El trabajo analiza la evolución de este glaciar de montaña situado en la cuenca del río Jáchal y lo coloca dentro de un problema más amplio. Aunque los Andes desérticos reúnen miles de masas de hielo, solo una parte muy pequeña está siendo monitoreada de forma directa, lo que limita la comprensión real de cómo está cambiando la región.
En el caso de Agua Negra, los datos de teledetección indican que perdió el 23% de su superficie entre 1959 y 2019. Esa reducción no fue uniforme. El estudio señala que el glaciar se mantuvo relativamente estable hasta mediados de los noventa, pero después entró en una fase de contracción mucho más clara, acompañada por el retroceso del frente y un ascenso de su cota terminal.
Las mediciones glaciológicas realizadas entre 2014 y 2021 refuerzan esa tendencia. Durante ese periodo, el balance de masa anual medio fue de −0,52 metros equivalentes en agua por año, con una pérdida acumulada de −3,67 metros equivalentes en agua. Eso significa que, en conjunto, el glaciar perdió más hielo del que pudo recuperar con la nieve acumulada en invierno.
El estudio también separa lo que ocurre en las dos estaciones clave. En invierno, el glaciar recibió un balance medio positivo de 0,80 metros equivalentes en agua por año, pero en verano la pérdida fue mucho mayor, con una media de −1,33. Esa diferencia explica por qué el balance final sigue siendo negativo incluso en años en los que la acumulación invernal no fue especialmente mala.
Uno de los puntos más relevantes es que la velocidad de pérdida aumentó. Los datos geodésicos muestran que el ritmo pasó de −0,32 metros equivalentes en agua por año entre 2000 y 2013 a −0,66 entre 2013 y 2019. No se trata solo de que el glaciar esté retrocediendo, sino de que lo está haciendo más rápido que antes.
Ese comportamiento no aparece aislado del contexto climático. El estudio vincula la pérdida de masa a una tendencia regional de calentamiento desde 1979 y a una disminución reciente de la acumulación de nieve. También subraya la importancia de la gran variabilidad de las precipitaciones en esta parte de los Andes, donde los glaciares dependen mucho de lo que ocurra en invierno.
La sequía prolongada iniciada en 2009 aparece como otro factor importante. Los autores la relacionan con un déficit persistente de nieve y con un aumento de la presión sobre los glaciares de la zona, en un entorno donde incluso pequeños cambios en acumulación o temperatura pueden alterar con rapidez el balance de masa.
El estudio amplía además la mirada a la cuenca del río Jáchal. Allí, las pérdidas de hielo fueron menos intensas que en Agua Negra, pero siguieron una dirección similar. Eso sugiere que el glaciar analizado no es una anomalía local, sino una expresión más marcada de un proceso regional de deterioro.
Más allá del dato puntual, el trabajo deja una conclusión de fondo. En los Andes desérticos, donde hay miles de masas de hielo y pocas series largas de observación, cada medición cuenta. Agua Negra no solo muestra que el hielo está retrocediendo, también deja ver que la combinación de menos nieve y temperaturas más altas está empujando a estos glaciares hacia una situación cada vez más frágil.