El calentamiento global no solo reduce la extensión del hielo marino, también está cambiando su forma. Un estudio liderado por la Universidad de Utah apunta a que el aumento del llamado hielo granular está alterando procesos clave dentro de la banquisa antártica, con efectos que van más allá de lo visible en superficie.
El hielo marino contiene una red de pequeños canales llenos de salmuera líquida. La forma en que estos canales se conectan determina si el agua de mar, los gases o los nutrientes pueden desplazarse a través del hielo. Esa conectividad depende directamente de la estructura microscópica del hielo, que puede variar según cómo se forma.
Los investigadores han identificado una diferencia clara entre dos tipos de hielo. En el hielo columnar, donde los cristales están ordenados, los fluidos comienzan a moverse cuando la salmuera representa alrededor del 5 % del volumen. En el hielo granular, formado por granos desordenados, ese umbral se eleva hasta aproximadamente el 10 %.
Ese cambio implica que el hielo granular es menos permeable en condiciones similares. En la práctica, el movimiento de nutrientes y gases se vuelve más limitado, lo que afecta directamente a los microorganismos que viven en el hielo y que forman la base de su ecosistema.
La diferencia no es solo biológica. Muchos procesos físicos dependen de esa circulación interna, desde el intercambio de gases con la atmósfera hasta el drenaje del agua de deshielo en la superficie. Si el flujo se reduce, cambian las condiciones bajo las que se forma y evoluciona el hielo marino.
Uno de los efectos más relevantes aparece en la superficie. Cuando el agua de deshielo no puede filtrarse con facilidad, tiende a acumularse en forma de estanques. Estas superficies más oscuras reducen la capacidad del hielo para reflejar la luz solar y aumentan la absorción de calor, lo que puede acelerar el proceso de fusión.
El estudio también sugiere que los modelos actuales pueden estar simplificando en exceso la realidad. Tratar el hielo marino como un material uniforme ignora diferencias que influyen en procesos a gran escala, desde la dinámica del océano hasta la evolución del clima.
A medida que el hielo se vuelve más joven, más delgado y más granular, estas diferencias ganan peso. No se trata solo de cuánto hielo hay, sino de cómo es ese hielo por dentro. Y esa transformación interna puede acabar teniendo efectos en todo el sistema polar.