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Por qué la IA consume tanta energía y casi nadie lo explica bien

El auge de la inteligencia artificial ha disparado el consumo eléctrico de los centros de datos, pero las razones reales suelen explicarse mal o quedarse en simplificaciones que no ayudan a entender el problema.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

3 min lectura

Cada vez que se habla del impacto energético de la inteligencia artificial, la explicación suele quedarse en una idea vaga: “la IA consume mucha energía”. Lo que rara vez se aclara es por qué ocurre esto y dónde se produce realmente ese gasto eléctrico.

El primer punto clave es que la IA no es un ente abstracto. Funciona sobre infraestructuras físicas muy concretas: enormes centros de datos llenos de servidores que operan las 24 horas del día. A diferencia de otros servicios digitales tradicionales, los modelos de IA modernos requieren una potencia de cálculo muy superior, tanto para entrenarse como para funcionar una vez están en producción.

El entrenamiento de un modelo avanzado implica procesar cantidades masivas de datos durante semanas o incluso meses. Para ello se utilizan principalmente GPU y aceleradores especializados, diseñados para realizar millones de operaciones en paralelo. Este tipo de hardware es extremadamente potente, pero también muy demandante desde el punto de vista energético. No solo por el consumo directo de los chips, sino por todo lo que los rodea.

Ahí entra en juego un factor que casi nunca se menciona: la refrigeración. Los servidores de IA generan enormes cantidades de calor y mantenerlos dentro de rangos seguros requiere sistemas de climatización complejos, que consumen una parte significativa de la electricidad total. En muchos centros de datos, enfriar los equipos puede gastar casi tanta energía como hacerlos funcionar.

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Además, la IA no se detiene tras el entrenamiento. Cada consulta, cada imagen generada o cada respuesta producida por un modelo implica cálculos en tiempo real. A gran escala, millones de peticiones diarias se traducen en un consumo constante, que no depende de picos puntuales, sino de una demanda sostenida. Es aquí donde la popularización de la IA generativa empieza a marcar una diferencia clara frente a otros servicios digitales más ligeros.

Otro aspecto poco explicado es la concentración geográfica. Muchas de estas infraestructuras se agrupan en regiones concretas, donde el acceso a energía barata y estable es clave. Esto genera tensiones locales en las redes eléctricas y reabre debates sobre qué tipo de generación se utiliza para alimentar estos centros, especialmente cuando la demanda crece más rápido que la capacidad renovable disponible.

Según análisis recientes de organismos como la Agencia Internacional de la Energía, el consumo eléctrico de los centros de datos, impulsado en parte por la IA, podría duplicarse en pocos años si no se mejora la eficiencia. El problema no es solo cuánto se consume, sino cómo y cuándo se hace.

El debate energético sobre la inteligencia artificial suele fallar porque mezcla conceptos o se queda en titulares alarmistas. La IA no consume energía “porque sí”, sino porque está respaldada por infraestructuras físicas intensivas, hardware especializado y una demanda creciente de servicios en tiempo real. Entender estos factores es esencial para abordar el problema con soluciones realistas: más eficiencia, mejor diseño de modelos y una integración más inteligente con sistemas eléctricos cada vez más presionados.

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