Energía
Publicado: Actualizado:

La crisis de Ormuz pone a prueba la dependencia mundial del petróleo

5 min lectura
Petrolero navegando en mar abierto para el transporte de crudo.

Durante casi cuatro meses, una de cada cinco gotas de energía del planeta quedó atrapada en un canal de apenas 33 kilómetros de ancho. El estrecho de Ormuz, la salida del petróleo y el gas del Golfo, se cerró de hecho cuando estallaron los ataques contra Irán, y el mundo recordó de golpe lo frágil que es su dependencia de un puñado de rutas marítimas.

Ahora que un acuerdo entre Estados Unidos e Irán empieza a reabrir el paso, llega el momento de hacer cuentas. Y la pregunta interesante no es la del telediario —cuánto baja el barril esta semana— sino una mucho más profunda: ¿será esta guerra el empujón que acelere el fin del petróleo, o una sacudida más que olvidaremos en cuanto la gasolina vuelva a estar barata?

Lo que pasó en Ormuz

El conflicto dejó un agujero enorme en el suministro. Se perdieron cientos de millones de barriles de crudo y derivados de productores como Irak, Kuwait, Emiratos e Irán, y hasta un 20 % del gas natural licuado del mundo se quedó sin poder salir por ese paso entre Irán y Omán. Llegó a haber más de 800 petroleros atascados esperando.

El golpe fue duro, aunque no tan catastrófico como se temió. El Brent llegó a subir cerca de un 45 % y tocó los 125 dólares a finales de abril, pero terminó replegándose en lugar de dispararse sin freno: la salida masiva de reservas estratégicas, el recorte brusco de las compras de China —el mayor importador del mundo— y la simple expectativa de un acuerdo bastaron para contener lo peor del pánico.

El alivio empezó a llegar el 14 de junio, cuando los mediadores anunciaron un memorando para poner fin al conflicto, con la firma prevista días después, y el Brent reaccionó cayendo con fuerza. Pero conviene no cantar victoria: el propio jefe de Aramco, la mayor petrolera del mundo, ha avisado de que, aunque Ormuz se reabra ya, el mercado podría tardar hasta 2027 en normalizarse del todo.

Dos precedentes opuestos

Para intuir qué pasará, vale la pena mirar a dos crisis que parecían iguales y terminaron muy distintas. La primera es el "Dieselgate" de 2015: el escándalo de las emisiones trucadas de Volkswagen pareció un asunto técnico y acabó hundiendo al diésel, que en Europa pasó de copar más de la mitad de las ventas de coches a menos del 10 % en una década, abriendo el camino al eléctrico.

La segunda es la invasión rusa de Ucrania en 2022: disparó los precios de la energía hasta extremos dolorosos, pero el mundo redirigió los flujos, buscó nuevos proveedores y absorbió el golpe, y pasado el susto casi todo volvió a su sitio. La diferencia entre un caso y otro la decide una sola cosa: si la gente cambia de comportamiento para siempre o solo aguanta hasta que escampa.

¿Cambiará algo esta vez?

Hay un motivo de peso para pensar que la guerra de Irán se parezca más al Dieselgate: esta vez ya existe una alternativa madura y barata al combustible fósil. Hace una década, pasarse al coche eléctrico era caro y minoritario; hoy es una opción real y en plena explosión, y una crisis de precios es justo el empujón que muchos conductores necesitaban. En China, los eléctricos e híbridos ya superan la mitad de las ventas y rozaron el 60 % este año; en Australia —que importa más del 80 % de su combustible— marcaron récord con un 20 % del mercado, que sube al 46 % sumando híbridos.

Los gobiernos empujan en la misma dirección, y no solo en el coche: muchos países asiáticos se replantean el GNL importado —vulnerable a un nuevo Ormuz— frente a poner paneles solares, eólica y baterías, casi siempre de fabricación china. Cada susto en el surtidor convence a un puñado más de compradores de que electrificarse es también blindarse.

Pero la historia reciente invita a la prudencia, porque el olvido es sorprendentemente fácil: si repostar gasolina vuelve a ser barato, la urgencia por cambiar se evapora, como ocurrió tantas veces. Y hay un ganador inesperado que podría salir reforzado: el carbón. Países con grandes reservas propias como China, India o Indonesia tienen la tentación de aferrarse a él por barato y seguro, y los importadores lo ven como fiable porque no depende de puntos calientes como Ormuz. En plena guerra, la seguridad pesa más que el clima.

Lo que de verdad está en juego

Al final, la guerra de Irán plantea una pregunta que va más allá del precio del barril: cuánto está dispuesto a pagar el mundo por no volver a quedar a merced de un estrecho. Cada crisis energética es, en el fondo, una clase práctica sobre los riesgos de depender de combustibles que viajan miles de kilómetros por rutas que cualquiera puede cortar.

La señal temprana —con el Brent desplomándose en cuanto se anunció el acuerdo— sugiere que el mecanismo del olvido ya está en marcha. Pero esta vez hay una diferencia que no existía antes: la alternativa ya está aquí, es competitiva y crece sola. Que la guerra pase a la historia como el principio del fin del petróleo o como un mal recuerdo dependerá menos de los generales y los diplomáticos que de millones de decisiones cotidianas sobre qué coche comprar y de dónde sacar la electricidad.

Fuentes

1
Reuters

www.reuters.com/

Compartir artículo

Continúa informándote