricado. Confirmarlo exige más observaciones, más telescopios y muchos recursos.

El propio autor cuenta un caso real que lo ilustra a la perfección. En 2020, un objeto bautizado como 2020 SO llamó la atención por moverse de forma anómala, demasiado rara para un asteroide corriente. Durante un tiempo fue un misterio. Al final resultó ser tecnología, sí, pero terrestre: una etapa de un cohete Centaur lanzado décadas atrás. El episodio deja una lección doble: que sí sabemos detectar cosas con trayectorias sospechosas, pero también lo fácil que es confundir lo artificial con lo natural, y al revés.

Un sistema solar mucho menos explorado de lo que parece

El núcleo del estudio es una idea que sorprende: pese a décadas de exploración espacial, enormes regiones de nuestro propio sistema solar siguen observándose con muy poca resolución. Los telescopios generan cantidades brutales de datos, pero ni la cobertura ni el detalle alcanzan para peinar cada rincón. En el sistema solar exterior, un cuerpo de hasta un kilómetro podría pasar completamente desapercibido, hasta el punto de que a veces aparecen sorpresas como un pequeño mundo con atmósfera donde no debería haberla. Y un objeto del tamaño de una sonda, a gran distancia, es casi invisible.

Lo más curioso es que ni siquiera los lugares que creemos bien estudiados están realmente revisados a fondo. La Luna y Marte se han fotografiado en altísimo detalle, pero el volumen de imágenes es tan colosal que nadie ha podido examinarlas centímetro a centímetro. La conclusión de Lazio es, por eso, modesta y honesta: solo podemos poner "límites muy burdos" a la existencia de tecnofirmas, y objetos relativamente grandes podrían habérsenos escapado sin más.

Aquí es donde entra una herramienta que podría cambiar el juego: la inteligencia artificial. Capaz de rastrear esos océanos de datos en busca de anomalías que un humano jamás revisaría a mano, la IA podría sacar a la luz tecnofirmas escondidas en archivos que ya tenemos. El estudio no afirma que haya extraterrestres ahí fuera; afirma algo más sutil y más honesto: que todavía no estamos en condiciones de decir que no los hay, y que quizá no hayamos buscado en el sitio correcto con las herramientas adecuadas.

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