Cada resto de comida, cada desecho de granja y cada lodo de depuradora encierra energía, y el biometano es la tecnología que la rescata. Mediante un proceso completamente natural, esos desechos se transforman en un gas capaz de alimentar hogares e industrias con la misma eficacia que el gas natural de toda la vida.
Qué es el biometano
El biometano es un gas renovable compuesto casi por completo de metano, con una pureza superior al 95%. Esa concentración es la clave: lo hace equivalente al gas natural convencional y, por tanto, intercambiable con él en cualquier proporción.
No conviene confundirlo con el biogás, aunque están directamente emparentados. El biogás es el producto en bruto; el biometano es ese mismo gas una vez limpiado y refinado. Dicho de otro modo: todo biometano nace como biogás, pero no todo biogás llega a biometano.
Biogás y biometano: cuál es la diferencia
El biogás que sale directamente del proceso es una mezcla: contiene entre un 45% y un 75% de metano, y el resto es sobre todo dióxido de carbono, además de pequeñas cantidades de vapor de agua, sulfuro de hidrógeno y otras impurezas. Con esa composición ya sirve para algo: quemarlo en motores de cogeneración para generar electricidad y calor en la propia planta.
Pero para inyectarlo en la red de gas o usarlo como combustible de vehículos hace falta más pureza. Ahí entra el biometano, que es el biogás sometido a una limpieza profunda hasta dejarlo casi como metano puro. Mientras el biogás tiene un uso local y limitado, el biometano puede viajar por la red gasista nacional como cualquier gas natural.
Cómo se produce, paso a paso
El proceso parte de la materia prima: residuos orgánicos de todo tipo. Sirven los restos agrícolas y ganaderos (estiércol, purines, paja), la fracción orgánica de la basura doméstica, los residuos de la industria alimentaria y los lodos de las depuradoras de aguas residuales.
El corazón del sistema es la digestión anaerobia. Los residuos se introducen en unos grandes tanques cerrados y sin oxígeno llamados biodigestores. Dentro, millones de microorganismos descomponen la materia orgánica durante varias semanas, a una temperatura que ronda los 35 °C o supera los 50 °C según el diseño. De esa fermentación salen dos cosas: el biogás y un residuo llamado digestato.
Ese digestato no se tira: es rico en nutrientes y se aprovecha como fertilizante agrícola, lo que cierra el círculo y convierte el residuo de partida en dos recursos útiles.
El último paso es el upgrading o enriquecimiento. El biogás se limpia primero de agua, sulfuro de hidrógeno y otras impurezas, y después se le separa el dióxido de carbono para concentrar el metano por encima del 95%. El resultado ya es biometano, listo para inyectarse en la red o comprimirse como combustible.
Para qué sirve el biometano
Como su composición es casi idéntica a la del gas natural, hereda todos sus usos sin necesidad de cambiar nada de la infraestructura existente. Se puede inyectar en la red de distribución para calefacción y cocina en hogares e industrias, quemarse para generar electricidad y calor, o emplearse como combustible para vehículos en forma comprimida o licuada.
Su gran ventaja es doble: por un lado da salida a residuos que de otro modo acabarían en vertederos emitiendo metano a la atmósfera; por otro, sustituye a un combustible fósil por uno renovable. Es uno de los ejemplos más claros de economía circular, donde el desecho de un proceso se convierte en la energía de otro.
El potencial es enorme y está casi sin explotar: según la Agencia Internacional de la Energía, los residuos orgánicos disponibles hoy en el mundo podrían producir de forma sostenible cerca de un billón de metros cúbicos de gas al año, el equivalente a una cuarta parte de la demanda mundial actual de gas natural.