El glaciar Thwaites muestra señales crecientes de un colapso irreversible
El deterioro interno de la plataforma de hielo está reduciendo la capacidad del glaciar para frenar su propio avance hacia el océano
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
La posibilidad de que una pieza clave del hielo antártico deje de sostenerse ya no pertenece al terreno de las hipótesis lejanas. En el caso del glaciar Thwaites, las señales de fragilidad se acumulan desde hace años y empiezan a dibujar un escenario difícil de revertir. No se trata de un cambio aislado ni de una anomalía puntual, sino de un proceso que avanza de forma persistente y cuyas consecuencias no se quedarían confinadas al Polo Sur.
Durante mucho tiempo se habló de Thwaites como un glaciar problemático, pero estable en el corto plazo. Ese marco empieza a quedarse corto. Lo que inquieta ahora no es un episodio concreto, sino la superposición de varios cambios estructurales que avanzan a la vez y se refuerzan entre sí, reduciendo progresivamente el margen de maniobra.
Qué está pasando ahora en el glaciar Thwaites
En la actualidad, la plataforma de hielo que actúa como freno natural del glaciar muestra un deterioro acelerado. La pérdida de cohesión ya no se limita a un frente visible o a una zona concreta: afecta a regiones internas que antes absorbían tensiones y ahora las redistribuyen de forma mucho más peligrosa.
Las grietas se han multiplicado y, sobre todo, han cambiado de comportamiento. Ya no se trata solo de grandes fisuras alineadas con el flujo del hielo, que durante años fueron el principal foco de atención, sino de una red cada vez más densa de fracturas más cortas que debilitan la estructura desde dentro. Esa combinación hace que la plataforma pierda capacidad para resistir fuerzas externas y para amortiguar el movimiento del glaciar.
El resultado es un hielo que se mueve con mayor libertad. A medida que ese “tapón” natural pierde eficacia, el glaciar acelera su avance hacia el océano. No es un colapso instantáneo ni un derrumbe súbito, pero sí un proceso que gana velocidad y reduce de forma clara las opciones de estabilización a medio plazo.
Ese aumento del flujo no es una consecuencia secundaria: es el núcleo del problema. Cuanto más rápido se mueve el hielo, mayor es la tensión interna; y cuanto mayor es la tensión, más grietas aparecen. El sistema entra así en un ciclo de retroalimentación que resulta cada vez más difícil de frenar.
Lo que se pensaba hace años y por qué ya no basta
Durante buena parte de las dos últimas décadas se asumió que ciertos puntos de apoyo en el fondo marino actuaban como anclajes naturales capaces de estabilizar la plataforma. Esa idea permitía pensar en una degradación lenta, con margen para la adaptación y para respuestas graduales.
Hoy esa suposición pierde fuerza. La conexión entre la plataforma y esos puntos de apoyo se ha debilitado hasta el punto de convertirse en un factor de inestabilidad. Lo que antes ayudaba a frenar el hielo ahora concentra tensiones que favorecen la aparición de nuevas fracturas y aceleran el deterioro estructural.
A esto se suma un límite importante: los modelos actuales siguen teniendo dificultades para fijar plazos concretos. Pueden describir tendencias, señalar direcciones probables y advertir de riesgos crecientes, pero no establecer cuándo se cruzará un umbral definitivo. Esa incertidumbre no resta gravedad al problema, pero obliga a ser prudentes con las fechas y con los escenarios cerrados.
Por qué Thwaites importa más allá de la Antártida
La relevancia de Thwaites no se explica solo por su tamaño, sino por su posición estratégica. Actúa como una especie de compuerta para otras masas de hielo del oeste antártico, de modo que su debilitamiento podría facilitar un retroceso mucho más amplio tierra adentro.
Un colapso progresivo tendría efectos directos sobre el nivel del mar global. No se traduciría en un aumento inmediato y uniforme, sino en una presión añadida sobre sistemas costeros ya vulnerables, desde grandes deltas densamente poblados hasta ciudades que viven al límite de la cota marina.
El caso de Thwaites funciona también como advertencia. Los patrones de deterioro observados aquí podrían repetirse en otras plataformas de hielo sometidas a tensiones similares, ampliando el alcance del problema más allá de un único glaciar.
Por ahora, lo que se impone es una constatación incómoda: el margen de maniobra se estrecha a medida que avanza el daño estructural. Thwaites no anuncia una catástrofe inmediata, pero sí obliga a replantear cuánto tiempo queda antes de que ciertos procesos pasen a ser, de verdad, irreversibles.
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