Los cables submarinos transportan más del 95% del tráfico mundial de internet
Aunque solemos imaginar que internet viaja por satélites, casi todo el tráfico mundial circula por cables de fibra óptica tendidos en el fondo del mar, una infraestructura física clave para la economía digital.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
7 min lectura
Internet no es una nube etérea. Es una infraestructura física que atraviesa el planeta y, en su parte más importante, se apoya en el fondo del mar. Más del 95% del tráfico mundial viaja por cables submarinos de fibra óptica que conectan continentes con enlaces directos y estables. Sin esos tendidos, la idea de un internet global, rápido y continuo no existiría tal como lo conocemos: habría menos capacidad, más latencia y mucha más fragilidad en servicios que hoy damos por garantizados.
El detalle que mucha gente no imagina es que no hablamos de “rutas digitales” abstractas. Hablamos de cables reales, con puntos de amarre en costas concretas, estaciones terrestres y rutas planificadas al milímetro. Cuando uno se corta, no se rompe “internet” en general: se rompe una autopista de datos entre dos regiones. El resto de la red intenta compensar desviando tráfico, pero esa compensación tiene límites y deja huellas visibles en la experiencia diaria.
Por qué el internet global depende del fondo del mar y no de satélites
Los satélites sirven para conectar zonas remotas, barcos, aviones o regiones sin infraestructura terrestre, pero no están pensados para transportar el volumen masivo de datos que mueve la economía digital. La capacidad total es menor, la latencia suele ser más alta y el coste por bit es más elevado. Para videoplataformas, banca, centros de datos y servicios en la nube, esas diferencias no son detalles: determinan rendimiento, costes y estabilidad.
La fibra óptica submarina, en cambio, transmite información como pulsos de luz con enormes anchos de banda y retrasos muy bajos en rutas directas entre continentes. Por eso los intercambios más intensos —tráfico entre centros de datos, transacciones financieras, sincronización de servicios y distribución global de contenido— se apoyan en cables. Los satélites complementan, pero la columna vertebral de internet está en el océano.
Incluso cuando el usuario cree que está usando “wifi” o “datos móviles”, gran parte de su tráfico termina llegando a un cable submarino en algún punto del recorrido. El tramo inalámbrico es el último metro; el viaje largo, el que une regiones y mercados, viaja por fibra.
Cómo son estos cables y qué significa tenderlos
Un cable submarino moderno no es un simple hilo. En su interior hay varios pares de fibra óptica, protegidos por capas de aislamiento, acero y recubrimientos diseñados para resistir presión, corrosión y golpes. En aguas profundas el cable suele depositarse sobre el lecho marino porque hay menos actividad humana, pero cerca de la costa se entierra para reducir el riesgo de anclas y pesca de arrastre, que son responsables de muchos incidentes.
Tender un cable implica cartografiar el fondo del mar, planificar rutas evitando zonas inestables y desplegarlo con barcos especializados a velocidad constante. Hay puntos críticos como los aterrizajes en costa y las estaciones de amarre, donde el cable se conecta a infraestructura terrestre. Ahí se concentran riesgos y también interés estratégico: controlar un punto de aterrizaje es controlar por dónde entra y sale buena parte del tráfico de un país o una región.
Además, estos sistemas no son “pasivos”. A lo largo de la ruta hay equipos que mantienen la señal, y en tierra se gestionan capacidades, rutas y acuerdos entre operadores. Por eso hablar de cables no es hablar solo de geografía: es hablar de ingeniería, mantenimiento y economía de red.
Una infraestructura crítica que puede romperse con facilidad
Aunque estén diseñados para durar décadas, los cables no son indestructibles. La percepción de solidez suele venir de que casi nunca los vemos, pero su vulnerabilidad es muy real. El océano es un entorno hostil y el factor humano añade un riesgo constante. Un accidente en un punto equivocado puede interrumpir rutas enteras y obligar a redirigir tráfico por caminos más largos o menos capaces.
