¿Por qué Estados Unidos no puede comprar Groenlandia?
La idea de comprar Groenlandia choca con límites legales políticos y simbólicos que impiden tratar un territorio con población y soberanía como un activo negociable.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
5 min lectura
Dinamarca repite que Groenlandia no está en venta, pero en Washington se habla “de cómo sería una posible compra”. El solo ejercicio mental abre un agujero incómodo: no existe un mercado para comprar países ni una forma aceptada de fijarles precio. Cuando se mezcla soberanía, subsidios, minerales, restricciones ambientales y derechos de los inuit, la idea de “tasar” Groenlandia deja de parecer un cálculo y empieza a parecer una disputa de poder.
La conversación empieza donde no hay reglas
La primera pared es simple: no hay un marco reconocido para valorar un territorio como si fuera un activo negociable. Un economista citado en el texto lo resume sin rodeos: no existe un mercado de compra y venta de países. Eso vuelve resbaladizo cualquier intento de hablar de “precio” como si fuese una vivienda o una empresa.
Los precedentes históricos, además, engañan más de lo que ayudan. La oferta estadounidense de 1946 a Dinamarca —100 millones de dólares por Groenlandia, rechazada entonces— hoy equivaldría a unos 1.600 millones, pero esa cifra no sirve para la economía de la década de 2020. La compra de Luisiana (1803) o Alaska (1867) tampoco es un espejo útil: allí hubo vendedores dispuestos y contextos completamente distintos.
La valoración tipo empresa se queda corta muy rápido
Si se intenta el atajo de valorar Groenlandia como si fuera una adquisición corporativa, el método se rompe en dos pasos. El banco central de Dinamarca estimó un PIB de 3.600 millones de dólares en 2023, basado sobre todo en la pesca. Aun usando esa cifra como punto de partida, el “múltiplo” que convertiría PIB en precio no tiene anclaje claro.
El segundo choque es político y presupuestario, pero se siente contable: los subsidios daneses cubren aproximadamente la mitad del presupuesto público groenlandés, sosteniendo servicios e infraestructura. En una compraventa convencional, eso sería un dato decisivo (¿quién paga mañana hospitales y escuelas?), pero aquí no hay manual. El supuesto comprador no estaría comprando solo ingresos: estaría heredando una estructura que hoy depende de transferencias externas.
El subsuelo promete mucho y garantiza poco
La conversación se vuelve más tensa cuando aparece el mapa de recursos. Las evaluaciones de la costa apuntan potencial para extraer varios minerales, y el texto menciona estimaciones de valor “de cientos de miles de millones de dólares o más” en reservas minerales y energéticas. Pero también admite un límite clave: no hay estudios geológicos exhaustivos de toda la isla, así que parte del “tesoro” es todavía hipótesis bien vestida.
A eso se suma el elemento de los materiales críticos. El texto cita un trabajo de 2023 que identificó en Groenlandia 25 de los 34 minerales que la Comisión Europea considera materias primas críticas. Ese dato explica por qué, aunque Trump niegue que EE. UU. mire los activos minerales y energéticos, el debate vuelve una y otra vez al subsuelo y a las cadenas de suministro.
Incluso así, convertir potencial en negocio no es automático. En Groenlandia está prohibida la extracción de petróleo y gas por motivos ambientales, y el sector minero ha encontrado frenos en burocracia y oposición de pueblos indígenas. Si alguien intentara traducir eso a un “descuento” en una hipotética compra, la pregunta sería brutal: ¿cuánto vale una restricción política cuando afecta al corazón de lo que supuestamente se compra?
La soberanía no se empaqueta en un contrato
Hay un punto donde el lenguaje financiero deja de tener sentido: la soberanía. Los acuerdos mineros y energéticos, por grandes que sean, no incluyen la transferencia de un territorio como entidad política. Aquí, además, el caso se complica por la presencia de inuit groenlandeses que reclaman sus propios derechos de propiedad, algo que no encaja en un simple cambio de dueño.
Un investigador noruego citado en el texto lo expresa con claridad: cuando se introducen cultura e historia de los pueblos indígenas como base de legitimidad, no hay forma de poner precio; por eso la noción le parece “ridícula”. No es una frase retórica: es el recordatorio de que el “valor” que se negocia no es solo económico, sino identitario, jurídico y simbólico.
La jugada real se parece más a presión que a compra
En paralelo a la discusión de precios, el texto describe la dimensión de fuerza: la administración Trump dice que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluida la acción militar, para controlar un territorio que considera vital para la seguridad nacional y donde Estados Unidos ya tiene una presencia militar pequeña. La visita de J. D. Vance a la base espacial Pituffik en 2025 funciona como telón de fondo: no es un lugar abstracto, ya hay infraestructura estratégica en juego.
Por eso, la hipótesis de “compra” puede leerse como táctica. Un economista del ABN AMRO sugiere que Trump podría estar usando un patrón conocido: poner un escenario extremo para ablandar a la otra parte y ganar margen en futuras negociaciones. La reunión prevista para la próxima semana entre Marco Rubio y líderes daneses aparece, en este marco, menos como una subasta imposible y más como una pista sobre qué se está buscando realmente cuando se pronuncia la palabra “Groenlandia”.
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