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Groenlandia revela que ya contaminábamos con mercurio hace 4.000 años

Un núcleo de hielo de Groenlandia ha revelado una huella inesperada de contaminación humana: mercurio emitido hace 4.000 años, mucho antes de las fábricas y la revolución industrial.

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Pueblo costero de Groenlandia con casas de colores junto al mar y montañas nevadas al fondo

Solemos pensar que el ser humano empezó a ensuciar el planeta con las chimeneas de las fábricas, hace un par de siglos. Un cilindro de hielo extraído a 1.250 metros de profundidad en Groenlandia acaba de demostrar que esa idea se queda muy corta: contaminamos con mercurio, uno de los metales más tóxicos que existen, desde hace unos 4.000 años.

El hallazgo, publicado en la revista Science Advances por un equipo internacional con participación del CSIC, no solo retrasa el reloj de la contaminación humana hasta la Edad de Bronce. Lo más fascinante es cómo llegaron hasta ahí, y hacia dónde apunta la pista: un pigmento rojo y unos huesos enterrados en la península ibérica.

Un archivo congelado de 11.700 años

La clave de todo es ese núcleo de hielo, una columna que abarca prácticamente todo el Holoceno, es decir, los últimos 11.700 años de historia del planeta. Funciona como un libro cuyas páginas son capas de hielo: cada estrato atrapó la química de la atmósfera de su época, conservando intactas las señales de volcanes, cambios de clima y actividad humana ocurrida a miles de kilómetros.

Para leer ese libro, los científicos cortaron el hielo en fragmentos equivalentes a periodos de cinco años, los limpiaron con mimo para no contaminarlos y los derritieron en el laboratorio. El resultado es un registro de altísima precisión que, capa a capa, dibuja cómo ha cambiado la presencia de mercurio en el aire durante milenios. Y ahí apareció la sorpresa: una señal humana clara mucho antes de lo que nadie esperaba.

La pista del pigmento rojo

¿Cómo iba a contaminar la humanidad de la Edad de Bronce, sin industria ni motores? La respuesta tiene dos sospechosos. El primero es el refinado de minerales de cobre y estaño, los metales que dan nombre a esa época y cuyo procesado liberaba mercurio. El segundo, y el más llamativo, es el cinabrio: un mineral de un rojo intenso, rico en mercurio, que aquellas culturas usaban como pigmento para decorar y como sustancia con supuestos fines medicinales.

Y aquí entra la conexión española, que vuelve el hallazgo aún más cercano. Los arqueólogos llevan tiempo encontrando niveles altísimos de mercurio en huesos humanos de yacimientos funerarios de la península ibérica, una señal de que el cinabrio se empleaba de forma generalizada en rituales y enterramientos. La teoría de los investigadores es contundente: aquel uso intensivo del pigmento rojo pudo liberar suficiente mercurio como para que su rastro viajara por toda la atmósfera del hemisferio norte y acabara depositándose, miles de kilómetros después, en el hielo del centro de Groenlandia.

De la huella antigua a un problema actual

El hielo también cuenta lo que vino después, y no es tranquilizador. La acumulación de mercurio no dejó de crecer: se multiplicó por 2,7 a partir del siglo XIII y se disparó por 7,4 desde 1840, con la revolución industrial. La técnica del estudio es lo bastante fina como para separar estos picos humanos de los naturales, como los provocados por grandes erupciones volcánicas (la del Laki islandés en 1783, por ejemplo).

Y esto no es solo arqueología. El mercurio que se emite acaba en mares y océanos, sube por la cadena alimentaria y termina en nuestro plato a través del pescado, sobre todo en especies grandes como el atún. Conocer cuánto mercurio hemos soltado a lo largo de la historia ayuda a afinar los modelos actuales y a medir si funcionan acuerdos internacionales como el Convenio de Minamata, vigente desde 2017 para frenar este tóxico. En el fondo, ese cilindro de hielo une dos extremos del tiempo: el pigmento rojo de una tumba de la Edad de Bronce y el atún que quizá cenes esta noche.

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