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Minerales críticos aparecen como subproducto en minas de EE.UU.: el problema es recuperarlos

Parte de los minerales críticos que EE. UU. necesita ya salen de sus minas, pero se pierden como desecho porque recuperarlos exige cambios técnicos, económicos y regulatorios.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Instalaciones de la mina Climax, en Colorado, dedicada a la extracción de molibdeno
Vista de la mina Climax, en Colorado, una de las principales operaciones de molibdeno en Estados Unidos analizadas en un estudio reciente sobre minerales críticos. Crédito: Escuela de Minas de Colorado.

Hay un tipo de escasez que no se arregla cavando más, sino mirando mejor lo que ya estás sacando. En la minería, ese “mirar mejor” puede significar algo muy simple y muy absurdo a la vez: materiales estratégicos que ya pasan por la planta… y acaban en el montón de desechos.

La idea central es que muchas minas de metales en Estados Unidos extraen, sin buscarlo, minerales críticos junto con cobre, oro, zinc o níquel. Como no son el objetivo del negocio, se separan y se desechan durante el procesamiento. En el papel, el país “no produce” lo que necesita. En la práctica, parte de eso ya está saliendo del subsuelo, solo que no se recupera.

Esto cambia el foco de la conversación. En lugar de discutir únicamente nuevas minas —caras, lentas, conflictivas— aparece otra pregunta: ¿cuánto de la dependencia exterior se debe a falta de yacimientos y cuánto a un sistema que tira subproductos valiosos porque no tiene incentivos o tecnología para atraparlos?

El contexto importa porque “minerales críticos” no es una etiqueta bonita: son materiales que sostienen baterías, electrónica avanzada, imanes para turbinas, paneles solares y cadenas industriales que no se improvisan. La demanda sube con la electrificación, pero los suministros suelen concentrarse en pocos países o rutas frágiles. Y abrir una mina desde cero puede llevar años o décadas entre permisos, infraestructura y oposición local.

Aquí, en cambio, la materia prima ya está dentro del circuito industrial. Un análisis estadístico liderado por Elizabeth Holley y publicado en Science cruzó datos de producción de minas con permisos federales con mediciones geoquímicas de concentraciones de 70 minerales críticos en muestras de mineral. El resultado es incómodo: el material está, se extrae, se procesa… y luego no se convierte en producto.

La parte provocadora del trabajo son las magnitudes, porque obligan a pensar en escalas. Los autores estiman que recuperar el 90% de esos subproductos podría cubrir casi todas las necesidades estadounidenses de la mayoría de los elementos evaluados. Y, sobre todo, que incluso una recuperación del 1% ya reduciría de forma sustancial la dependencia de importaciones para muchos de ellos. Es decir: no hace falta una revolución perfecta para notar el efecto.

En muchos casos, el propio estudio sugiere que recuperar menos del 10% de esos subproductos podría generar un valor total superior al de los metales principales que hoy venden las minas. Eso suena a “dinero tirado”, pero ahí aparece el punto crítico: valor potencial no es lo mismo que negocio viable. Separar pequeñas cantidades en mezclas complejas exige pasos extra, equipos, energía, química fina y una logística que no siempre encaja con una planta optimizada para un solo metal.

También hay un límite práctico y ambiental. Parte de lo que no se recupera acaba en relaves que deben almacenarse y vigilarse durante años para evitar impactos. Reprocesar residuos puede reducir volumen o toxicidad… o puede mover el problema de lugar si se hace mal. Además, si la recuperación exige nuevos reactivos o más consumo energético, el “beneficio” puede diluirse rápidamente si no se controla.

Entonces, ¿por qué no se hace ya? Porque el obstáculo no es descubrir que existe el subproducto, sino convertirlo en rutina industrial: contratos, estándares, compradores, tecnología de separación, permisos, y un marco que reparta costes y riesgos. Sin presión o incentivos, la opción más sencilla para una mina suele ser seguir vendiendo lo de siempre y dejar lo demás en los desechos.

Lo interesante es que esta vía no necesita épica, necesita decisión. Pilotos en minas activas, contabilidad transparente de lo que se está perdiendo, y tecnología aplicada a un objetivo concreto: capturar una fracción pequeña pero constante. La pregunta abierta no es si “hay minerales escondidos”, sino quién va a pagar por recuperarlos y qué prioridades se imponen cuando lo estratégico ya no está bajo tierra, sino en lo que hoy tratamos como basura.

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