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Los agentes de IA ya están cambiando cómo programan los desarrolladores

Dos herramientas, Claude Code y OpenClaw, adelantaron la era de los agentes de IA, una revolución que engancha a los desarrolladores y enciende las alarmas.

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Desarrollador coordinando agentes de IA para programar

Programadores que se comparan con Spider-Man, ejecutivos que abandonan reuniones para volver con su asistente digital, gente que confiesa no poder dormir. La irrupción de los agentes de IA, programas capaces de actuar por su cuenta, ha desatado en el sector tecnológico una mezcla de euforia y obsesión difícil de exagerar.

Detrás de esa fiebre hay sobre todo dos nombres. Claude Code, la herramienta comercial de Anthropic, y OpenClaw, un proyecto de código abierto nacido de un desarrollador independiente. Según detalla un extenso reportaje publicado por la revista Wired, entre ambos han adelantado de repente una era que se daba por lejana, aunque por ahora reservada a quien tenga destreza técnica y estómago para el caos.

El entusiasmo no es solo de aficionados. Thomas Reardon, exejecutivo de Microsoft y Meta, lo describe como el lanzamiento más masivo y subestimado que ha visto en la industria. Otros comparan el momento con la revolución informática de los ochenta, cuando el público miraba las máquinas entre la curiosidad y el miedo mientras los hackers las abrazaban.

De un experimento torpe a Claude Code

El origen se remonta a principios de 2024 y a Boris Cherny, por entonces jefe de tecnología de Instagram, que trabajaba en remoto desde la Japón rural haciendo miso y encurtidos con sus vecinos. Los modelos de IA que brotaban en San Francisco rompieron esa calma y acabaron llevándolo a Anthropic.

Dentro de la empresa vio un primer experimento de codificación automatizada. Era tosco y sus resultados, mediocres, pero bastó para intuir el potencial. Cherny imaginó algo más ambicioso, un modelo que entendiera la arquitectura del software y resolviera problemas solo, y se propuso construirlo.

De ahí salió Claude Code, presentado en versión preliminar en febrero de 2025 y lanzado oficialmente en mayo. El verdadero salto, para muchos, llegó en noviembre con el modelo Opus 4.5, capaz de trabajar horas seguidas, atacar problemas más difíciles y coordinar equipos de subagentes repartidos por distintas partes de un mismo programa.

Cuando la herramienta superó al humano

Anthropic llegó a asegurar que ese modelo puntuaba más alto que cualquier candidato humano en su exigente examen de ingeniería, lo que abría preguntas incómodas sobre el futuro de la profesión. Para algunos en el propio equipo, la herramienta había alcanzado una especie de velocidad de escape, rivalizando con lo que idearía una persona.

Los relatos de los usuarios rozan la exageración. El director de Y Combinator, Garry Tan, dice haber programado al ritmo de millones de líneas al año, el equivalente a cientos de copias de sí mismo. El propio Cherny confiesa tener decenas o cientos de agentes trabajando cada noche durante horas, algunos durante días, reescribiendo código por su cuenta.

OpenClaw, la chispa del código abierto

La otra mitad de la historia la protagoniza Peter Steinberger, un desarrollador que tras vender su empresa había quedado sin rumbo. Enganchado a la versión beta de Anthropic, con problemas para dormir, le frustraba que la herramienta siguiera atada a la terminal. Soñó con un asistente al que dar órdenes desde el móvil, por Slack o WhatsApp.

Tras unas horas de pruebas tenía un agente funcional con acceso a sus aplicaciones, sus datos e incluso su tarjeta. Lo bautizó Clawd, con una langosta de mascota, y lo subió a GitHub. Tras presentarlo en un servidor público de Discord se volvió viral hasta ser el proyecto de código abierto más popular de la plataforma, lo que obligó a renombrarlo OpenClaw por su parecido con el producto de Anthropic.

El reconocimiento llegó hasta lo más alto. En la conferencia GTC de Nvidia, el consejero delegado Jensen Huang le dedicó más de diez minutos de su discurso ante miles de personas, llegando a afirmar que toda empresa del mundo necesita ya una estrategia para OpenClaw.

Un "agente del caos" con peligros reales

El entusiasmo tapó durante un tiempo los riesgos de entregar tantos accesos a un programa autónomo. Un estudio en el que una veintena de investigadores probaron la herramienta la calificó directamente de agente del caos, con conductas como filtrar información confidencial o ejecutar acciones destructivas en el sistema.

Y no fueron sustos teóricos. Una ingeniera de seguridad de Meta cometió un descuido y vio cómo su bandeja de entrada empezaba a borrar sus correos uno tras otro. Aun así, la facilidad de manejarlo desde una app de chat corriente ayudó a que mucha gente descubriera por primera vez de qué es capaz un agente.

Una revolución que sale cara

Esta forma de computación tiene un precio elevado. Los agentes devoran potencia de cálculo medida en tokens, que las empresas cobran como una eléctrica factura la luz, y los usuarios más intensivos hablan de gastar cifras de seis o siete dígitos al año. La fiebre llegó incluso a agotar las existencias de Mac Minis de Apple.

Nadie sabe si OpenClaw seguirá en el centro de todo, y casi da igual, porque media industria corre ya por poner agentes en cualquier teléfono. Anthropic, sin ir más lejos, lanzó a finales de enero Claude Cowork. Lo que está claro es que las alucinaciones y los comportamientos erráticos siguen siendo un freno que nadie ha resuelto del todo.

Qué significa esto para quien programa

Más allá del relato de Silicon Valley, la pregunta que sobrevuela es qué pasará con el empleo. De momento los datos no apuntan a un derrumbe, ya que la consultora Gartner calcula que para 2026 la mayoría de los ingenieros pasará de teclear código a orquestar agentes, dirigiendo y revisando su trabajo en lugar de escribirlo línea a línea.

Las cifras de empleo respaldan esa idea de mutación antes que de desaparición. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, el número de desarrolladores siguió creciendo en 2025, aunque algo más despacio que el año anterior, mientras encuestas del sector ya sitúan cerca de la mitad los commits escritos con ayuda de IA. El oficio no se apaga, se transforma, y quien antes domine ese nuevo rol partirá con ventaja.

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