Durante años, el deshielo del permafrost ha sido uno de los grandes villanos del cambio climático, y con razón. Esos suelos congelados guardan enormes cantidades de carbono antiguo, y cuando se descongelan, los microbios lo transforman en gases de efecto invernadero que van a parar a la atmósfera. Cuanto más se calienta el planeta, más se derrite ese hielo, y más carbono suelta: un círculo vicioso de manual.
Pero un nuevo estudio publicado en Nature acaba de añadir un giro inesperado a esa historia. Resulta que, al mismo tiempo que libera carbono, el permafrost que se derrite también pone en marcha un mecanismo silencioso capaz de hacer justo lo contrario: capturar CO₂ de la atmósfera. Y en algunos lugares, ese sumidero oculto llega a compensar todo lo que se emite.
La clave está en las rocas. Un equipo de la Universidad de Umeå (Suecia) y la Universidad Normal del Este de China analizó 50 ríos de la meseta del Tíbet, la mayor reserva de hielo de gran altitud del planeta fuera de los polos. Descubrieron que, al descongelarse el terreno, quedan expuestos minerales nuevos y el agua entra en contacto con ellos. Eso dispara un proceso químico llamado meteorización, en el que la roca, al "erosionarse", consume dióxido de carbono y lo atrapa en forma de carbono disuelto que el río arrastra.
Cuánto carbono se llega a compensar
Los números son llamativos. De media, en toda la región estudiada, esa captura geológica compensa alrededor del 35 % del CO₂ que emiten los ríos. Pero el detalle interesante está en dónde: en las zonas con permafrost aún continuo y bien helado, el efecto es pequeño; en cambio, en los paisajes donde el hielo ya está fragmentado y a parches —los que más han sufrido el calentamiento—, la absorción a veces superó el 100 % de las emisiones. Es decir, esos ríos llegaron a retirar más carbono del que soltaban.
Dicho de otro modo: cuanto más degradado está el permafrost, más fuerte se vuelve este freno natural. Justo donde el deshielo es peor, aparece con más fuerza el mecanismo que lo contrarresta.
Conviene no sacar la conclusión equivocada, y los propios autores insisten en ello: esto no es una solución mágica al cambio climático ni una excusa para relajarse. La meteorización no compensa el grueso de las emisiones globales, es lenta, y según la composición de cada roca algunas reacciones incluso pueden liberar CO₂ en vez de capturarlo. El permafrost sigue siendo, en el balance global, una amenaza.
Lo que el estudio cambia es la foto: demuestra que el ciclo del carbono en estas regiones es más complejo de lo que se creía, y que los procesos geológicos y los biológicos están entrelazados. La mayoría de los modelos climáticos actuales ni siquiera incluyen este sumidero de roca, así que podrían estar calculando mal el efecto real del deshielo. Para saber si el permafrost acelera o frena el calentamiento, habrá que contar las dos cosas: el carbono que escapa de los suelos antiguos y el que se tragan las rocas al quedar al descubierto.