Medio Ambiente · Publicado

La huella humana en la capa de ozono es casi 30 años más antigua de lo que se pensaba

El daño humano a la capa de ozono empezó ya en 1957, casi tres décadas antes de descubrirse el agujero, y el primer culpable no fueron los CFC más conocidos.

Aldo Venuta Rodríguez
Aldo Venuta Rodríguez Redacción · 3 min lectura
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Agujero de ozono sobre la Antártida

El agujero en la capa de ozono se descubrió en 1985, y desde entonces se convirtió en uno de los grandes símbolos del daño humano al planeta. Pero un nuevo estudio sugiere que nuestra huella sobre ese escudo protector es mucho más antigua de lo que pensábamos, y que se podría haber detectado casi tres décadas antes si entonces hubiéramos tenido la tecnología de hoy.

La investigación, publicada en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias y liderada desde el MIT, plantea un experimento mental tan sencillo como revelador. ¿Y si los satélites modernos que vigilan el ozono hubieran existido ya en 1950? ¿Cuándo habríamos visto la primera señal del deterioro?

Para responder, el equipo de Jian Guan y Susan Solomon recurrió a modelos químico-climáticos bien validados y simuló esa vigilancia satelital de última generación desde mediados del siglo XX. El resultado fue contundente, y con un 95% de confianza, la pérdida de ozono en la estratosfera tropical alta ya había comenzado en 1957.

Esa fecha es la clave de todo, porque es anterior al uso masivo de los CFC más comunes, el CFC-11 y el CFC-12, esos gases de la refrigeración y los aerosoles que durante décadas cargaron con toda la culpa del agujero antártico. Si el daño empezó antes que ellos, entonces algo más tuvo que iniciarlo.

El primer culpable no fue el que creíamos

El verdadero responsable del deterioro inicial, según el estudio, fue el tetracloruro de carbono, un disolvente industrial de uso muy extendido ya en la década de 1930, unos veinte años antes que los CFC. Ese compuesto, hoy mucho menos famoso que el freón de los aerosoles, habría sido el que empezó a morder el ozono mucho antes de que nadie sospechara nada.

El hallazgo no es solo una curiosidad histórica, sino que ayuda a entender cuándo y dónde dejamos la primera marca detectable en la atmósfera. Y conviene recordar quién lo firma, porque Susan Solomon es precisamente la científica que en los años ochenta demostró que los CFC eran los causantes del agujero, una de las grandes autoridades mundiales en el tema.

La buena noticia es que esta historia tiene un final esperanzador. Gracias al Protocolo de Montreal de 1987, que prohibió los gases que dañan el ozono, la capa se está recuperando poco a poco, en lo que se considera uno de los mayores éxitos ambientales de la humanidad y la prueba de que estos problemas globales sí se pueden resolver.

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