La mayoría de los cortes no tienen nada de película. Son eventos rutinarios: anclas que raspan el fondo, redes de pesca que enganchan un tramo, obras en costa, tormentas que alteran sedimentos o deslizamientos submarinos. También existen riesgos geológicos: terremotos y avalanchas submarinas pueden dañar varios tramos en cadena, especialmente en regiones con actividad sísmica. Lo importante es entender que el fallo típico no es “un hacker”, sino un impacto físico.
Cuando un cable se rompe, la red intenta reaccionar desviando el tráfico. Esa redundancia evita el colapso inmediato, pero no evita los costes. El desvío aumenta latencia, puede saturar rutas alternativas y degrada servicios sensibles, desde videoconferencias hasta sistemas corporativos. Si la región afectada depende de pocas rutas —por geografía o por concentración de enlaces— el impacto se nota mucho más, y puede sentirse como lentitud generalizada o cortes intermitentes.
La reparación es lenta porque requiere logística física. Hay que detectar el punto exacto, enviar un barco especializado, izar el cable desde el fondo, cortar la sección dañada y empalmar fibra en condiciones marítimas. Luego se vuelve a depositar el tramo reparado y se comprueba la señal. Si la rotura está lejos de puertos o el mar está complicado, el proceso puede durar días o semanas. En ese tiempo, la “normalidad” digital depende de cuánto aguanten las rutas alternativas.
Por eso estos cables se consideran infraestructura crítica: no solo por lo que transportan, sino por lo difícil que es reemplazarlos rápidamente. Un transformador grande no se sustituye en horas; un cable submarino tampoco. La resiliencia no está en arreglar en minutos, sino en tener suficientes rutas y capacidad para resistir mientras llega la reparación.
Quién controla las rutas y por qué eso también es poder
Durante décadas, los cables fueron financiados sobre todo por consorcios de operadoras. Eso sigue existiendo, pero el mapa ha cambiado: grandes tecnológicas y proveedores de nube han pasado a invertir directamente en cables para asegurar capacidad, reducir costes y controlar mejor sus rutas entre centros de datos. En términos simples, una parte creciente de la infraestructura básica de internet está cada vez más ligada a un puñado de actores privados.
Ese cambio tiene consecuencias. Controlar capacidad y rutas influye en precio, en prioridades de tráfico y en dependencia de terceros. También tiene un componente geopolítico: los puntos de aterrizaje, las rutas y los acuerdos de paso se convierten en elementos de estrategia nacional. No porque “internet sea política” como eslogan, sino porque por estos cables viajan finanzas, datos empresariales, comunicaciones oficiales y actividad económica cotidiana.
En la práctica, el mapa real de internet es un mapa de cables, estaciones costeras y enlaces entre hubs. Es un sistema global, sí, pero no siempre distribuido de forma equitativa. Hay regiones hiperdependientes de pocos enlaces y otras con múltiples rutas, lo que crea asimetrías de resiliencia: algunos territorios pueden absorber cortes con relativa facilidad y otros quedan expuestos con mucha más rapidez.
Lo que está en juego cuando fallan
La dependencia es total. Por los cables submarinos circulan pagos internacionales, operaciones bancarias, logística empresarial, tráfico de nube, contenido y comunicaciones personales. Cuando una región pierde capacidad, el efecto no es solo “se cae una web”: pueden degradarse servicios esenciales para empresas, administraciones y ciudadanos. En un mundo donde gran parte del trabajo y el comercio ya son digitales, la conectividad se ha convertido en una condición de funcionamiento básico.
En ese sentido, estos cables se parecen más a una red eléctrica o a una infraestructura de transporte que a una metáfora digital. Son arterias físicas por las que circula la información del planeta. Y quizá esa sea la idea más importante: internet no se sostiene por magia ni por satélites, sino por kilómetros de fibra bajo el mar que, aunque invisibles, determinan la estabilidad de nuestra vida digital.
Fuentes:
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