El hallazgo surgió cuando investigadores de la Universidad de Washington revisaban datos astronómicos recopilados durante varios años. La estrella Gaia20ehk, similar al Sol y situada en la secuencia principal, debería mostrar un brillo relativamente estable. Sin embargo, los registros mostraban variaciones inesperadas que no encajaban con el comportamiento típico de este tipo de estrellas.
Los datos indicaban que el brillo de la estrella había sufrido tres descensos desde 2016. Estos episodios fueron breves y parecían aislados, pero en 2021 la señal cambió de forma abrupta y comenzó a oscilar de manera mucho más caótica. Ese patrón llamó la atención de los investigadores porque las estrellas similares al Sol rara vez muestran fluctuaciones de este tipo.
El análisis posterior sugirió que la estrella no era la responsable directa del fenómeno. Las variaciones parecían producirse cuando grandes cantidades de polvo y fragmentos rocosos pasaban frente a la estrella desde nuestra línea de visión, bloqueando parte de su luz mientras orbitaban dentro del sistema.
La pregunta clave era el origen de ese material. Según la interpretación propuesta por el equipo de investigación, una explicación plausible es que la nube de escombros se haya generado tras una colisión catastrófica entre dos planetas que orbitaban alrededor de la estrella.
Los científicos recurrieron a datos de distintos telescopios para examinar el fenómeno en diferentes longitudes de onda. Mientras que las observaciones en luz visible mostraban las caídas de brillo causadas por el material que bloqueaba la estrella, los registros en el infrarrojo revelaron un aumento de radiación.
Ese incremento en la emisión infrarroja sugiere que el polvo y los fragmentos estaban extremadamente calientes. El calentamiento de grandes cantidades de material rocoso es coherente con un escenario de impacto planetario, donde la energía liberada por la colisión eleva la temperatura de los restos expulsados.
Los investigadores plantean que la colisión final pudo haber sido precedida por varios impactos más pequeños entre los mismos planetas. Esos encuentros iniciales habrían producido las primeras caídas de brillo detectadas desde 2016, antes de que se produjera el choque principal que liberó la nube de polvo más caliente.
El evento presenta características que recuerdan al impacto gigante que, según los modelos actuales, dio origen al sistema Tierra-Luna hace unos 4500 millones de años. En ese escenario, un objeto del tamaño de Marte colisionó con la Tierra primitiva y el material expulsado terminó formando nuestro satélite.
En el sistema de Gaia20ehk, la nube de restos parece orbitar a una distancia aproximada de una unidad astronómica de la estrella, una distancia comparable a la que separa la Tierra del Sol. A esa escala, los fragmentos podrían eventualmente enfriarse y reagruparse en nuevos cuerpos planetarios.
Observar este tipo de eventos es extremadamente difícil porque requiere que los restos del impacto pasen exactamente entre la estrella y la Tierra, permitiendo detectar las variaciones en el brillo. Por ello, solo se han registrado unos pocos casos que puedan interpretarse como colisiones planetarias en sistemas distantes.
Para los astrónomos, cada observación de este tipo proporciona información valiosa sobre cómo se forman y evolucionan los sistemas planetarios. Las colisiones gigantes son un proceso fundamental durante las primeras etapas de un sistema solar, cuando numerosos cuerpos rocosos interactúan gravitacionalmente antes de estabilizar sus órbitas.
Los investigadores señalan que futuros observatorios astronómicos podrían detectar muchos más eventos similares en los próximos años. Si se logran observar con mayor frecuencia, estos impactos permitirán comprender con mayor precisión cómo se forman planetas, satélites y, potencialmente, los entornos donde puede surgir la vida.