El papel del tráfico en el calentamiento urbano ha sido durante años un factor poco cuantificado. Mientras la atención se centraba en edificios, materiales o superficies, el calor directo que emiten los vehículos apenas se integraba en los modelos climáticos. Ahora, un nuevo estudio cambia esa perspectiva.
Investigadores de la Universidad de Manchester han desarrollado un modelo que permite medir con más precisión cómo el tráfico influye en la temperatura urbana. Para ello, incorporaron al Modelo Comunitario del Sistema Terrestre los procesos térmicos asociados a motores, frenado y emisiones, integrando por primera vez este componente de forma directa.
Este enfoque permite observar cómo el calor liberado por los vehículos no se disipa sin más, sino que interactúa con el entorno urbano. Calles, edificios y aire forman un sistema interconectado donde la energía térmica se acumula y se redistribuye, intensificando el efecto de isla de calor en las ciudades.
Los resultados muestran que el impacto es medible. En ciudades como Manchester, el tráfico puede elevar la temperatura del aire en torno a 0,16 °C en verano y hasta 0,35 °C en invierno. Aunque estas cifras parecen pequeñas, su efecto se amplifica en condiciones extremas.
Durante episodios de calor intenso, incluso variaciones de unas décimas pueden marcar la diferencia entre un ambiente soportable y uno peligroso. El estudio señala que, en la ola de calor de 2022 en Reino Unido, el calor del tráfico contribuyó a aumentar la sensación térmica durante más tiempo, prolongando el estrés en las personas.
Además, el impacto no se limita al exterior. El calor acumulado en las calles puede transferirse al interior de los edificios, elevando la temperatura en espacios cerrados y aumentando la demanda de aire acondicionado. Este efecto crea un ciclo en el que más consumo energético puede generar aún más calor en el entorno.
Uno de los avances clave del estudio es que el modelo permite diferenciar entre tipos de vehículos. No todos generan el mismo calor, y esta capacidad abre la puerta a analizar cómo cambios en la movilidad, como el aumento de coches eléctricos, pueden modificar el balance térmico de las ciudades.
Esto tiene implicaciones directas para la planificación urbana. Las decisiones sobre transporte no solo afectan a las emisiones, sino también a la temperatura del entorno en el que viven millones de personas. El tráfico deja de ser solo un problema de contaminación para convertirse también en un factor climático local.
El estudio sugiere que integrar el calor del tráfico en las estrategias urbanas puede mejorar la capacidad de las ciudades para adaptarse al cambio climático. Reducir la congestión, rediseñar el espacio urbano o acelerar la transición energética no solo disminuiría las emisiones, sino también el calor acumulado.
Este enfoque introduce una idea clave: el calentamiento urbano no depende únicamente de grandes factores globales, sino también de procesos cotidianos. El movimiento diario de vehículos, repetido a gran escala, tiene un efecto acumulativo que empieza a ser visible en los modelos y en la realidad.
Comprender este componente permite ajustar mejor las políticas públicas y anticipar cómo evolucionarán las ciudades en un contexto de temperaturas en aumento. El tráfico, hasta ahora visto principalmente como un problema de movilidad, se confirma también como una pieza relevante en el clima urbano.