El cometa 3I/ATLAS está a punto de abandonar el sistema solar para no volver jamás. En diciembre de 2025 pasó por su punto más cercano a la Tierra y, desde entonces, los astrónomos han aprovechado cada momento para descifrar qué es realmente este viajero llegado de otro rincón de la galaxia.
Un nuevo estudio publicado en Nature aporta la evidencia más fuerte hasta ahora de que se trata de una auténtica reliquia cósmica. El análisis sugiere que el cometa podría haberse formado hace entre 10.000 y 12.000 millones de años, en una época tan remota que el Sol, con sus 4.500 millones de años, parece joven a su lado.
3I/ATLAS es apenas el tercer objeto interestelar confirmado, después de 'Oumuamua en 2017 y el cometa Borisov en 2019. Fue detectado en 2025 por el rastreo ATLAS, que le da nombre, y su paso cercano al Sol abrió una ventana irrepetible para leer su composición antes de que se marche para siempre.
El equipo liderado por Martin Cordiner, de la NASA, usó el espectrógrafo infrarrojo del James Webb para medir los hielos del cometa a medida que se vaporizaban con el calor solar. La primera sorpresa llegó con el agua, cargada de deuterio, una forma pesada del hidrógeno, en una proporción unas treinta veces mayor que la de los cometas locales.
Esa abundancia de hidrógeno pesado es la huella de un nacimiento en condiciones gélidas, mucho más frías que las del entorno donde se formó nuestro sistema. El cometa pasó sus primeros tiempos congelado a temperaturas que rozan los límites de lo que permite la física, inferiores a los 243 grados bajo cero.
La segunda firma resultó aún más reveladora. 3I/ATLAS muestra niveles llamativamente bajos de carbono-13, un isótopo que la galaxia va acumulando con el paso del tiempo. Cada generación de estrellas que nace y muere enriquece el cosmos con él, así que cuanto menos contiene un objeto, más antiguo tiende a ser.
Con tan poco carbono-13, el cometa habría tenido que formarse cuando ese isótopo aún escaseaba en la Vía Láctea, hace unos 12.000 millones de años. Esa fecha lo sitúa en el llamado mediodía cósmico, el periodo en que las galaxias fabricaban estrellas a su máximo ritmo, en una nube densa y helada de una galaxia todavía joven.
Los autores piden cautela y recuerdan que la edad es una propuesta, no una conclusión cerrada. Se trata de un único objeto medido durante un paso fugaz, y algunas de las proporciones isotópicas cargan amplios márgenes de error. Aun así, las anomalías químicas se siguen acumulando en la misma dirección y refuerzan la hipótesis.
El cometa que pone en duda lo que creíamos normal
Más allá de la cifra concreta, el hallazgo abre una puerta fascinante. Estudiar cometas formados en otros entornos galácticos permite comparar cómo se cocinan los ingredientes de los planetas lejos de casa, en lugares con una química muy distinta a la nuestra.
Y la conclusión es algo incómoda. Si objetos como 3I/ATLAS resultan ser comunes ahí fuera, quizá los cometas que hemos estudiado durante siglos en nuestro vecindario sean la excepción, y nuestro propio sistema solar, el verdadero bicho raro del universo.