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El calor extremo ya reduce la movilidad urbana en España

El calor extremo no solo dispara los riesgos para la salud. También empieza a alterar algo más cotidiano y menos visible: la forma en que la población se desplaza, trabaja, socializa y usa el espacio urbano en España.

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Persona refrescándose con agua en un día caluroso

Un nuevo estudio basado en datos de telefonía móvil de 13 millones de personas muestra que la movilidad urbana cae de forma clara en los días de más calor. La reducción general puede alcanzar el 10 %, pero el ajuste se vuelve mucho más fuerte por la tarde, cuando las temperaturas llegan a su punto máximo. En esas horas, ciertos desplazamientos bajan hasta un 20 %.

Lo relevante no es solo que la gente salga menos. El hallazgo de fondo es que el calor reordena la vida urbana. No afecta igual a todos los grupos, ni a todos los trayectos, ni a todos los barrios. A medida que suben las temperaturas, las ciudades pierden parte de la actividad que sostiene su funcionamiento diario.

El trabajo se centra en España y cruza datos de movilidad de 2022 y 2023 con el Índice Climático Térmico Universal, una medida que no solo recoge temperatura, sino también humedad, viento y radiación solar. Eso permite observar con más precisión cómo responde la población al estrés térmico en condiciones reales.

Los resultados muestran una pauta bastante clara. Los viajes poco frecuentes, ligados a ocio, compras o actividades no rutinarias, son los que más caen. Los desplazamientos frecuentes también retroceden, aunque menos. En cambio, los viajes asociados al trabajo o al estudio resisten mejor. Eso sugiere que, cuando el calor aprieta, muchas personas recortan primero lo que pueden posponer, no siempre lo que están obligadas a hacer.

Pero esa capacidad de adaptación no se reparte igual. Las personas mayores son las que más reducen su movilidad cuando suben las temperaturas. El estudio detecta un gradiente claro: cuanto más edad, mayor impacto del calor sobre los desplazamientos. No es un detalle menor. En una sociedad que envejece, esto apunta a una vulnerabilidad creciente que afecta tanto a la vida cotidiana como a la actividad económica.

También aparece una brecha social. Los grupos con menos ingresos reducen menos sus viajes, sobre todo los vinculados al trabajo o a rutinas frecuentes. La lectura no es que sufran menos el calor, sino que tienen menos margen para evitarlo. Quien depende de trabajos presenciales o menos flexibles no siempre puede elegir quedarse en casa, aunque las condiciones sean peores.

En cambio, los grupos con más ingresos sí muestran una reducción mayor en varias categorías de movilidad. Eso encaja con una realidad bastante conocida: disponer de teletrabajo, coche, aire acondicionado o más flexibilidad laboral permite esquivar parte del impacto. El calor, por tanto, no solo incomoda; también amplifica desigualdades ya existentes.

Otro dato importante es el tipo de trayecto que más se resiente. Los viajes cortos, especialmente los de menos de dos kilómetros, son los que más caen en los días extremos. Es una señal relevante porque muchos de esos desplazamientos suelen hacerse a pie o en modos más expuestos al entorno. La ciudad sigue funcionando, pero lo hace de forma más defensiva y menos abierta al movimiento espontáneo.

La tarde concentra la mayor transformación. No se observa una compensación clara por la mañana o la noche que equilibre esa caída. Es decir, no parece que la actividad simplemente se desplace de hora: en muchos casos, directamente desaparece. Eso afecta tanto al uso del espacio público como al pequeño comercio, la restauración y otros negocios que dependen del tránsito diario.

El estudio también sugiere que el calor reduce la mezcla social dentro de la ciudad. En los días más duros, disminuyen las interacciones entre zonas con distintos niveles de renta y cambia la estructura de los flujos hacia los centros urbanos. Parte de la actividad se retrae y las áreas centrales pierden movimiento. No es solo menos movilidad: es una ciudad menos conectada entre sí.

Esa idea tiene implicaciones más profundas de lo que parece. Las ciudades no funcionan solo por edificios, oficinas o infraestructuras. Funcionan porque concentran encuentros, trayectos, consumo y relaciones diarias. Cuando el calor extremo reduce esa red de contactos, empieza a afectar una de las bases del dinamismo urbano.

El estudio no plantea que el calor vacíe por completo las ciudades, pero sí deja una advertencia clara: en un país más cálido y más envejecido, la adaptación ya no puede pensarse solo como un problema sanitario. También es una cuestión de movilidad, desigualdad y funcionamiento económico. La respuesta no pasa únicamente por más aire acondicionado, porque eso puede aliviar el malestar sin resolver la pérdida de vida urbana. El reto real será enfriar la ciudad sin apagarla.

Fuentes

1
Oxford Academic

academic.oup.com/pnasnexus/article/5/4/pgag078/8651395

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