En los confines del sistema solar, más allá de Neptuno, numerosos objetos helados presentan una silueta peculiar: dos esferas unidas como si fueran un muñeco de nieve. Estas llamadas binarias de contacto han intrigado durante años a los astrónomos porque su forma desafía los modelos clásicos de colisión y fusión. Comprender su origen no es un detalle estético, sino una pieza clave para reconstruir cómo se formaron los primeros cuerpos planetarios.
El interés creció en 2019, cuando la sonda New Horizons fotografió de cerca el objeto 2014 MU69, conocido como Ultima Thule. Aquellas imágenes mostraron con claridad una estructura bilobulada y llevaron a revisar otros objetos del Cinturón de Kuiper. Las observaciones indicaron que alrededor del 10% de los planetesimales —los bloques primitivos que dieron origen a planetas y cometas— comparten esta morfología.
Ese porcentaje es lo que convierte el fenómeno en un problema científico relevante. Si uno de cada diez objetos presenta esa forma, su proceso de formación no puede depender de un evento raro o excepcional. Durante años se propusieron explicaciones que implicaban choques específicos o condiciones poco comunes. El inconveniente era que tales escenarios no encajaban con una frecuencia tan alta.
Los modelos computacionales anteriores tenían otra limitación. Trataban los cuerpos en colisión como si fueran masas fluidas que se fusionaban en esferas. Con esa física simplificada era prácticamente imposible que surgieran dos lóbulos diferenciados que conservaran su forma al unirse. La geometría observada simplemente no aparecía en las simulaciones.
El trabajo desarrollado en la Universidad Estatal de Michigan introduce una diferencia clave: incluye la resistencia interna de los materiales y permite que los objetos conserven su estructura durante el proceso de formación. La simulación reproduce un colapso gravitacional en una nube de polvo y guijarros, similar a lo que se cree que existía en los primeros tiempos del sistema solar. Al girar, la nube puede fragmentarse en dos cuerpos que quedan ligados gravitatoriamente y, con el tiempo, espiralan suavemente hasta entrar en contacto sin destruirse.
Ese mecanismo no requiere condiciones exóticas. El colapso gravitacional —la acumulación de materia por su propia gravedad hasta formar cuerpos más grandes— ya es un proceso aceptado en la formación de planetesimales. La novedad es que ahora puede simularse con suficiente detalle como para producir naturalmente binarias de contacto, algo que antes no se había logrado con la física completa incorporada.
Otro factor que ayuda a explicar su supervivencia es el entorno del Cinturón de Kuiper. A diferencia del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, esta región es relativamente poco perturbada y con menos colisiones frecuentes. Una vez que dos cuerpos quedan unidos, es improbable que un impacto posterior los separe. De hecho, muchos de estos sistemas muestran escasos cráteres, lo que sugiere una historia relativamente tranquila.
El avance no implica que el debate esté cerrado. Se trata de una hipótesis respaldada por simulación publicada en una revista revisada por pares, no de una observación directa del proceso en tiempo real. El equipo ya trabaja en modelos que incorporen mayor complejidad y permitan explorar sistemas con tres o más objetos, lo que podría ampliar el marco de comprensión.
Lo que cambia con este estudio es la capacidad de probar con mayor rigor una idea que durante años fue difícil de verificar. Si el colapso gravitacional puede generar de forma natural estas formas bilobuladas, la explicación del origen de los “muñecos de nieve” del Cinturón de Kuiper se vuelve más coherente con lo que sabemos sobre los primeros pasos del sistema solar. Aun así, la formación planetaria sigue siendo un proceso con zonas grises, y cada simulación abre nuevas preguntas sobre cómo evolucionaron aquellos bloques primitivos hace miles de millones de años.