Europa lleva años apostando por las energías renovables como base de su transición energética, pero hay un factor que empieza a condicionar ese modelo: la falta de agua. Cuando las sequías se intensifican, la producción hidroeléctrica cae y el sistema tiene que apoyarse en otras fuentes para cubrir la demanda.
Un estudio reciente que analiza el periodo entre 2017 y 2023 detecta un patrón claro. Durante los años más secos, los países europeos recurrieron con mayor frecuencia a centrales de combustibles fósiles y a importaciones de electricidad para evitar desequilibrios en la red. No es una tendencia puntual, sino una respuesta estructural ante la variabilidad climática.
El impacto no es menor. La generación adicional con combustibles fósiles alcanzó unos 180 TWh en ese periodo, una cifra equivalente a cerca del 7 % de la producción eléctrica total de la Unión Europea en 2022. Ese incremento se traduce directamente en más emisiones en un momento en el que el objetivo es reducirlas.
Las consecuencias van más allá del CO₂. Los investigadores estiman que este uso adicional de centrales fósiles generó 141 millones de toneladas extra de emisiones, junto con contaminantes atmosféricos como dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y partículas finas. Estas últimas, aunque representan una parte menor del volumen total, tienen un impacto desproporcionado en la salud.
El análisis también muestra diferencias entre fuentes fósiles. El gas natural es el recurso más utilizado para cubrir déficits, pero el carbón y el lignito generan niveles de contaminación mucho más elevados. En algunos casos, las emisiones de partículas y dióxido de azufre asociadas a estas fuentes son varias veces superiores.
El efecto tampoco se distribuye de forma uniforme en el mapa. Países como Bulgaria, España e Italia registraron mayores niveles de contaminación en episodios de sequía, en parte por su posición dentro del sistema energético europeo y la interacción entre distintas fuentes de generación.
El problema de fondo es que se crea un ciclo difícil de romper. Las sequías reducen la producción renovable, lo que obliga a usar más combustibles fósiles. Ese aumento de emisiones contribuye al cambio climático, que a su vez incrementa la probabilidad de nuevas sequías. El sistema responde, pero lo hace en una dirección que agrava el origen del problema.
Las soluciones que plantean los investigadores no pasan por abandonar las renovables, sino por reforzarlas con una red más flexible. Mejorar las interconexiones entre países, ampliar el almacenamiento energético y ajustar la demanda en momentos críticos son algunas de las medidas que podrían reducir la dependencia de fuentes fósiles en situaciones de estrés.
También se apunta a tecnologías en desarrollo, como el almacenamiento en baterías o el hidrógeno, que permitirían gestionar mejor los excedentes de energía cuando hay abundancia y utilizarlos cuando la producción cae. Aun así, estas soluciones todavía no están desplegadas a gran escala.
El estudio deja una conclusión clara. La transición energética no depende solo de instalar más capacidad renovable, sino de adaptar todo el sistema a condiciones más variables. En un escenario de sequías más frecuentes, la estabilidad de la red se convierte en un desafío tan importante como la propia generación.