Descubren en el Ártico una filtración de gas a una profundidad nunca vista
La aparición de una filtración de gas a casi cuatro kilómetros de profundidad revela que el fondo del Ártico alberga procesos geológicos y biológicos más activos de lo que se asumía
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
A casi cuatro kilómetros bajo el océano, en un lugar donde no hay luz, ni corrientes visibles, ni señales de superficie, aparece algo que rompe una suposición básica: que ciertos procesos geológicos y biológicos simplemente no ocurren tan abajo. El Ártico profundo acaba de demostrar que todavía juega con reglas que no entendemos del todo.
Lo que se ha identificado es una filtración fría de gas, asociada a hidratos de metano, a una profundidad que hasta ahora se consideraba fuera de su rango habitual. No se trata de una fuga violenta ni de una erupción, sino de una liberación lenta y persistente desde el subsuelo marino, atrapada durante mucho tiempo bajo capas de sedimentos.
El hallazgo se produjo en el mar de Groenlandia, en la zona de la dorsal de Molloy, durante una expedición científica que exploraba áreas prácticamente desconocidas del fondo oceánico. Allí, un vehículo operado a distancia descendió hasta los 3.640 metros y encontró una serie de montículos irregulares, algunos parcialmente colapsados, con hidratos de gas expuestos directamente al agua.
Hasta aquí podría parecer solo un dato geológico extremo, pero el detalle que cambia la historia es la vida. Alrededor de esos montículos existe un ecosistema activo, compuesto por organismos que no dependen de la luz solar ni de la fotosíntesis. Gusanos, pequeños crustáceos y otros seres especializados sobreviven gracias a reacciones químicas que aprovechan el metano y otros compuestos que emergen desde el interior de la Tierra.
Durante años, el conocimiento sobre estos sistemas se basó en observaciones mucho más superficiales. Se asumía que los hidratos de gas se formaban y permanecían estables dentro de límites relativamente claros de presión y temperatura. Este descubrimiento empuja esos límites casi dos kilómetros más abajo y obliga a replantear cómo se distribuyen estos depósitos en el océano profundo.
Además, las imágenes muestran algo importante: estos montículos no son estructuras fijas ni tranquilas. Presentan grietas, deformaciones y señales de colapso parcial. Eso indica que los hidratos se forman, se desestabilizan y vuelven a reorganizarse con el tiempo. El fondo marino, incluso a estas profundidades, está lejos de ser un paisaje inmóvil.
Aquí aparece inevitablemente la palabra incómoda: metano. Es un gas de efecto invernadero potente y cualquier filtración despierta preocupaciones inmediatas. Pero conviene frenar el impulso de sacar conclusiones rápidas. A estas profundidades, gran parte del metano no alcanza la superficie: se disuelve en el agua o es consumido por microorganismos antes de ascender.
Eso no significa que el fenómeno sea irrelevante para el clima. Significa que su impacto no es directo ni inmediato. Lo verdaderamente importante es que estos sistemas ayudan a entender mejor el ciclo profundo del carbono, un conjunto de procesos lentos que conectan el interior de la Tierra con el océano y, a largo plazo, con la atmósfera.
El descubrimiento también tiene una lectura menos evidente, pero igual de relevante. El Ártico no es un vacío geológico esperando ser explotado, sino un entorno complejo y frágil, lleno de interacciones que apenas empezamos a mapear. Cada nueva estructura descubierta añade capas de incertidumbre a cualquier plan de exploración o extracción futura.
La investigación ha sido liderada por equipos vinculados a la UiT La Universidad Ártica de Noruega, con la participación de científicos de distintos países y el uso de tecnología capaz de operar en condiciones extremas. No han encontrado respuestas definitivas, pero sí algo más valioso en ciencia: nuevas preguntas bien planteadas.
Lo que queda ahora es averiguar cuántos sistemas similares existen en el Ártico profundo y cómo reaccionan ante cambios lentos, como el calentamiento del océano o las variaciones tectónicas. Cada inmersión añade información, pero también deja claro lo poco que sabemos.
A esa profundidad, el Ártico no es solo frío y silencio. Es un sistema activo, dinámico y sorprendentemente vivo. Y cada vez que lo exploramos un poco más, nos recuerda que muchas de nuestras certezas científicas siguen siendo provisionales.
Fuente: Nature Communications
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