Descubren un planeta rocoso en la órbita exterior que desafía la formación planetaria clásica
La formación planetaria podría ser más compleja de lo que indican los modelos clásicos. Astrónomos han descubierto un planeta rocoso en la órbita exterior del sistema LHS 1903, un hallazgo que desafía la idea de que los mundos lejanos a su estrella deben ser gigantes gaseosos y no cuerpos sólidos.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
Un sistema planetario distante alrededor de la estrella LHS 1903 está obligando a los astrónomos a revisar una de las ideas más aceptadas sobre cómo se forman los planetas. La detección de un planeta rocoso en la zona más externa del sistema rompe el patrón habitual que distingue entre mundos interiores de roca y gigantes gaseosos más alejados, una distribución que durante décadas se consideró casi universal.
En la mayoría de los sistemas estudiados, incluido el nuestro, los planetas cercanos a la estrella son pequeños y rocosos, mientras que los más lejanos acumulan grandes envolturas de gas. Esa estructura se explica por la influencia de la radiación estelar. Cerca de la estrella, el calor intenso impide que los planetas retengan atmósferas gruesas. Más lejos, las temperaturas permiten que el gas se conserve y dé lugar a gigantes como Júpiter o Saturno.
LHS 1903, una enana roja más fría y tenue que el Sol, parecía ajustarse a esa lógica. Las primeras observaciones revelaron un planeta interior rocoso seguido por dos mundos gaseosos de tamaño intermedio, similares a pequeños Neptunos. Todo encajaba con el esquema clásico.
El giro llegó con nuevos datos del satélite CHEOPS de la Agencia Espacial Europea. El equipo internacional que estudia el sistema confirmó la existencia de un cuarto planeta, el más externo, que no es gaseoso sino rocoso. Ese detalle altera la arquitectura prevista y complica la explicación tradicional basada únicamente en la distancia a la estrella.
Los investigadores exploraron escenarios alternativos. Consideraron la posibilidad de impactos que hubieran despojado al planeta exterior de su atmósfera o cambios orbitales que alteraran el orden original. Las simulaciones descartaron estas hipótesis como explicación principal.
La interpretación que gana fuerza apunta a un proceso de formación secuencial. En lugar de surgir todos al mismo tiempo dentro de un disco de gas y polvo, los planetas podrían haberse formado uno tras otro, en momentos distintos y bajo condiciones cambiantes. Si el disco protoplanetario ya había perdido gran parte de su gas cuando comenzó a consolidarse el planeta más externo, su destino habría sido convertirse en un mundo rocoso, incluso a gran distancia de la estrella.
Esta idea, conocida como formación de adentro hacia afuera, introduce matices importantes en los modelos actuales. No niega la teoría general, pero sugiere que el entorno evoluciona de forma más dinámica de lo que se pensaba. La composición final de un planeta no dependería solo de su posición, sino también del momento exacto en que termina de formarse.
El hallazgo, publicado en Science y respaldado por observaciones combinadas desde telescopios espaciales y terrestres, no implica que la teoría dominante esté equivocada, pero sí que puede ser incompleta. La diversidad de sistemas detectados en los últimos años ya había mostrado configuraciones poco habituales. LHS 1903 añade un nuevo ejemplo que obliga a ampliar el marco teórico.
Más allá del caso concreto, el descubrimiento tiene implicaciones más amplias. Las enanas rojas son las estrellas más abundantes de la galaxia. Si arquitecturas como la de LHS 1903 resultan más comunes de lo que se creía, los modelos sobre la distribución de mundos rocosos y potencialmente habitables podrían requerir ajustes significativos.
El avance en la precisión de los telescopios está revelando sistemas planetarios que no se parecen al nuestro. Cada nueva detección introduce una variación que complica el panorama y reduce la tentación de considerar al Sistema Solar como plantilla universal. En ese contexto, LHS 1903 no es solo una curiosidad astronómica, sino una señal de que la formación de planetas puede seguir caminos más diversos de lo que la teoría clásica anticipaba.
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