Desde hace casi un siglo, la historia del universo tiene un comienzo claro: el Big Bang, ese instante hace unos 13.800 millones de años en que el espacio y el tiempo surgieron de un estado caliente y denso, y a partir del cual todo se expandió. Es el relato de fondo de toda la cosmología moderna.
Pero un nuevo estudio plantea una idea que suena a ciencia ficción: ¿y si algunos de los objetos más antiguos del cosmos fueran, en realidad, más viejos que el propio Big Bang? El físico Enrique Gaztañaga, de la Universidad de Portsmouth y del Instituto de Ciencias del Espacio de Barcelona, propone que ciertos agujeros negros podrían ser "fósiles cósmicos": reliquias que sobrevivieron a una época anterior a nuestro universo.
Conviene avisar de entrada: esto es una hipótesis, no un descubrimiento. Una propuesta teórica seria, publicada en una revista científica de prestigio, pero que todavía está por demostrar. Dicho eso, lo que plantea es de las cosas más sugerentes que se han dicho últimamente sobre el origen de todo.
De un "Big Bang" a un "gran rebote"
La idea parte de un problema viejo. En la teoría de Einstein, el Big Bang se corresponde con una "singularidad": un punto donde la densidad se vuelve infinita y las leyes de la física dejan de funcionar. Para muchos físicos, eso es una señal de alarma —cuando las ecuaciones escupen un infinito, suele ser que la teoría se ha quedado corta, no que el universo se comporte de verdad así.
La alternativa que explora este trabajo es la cosmología del rebote. En lugar de empezar de la nada en una explosión, el universo habría existido antes como una enorme nube que se contraía. Al llegar a una densidad altísima pero finita —no infinita—, en vez de colapsar del todo, habría "rebotado" e iniciado la expansión que observamos hoy. Algo así como una pelota que, al tocar el suelo, sale despedida hacia arriba.
Lo interesante es que ese freno no necesitaría física exótica. Gaztañaga apunta a un efecto cuántico ya conocido: a densidades extremas, la materia se resiste a comprimirse más, la misma presión que mantiene en pie a las estrellas de neutrones y las enanas blancas. Llevada a la escala de todo el universo, esa presión podría haber detenido el colapso y disparado el rebote.
Los "fósiles" que cruzaron al otro lado
Aquí llega la parte más llamativa. En el Big Bang clásico, una fase de expansión vertiginosa llamada inflación borra cualquier rastro de lo anterior. En un universo que rebota, en cambio, no todo se borra: según los cálculos de Gaztañaga, los objetos de más de 90 metros podrían haber sobrevivido a la transición y emerger en el universo en expansión.
Entre esos supervivientes habría agujeros negros formados antes del rebote, auténticas reliquias de una era previa, capaces de seguir influyendo en cómo crecen las galaxias miles de millones de años después. También quedarían ondas gravitacionales y fluctuaciones de densidad, otras huellas de ese pasado anterior a la primera luz que podemos observar.
La conexión con la materia oscura
Y aquí es donde la teoría se vuelve realmente ambiciosa, porque podría rozar uno de los mayores misterios de la física: la materia oscura. Esa sustancia invisible que no emite ni absorbe luz pero que pesa unas cinco veces más que la materia normal y mantiene unidas a las galaxias. Sabemos que está ahí por su gravedad, pero no qué es.
La propuesta es elegante: si durante el rebote se formaron suficientes de estos agujeros negros reliquia, podrían constituir una parte enorme de la materia oscura, o incluso toda. En vez de buscar una partícula exótica que nadie ha detectado, la materia oscura serían estos viejos agujeros negros. De paso, el modelo encaja con un enigma reciente: los "puntitos rojos" que el telescopio James Webb ha visto en el universo joven, galaxias y agujeros negros sorprendentemente grandes para haberse formado tan pronto. Si ya existían agujeros negros masivos justo tras el rebote, el universo no habría tenido que construirlo todo desde cero.
Ahora bien, toca repetir la cautela del principio: nada de esto está probado, y el propio autor lo subraya. Pero la teoría tiene una virtud que en ciencia vale oro: es comprobable. Si el universo rebotó, debió dejar pistas —ondas gravitacionales antiguas o señales sutiles en la radiación de fondo de microondas— que los futuros telescopios podrían cazar. Y si aparecen, tendríamos que reescribir el primer capítulo de la historia del cosmos: el que dábamos por sentado que empezaba con una explosión.