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Qué es el permafrost y por qué su deshielo amenaza el clima del planeta

En este artículo te explicamos qué es el permafrost, cómo se mantiene congelado durante miles de años y por qué su deshielo se ha convertido en una preocupación para el clima del planeta.

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Descongelación del permafrost en Canadá
Descongelación del permafrost en la isla Herschel, Canadá. Crédito: Boris Radosavljevic.

¿Qué es el permafrost?

El permafrost es el suelo que permanece congelado de forma permanente durante al menos dos años seguidos. No es hielo a secas, sino una mezcla de tierra, roca, sedimentos y materia orgánica unida por agua helada que actúa como cemento. Está presente sobre todo en las regiones árticas y de alta montaña, y ocupa alrededor del 22% de la superficie terrestre del hemisferio norte.

Lo curioso es que el permafrost no está siempre congelado de arriba abajo. Tiene una capa superficial, llamada capa activa, que se descongela en verano y vuelve a helarse en invierno. Debajo está la parte verdaderamente permanente, que puede tener desde unos pocos metros hasta cientos de metros de profundidad y que, en algunos puntos de Siberia, lleva helada decenas de miles de años.

¿Cómo y dónde se forma el permafrost?

El permafrost se forma allí donde hace tanto frío, durante tanto tiempo, que el suelo no llega a descongelarse del todo ni siquiera en verano. Si la temperatura media del terreno se mantiene por debajo de 0 °C año tras año, el agua que hay entre la tierra y las rocas se congela de forma permanente y convierte el suelo en un bloque sólido.

La mayor parte del permafrost que existe hoy se formó durante y después de la última glaciación, así que muchas de estas zonas llevan congeladas desde que los mamuts paseaban por la tundra. No es algo que se cree de un invierno para otro: necesita siglos o milenios de frío sostenido para alcanzar las profundidades que tiene hoy, que en algunos puntos superan los varios cientos de metros.

Geográficamente se concentra en las regiones circumpolares: Siberia (que es, con diferencia, la mayor extensión), Alaska, el norte de Canadá, Groenlandia y zonas de Escandinavia. En estas latitudes el frío es tan intenso y duradero que el suelo permanece helado de forma casi continua.

Pero no hace falta irse al Ártico para encontrarlo. El permafrost también aparece en lo alto de grandes cordilleras como los Andes, los Alpes o el Himalaya, donde la altitud hace el mismo trabajo que la latitud: a suficiente altura, la temperatura baja lo bastante como para mantener el suelo congelado todo el año.

Por qué el permafrost almacena tanto carbono

Aquí está la clave de por qué el permafrost importa tanto. Durante miles de años, ha funcionado como un gigantesco sumidero de carbono: las plantas y animales que morían quedaban atrapados en el suelo helado sin descomponerse, como en una nevera natural. Toda esa materia orgánica congelada guarda una cantidad enorme de carbono.

¿Cuánta? Según la mayoría de estudios, el permafrost almacena casi el doble del carbono que hay actualmente en toda la atmósfera, y aproximadamente la mitad de todo el carbono orgánico del suelo del planeta. Mientras siga congelado, ese carbono no va a ninguna parte. El problema empieza cuando se descongela.

Por qué su deshielo amenaza el clima del planeta

Cuando el permafrost se descongela, ocurre algo aparentemente inofensivo pero demoledor: los microbios del suelo, que llevaban milenios dormidos, despiertan y empiezan a descomponer toda esa materia orgánica acumulada. Y al hacerlo, liberan a la atmósfera dióxido de carbono (CO₂) y metano (CH₄), dos potentes gases de efecto invernadero.

Aquí es donde la cosa se vuelve peligrosa de verdad. Estos gases calientan la atmósfera, ese calentamiento derrite todavía más permafrost, lo que libera más gases, lo que calienta aún más… Es lo que los científicos llaman un ciclo de retroalimentación positiva, un mecanismo que puede alterar los ciclos climáticos del planeta y que, una vez en marcha, se alimenta a sí mismo.

Y el ritmo no ayuda. El Ártico se está calentando alrededor de tres veces más rápido que la media del planeta, así que el deshielo va mucho más deprisa de lo que se esperaba hace solo unas décadas. Algunas regiones que durante milenios capturaban carbono han empezado a hacer justo lo contrario: emitirlo.

Las cifras dan vértigo. Algunos estudios calculan que, hacia el año 2100, las emisiones del permafrost podrían acelerar el cambio climático entre un 10% y un 20% adicional, con cifras anuales comparables a las de países industrializados enteros.

No solo es el clima: otros efectos del deshielo

El carbono es el titular, pero no es el único problema. Cuando el suelo helado que lo sujetaba todo se reblandece, las consecuencias se notan a ras de tierra.

  • Colapso de infraestructuras: en ciudades de Siberia y Alaska ya se hunden edificios, carreteras y oleoductos construidos sobre suelo que antes era firme como el hormigón.
  • Paisajes que se desploman: aparecen socavones, deslizamientos de tierra y lagos que se forman o desaparecen de un año para otro, en un Ártico que también ve retroceder sus glaciares.
  • Ecosistemas alterados: la fauna ártica y las comunidades indígenas que dependen de ella ven cómo su entorno cambia bajo sus pies.
  • Microorganismos antiguos: algunos científicos advierten de que el deshielo podría liberar virus y bacterias atrapados durante miles de años, aunque el alcance real de este riesgo todavía se está estudiando.

Qué soluciones existen frente al deshielo del permafrost

Seamos honestos: en algunas zonas el deshielo del permafrost ya está en marcha y es prácticamente irreversible a corto plazo. No hay un botón mágico para volver a congelarlo todo. Pero eso no significa que estemos de brazos cruzados.

Los científicos coinciden en que la medida más eficaz es la más obvia y la más difícil: reducir drásticamente las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Cuanto menos caliente el planeta, menos permafrost se derrite y menos carbono se libera. La diferencia entre limitar el calentamiento a 1,5 °C o dejarlo llegar a 2 °C se traduce en gigatoneladas de gases que salen o no salen de ese congelador ártico.

Mientras tanto, satélites de la NASA y la ESA vigilan el permafrost desde el espacio, redes de sensores miden las emisiones sobre el terreno y hasta hay proyectos experimentales en Siberia que intentan recrear antiguos pastizales para mantener el suelo más frío. Soluciones parciales, pero síntoma de que el problema, por fin, se toma en serio.

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