Europa advierte que una ocupación de Groenlandia por EE. UU. acabaría con la OTAN
Europa alerta de que cualquier intento de Estados Unidos de ocupar Groenlandia por la fuerza supondría un golpe fatal a la OTAN y al equilibrio entre aliados.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
El aviso del comisario europeo de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius, no va solo de Groenlandia. Va de una idea más incómoda: si un miembro de la OTAN amenaza con tomar por la fuerza territorio de otro miembro —aunque sea un escenario que él mismo dice no creer probable— la alianza deja de ser una estructura de defensa colectiva y pasa a ser un cascarón político. Su frase (“será el fin de la OTAN”) funciona como alarma estratégica, pero también como mensaje interno: Europa está empezando a hablar en voz alta de escenarios que antes se consideraban impensables.
La lógica que describe el texto tiene dos capas. La primera es la de Donald Trump: la insistencia en que Estados Unidos “debe” poseer Groenlandia para evitar que Rusia o China “ocupen” un territorio ártico estratégico y rico en minerales, y la idea de que la presencia militar estadounidense allí es insuficiente. La segunda capa es la respuesta europea: Groenlandia y Dinamarca repiten que no está en venta, pero Trump no descarta el uso de la fuerza. Cuando esa posibilidad se pronuncia, aunque sea como presión, obliga a Europa a responder como si existiera.
Ahí entra el núcleo de la advertencia de Kubilius: las consecuencias no serían solo militares. Habla de un “impacto negativo muy profundo” en las relaciones transatlánticas y, sobre todo, introduce la pregunta que convierte una amenaza en problema global: “¿Quién reconocerá esa ocupación?”. No es una frase al azar. Es el recordatorio de que el orden internacional se sostiene tanto por misiles como por reconocimiento, comercio y legitimidad. Si un aliado actúa como potencia ocupante, el daño no se queda en el Ártico: se filtra a todo, incluido el comercio, donde él sugiere que Estados Unidos podría enfrentar “consecuencias negativas bastante dolorosas”.
El artículo también coloca sobre la mesa un punto jurídico-político dentro de la UE: Kubilius menciona el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, que obliga a los Estados miembros a asistir a un país de la UE si sufre agresión armada. Es decir, si Dinamarca interpretara una acción militar como agresión, la UE tendría un marco para reaccionar. Pero Kubilius deja claro que “dependerá mucho de Dinamarca”: la respuesta europea no es automática, es política. Y eso es relevante porque convierte a Copenhague en una bisagra entre dos bloques a los que pertenece.
En paralelo, Kubilius ofrece una vía de salida menos explosiva: la UE podría ayudar a “proporcionar más seguridad a Groenlandia” si Dinamarca lo pide, incluyendo tropas e infraestructura militar como buques de guerra y capacidades antidrones. El subtexto es evidente: si el argumento de Washington es que la seguridad es insuficiente, Europa puede intentar cerrar ese flanco sin ceder soberanía ni aceptar ultimátums. Es una forma de decir “podemos cubrir parte de ese vacío”, sin romper formalmente con Estados Unidos.
Pero el cierre del texto apunta a algo mayor que Groenlandia: Europa necesita reforzar capacidades militares “independientemente” de si puede contar con Estados Unidos. Kubilius incluso plantea que una retirada estadounidense haría muy difícil defender Europa y que, en ese caso, habría que repensar cómo usar las estructuras de la OTAN como base de un “pilar europeo”. Y remata con una frase dura: la OTAN “tal como es ahora” dejaría de existir. Esto no es una predicción técnica; es una admisión política de dependencia y, a la vez, una invitación a reducirla.
El episodio revela que Groenlandia funciona como territorio, símbolo y palanca. Territorio por su valor estratégico y mineral; símbolo porque tocarlo por la fuerza rompería la lógica interna de la alianza; y palanca porque empuja a Europa a acelerar su autonomía militar. La pregunta que queda abierta, incluso sin invasión, es si la mera amenaza ya está reescribiendo los términos de la relación transatlántica: no por lo que ocurra en el Ártico, sino por lo que Europa decida hacer para no volver a estar contra la pared.
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