El Mediterráneo no es el Pacífico, pero tampoco está libre de tsunamis. La Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO lleva años advirtiendo que las costas mediterráneas deben prepararse mejor ante un riesgo que suele parecer lejano, aunque forma parte de la realidad geológica de la región.
El dato que más titulares ha generado es contundente: la probabilidad de que una ola de tsunami supere el metro de altura en el Mediterráneo durante los próximos 30 años es cercana al 100 %. Dicho así suena apocalíptico, pero conviene leerlo bien. No significa que toda la costa vaya a ser arrasada ni que exista una fecha concreta. Significa que, estadísticamente, un evento de ese tipo debe considerarse esperable y no excepcional.
La propia UNESCO recuerda que los tsunamis son fenómenos relativamente poco frecuentes, pero más habituales de lo que mucha gente cree. Su Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico ha respondido a 125 eventos, una media de siete al año a escala global. La mayoría se concentra en el Pacífico y el Índico, aunque todas las regiones oceánicas tienen algún grado de exposición.
La causa principal está bajo el fondo marino. Según la UNESCO, alrededor del 78 % de los tsunamis se originan por actividad sísmica. En el Mediterráneo, la interacción entre la placa africana y la euroasiática genera una zona de fricción capaz de producir terremotos y desplazamientos de agua.
España ya conoce ese riesgo, aunque no siempre esté presente en la conversación pública. El caso más recordado es el terremoto de Lisboa de 1755, que provocó un tsunami devastador en Portugal y también golpeó las costas del suroeste peninsular. Más recientemente, en 2003, un maremoto afectó a las Islas Baleares con una ola cercana a los dos metros y daños en puertos y embarcaciones.
Una ola de un metro no equivale necesariamente a una catástrofe como las vistas en Japón o Indonesia. Puede, sin embargo, inundar zonas bajas, dañar puertos, arrastrar vehículos, afectar paseos marítimos y poner en riesgo a personas que no sepan cómo reaccionar. En un litoral tan urbanizado y turístico como el mediterráneo, esa diferencia importa.
Por eso la advertencia de la UNESCO no busca sembrar pánico. Su objetivo es que las comunidades costeras tengan planes de evacuación, mapas de riesgo, señalización clara, educación pública y sistemas de respuesta capaces de actuar rápido. La alerta temprana sirve de poco si la población no sabe qué hacer cuando recibe el aviso.
España cuenta con el Sistema Nacional de Alerta de Tsunamis, gestionado por el Instituto Geográfico Nacional, para evaluar terremotos submarinos y emitir avisos en caso de riesgo. Algunas ciudades han empezado a moverse en esa dirección. Huelva cuenta con un plan específico y Torrevieja ha desarrollado simulacros de evacuación por maremoto en coordinación con emergencias.
La clave está en no confundir preparación con alarma. Un tsunami mediterráneo no tiene que ser gigantesco para causar problemas serios en puertos, playas y zonas bajas. Tampoco hace falta esperar a que ocurra para explicar rutas de evacuación, revisar planes urbanos y formar a la población.
El mensaje de fondo es bastante simple. El Mediterráneo no es una piscina cerrada y tranquila, sino una cuenca activa, rodeada de fallas, volcanes y costas densamente habitadas. Si la probabilidad de un tsunami relevante en las próximas décadas es tan alta como indica la UNESCO, la pregunta no debería ser si puede pasar, sino cuán preparadas están las ciudades costeras para responder cuando ocurra.