El fiordo Barry Arm, en el sur de Alaska, se ha convertido en un punto crítico para los científicos que estudian deslizamientos de tierra potencialmente peligrosos. La pendiente del deslizamiento de Barry, situada entre los glaciares Cascade y Barry, descansa sobre un lecho rocoso frágil y muy fallado. Su tamaño y su lenta pero constante deformación desde hace décadas han despertado preocupación entre los investigadores, especialmente por la posibilidad de que un colapso rápido genere un tsunami capaz de afectar a kayakistas, cruceros y comunidades cercanas como Whittier. En este contexto, cualquier pista que permita entender cómo evoluciona la ladera es crucial.
Desde 2020, la zona está equipada con instrumentos que registran continuamente señales sísmicas en un intento de detectar cambios previos a un posible deslizamiento importante. Tras analizar en detalle esos registros, un equipo de científicos ha identificado un tipo de señal sísmica que hasta ahora había pasado desapercibida. Los eventos, impulsivos y de alta frecuencia, aparecen a finales del verano, aumentan progresivamente hasta mitad del invierno y desaparecen de forma abrupta en primavera. Los investigadores creen que estos patrones podrían ofrecer nuevas ventanas para entender el estado del terreno en Barry Arm.
El estudio, publicado en Seismological Research Letters, está liderado por Gabrielle Davy, de la Universidad de Alaska Fairbanks. Su equipo propone que estas señales se originan en la congelación y descongelación del agua atrapada en microfisuras del lecho rocoso situado bajo el glaciar Cascade. Los ciclos de congelación son capaces de fracturar o tensar las rocas de forma repetida, generando pequeños “estallidos” sísmicos que se registran en los sensores instalados en la zona. Aunque la duración de estos eventos es breve, su frecuencia y su fuerte estacionalidad ayudan a descartar otras fuentes habituales de ruido sísmico, como terremotos locales o el movimiento del glaciar.
El hallazgo no indica que estas señales sean directamente precursoras del movimiento del deslizamiento de tierra. Pero sí tienen un valor importante: podrían reflejar cambios en el entorno hidráulico de la zona, un factor que influye en la estabilidad de la pendiente. Si el agua que circula en profundidad —ya sea por deshielo, filtraciones o lluvias— altera la presión en las grietas y fallas del terreno, podría desencadenar un movimiento más amplio. Por eso, entender estos pequeños eventos puede ayudar a vigilar las condiciones que podrían terminar acelerando el deslizamiento.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo realizó una tarea monumental: revisar manualmente un año completo de formas de onda sísmicas continuas. Este proceso permitió catalogar la gran diversidad de señales presentes en la zona, desde pequeños temblores hasta ruidos causados por el movimiento glaciar. Según Davy, era esencial construir primero una base sólida de comprensión sobre lo que constituye el “ruido normal” del entorno. Solo así cualquier señal inusual o desconocida podría destacar con claridad y justificarse como candidata a un análisis más profundo.
Una vez que consiguieron reconocer e identificar esta clase de eventos cortos, los investigadores cruzaron la información sísmica con datos meteorológicos, precipitaciones y mediciones con radar terrestre. Ese análisis combinado reveló un patrón coherente: los eventos se concentraban en zonas cercanas a las grietas del lecho rocoso y seguían un ciclo estacional compatible con el congelamiento del agua. El fenómeno, aunque poco documentado, ha sido observado antes en otros paisajes donde la roca está afectada por temperaturas bajo cero. Un estudio reciente en Noruega, por ejemplo, detectó señales muy similares en una pendiente inestable.
El área de Barry Arm se ha convertido en un punto de referencia para entender cómo se comportan los grandes deslizamientos de tierra potencialmente tsunamigénicos. El Centro de Terremotos de Alaska cuenta ya con un sistema regional de detección de deslizamientos en fase de prueba que supervisa la actividad en la zona. Según el coautor Ezgi Karasözen, este tipo de investigaciones son esenciales para perfeccionar herramientas de alerta temprana, especialmente en regiones montañosas y glaciares donde los movimientos del terreno pueden acelerarse con el cambio climático.
Aunque queda trabajo por hacer, el estudio abre la puerta a nuevas investigaciones sobre señales sísmicas precursoras y su relación con cambios en la estabilidad del terreno. Barry Arm no es el único lugar de Alaska con pendientes frágiles y glaciares en retroceso, y comprender sus señales sísmicas podría ayudar a proteger comunidades vulnerables en un futuro cada vez más incierto.
Fuente: GeoScienceWorld