El giro no responde solo a una cuestión climática, sino a una presión geopolítica cada vez más visible. China sigue siendo el mayor importador mundial de petróleo, y buena parte de ese suministro llega por rutas marítimas vulnerables. La posibilidad de interrupciones ha dejado de ser un riesgo teórico para convertirse en un escenario que condiciona decisiones estratégicas.
Ese contexto se volvió más tangible en 2026, cuando las tensiones asociadas al cierre del estrecho de Ormuz afectaron a una de las principales arterias del comercio energético global. Antes del conflicto, por esa vía transitaba alrededor del 20% del petróleo mundial, lo que explica el impacto inmediato en precios y en la estabilidad del suministro.
La respuesta de Pekín ha sido doble. Por un lado, reforzar reservas, ajustar precios internos y aumentar su producción doméstica, que alcanzó un máximo mensual de 4,44 millones de barriles diarios en marzo de 2026. Por otro, acelerar un cambio más profundo: reducir el peso estructural del petróleo en su economía.
Ahí es donde entra la energía nuclear. Según la base PRIS de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, China cuenta con 60 reactores en operación que suman 58.770 MW de capacidad. A esto se añade una cifra clave: 35 reactores en construcción, con más de 37.000 MW adicionales en camino, lo que sitúa al país en una posición dominante en expansión nuclear.
Más allá del volumen, el ritmo también importa. La entrada en operación de nuevas unidades, como San’ao 1 en marzo de 2026, refleja que el calendario avanza de forma sostenida. No se trata de proyectos aislados, sino de un despliegue continuo que busca consolidar una base eléctrica estable a largo plazo.
La lógica detrás de esta apuesta está ligada a la electrificación. China quiere trasladar cada vez más consumo —industria, transporte o centros de datos— hacia la electricidad. Pero ese cambio exige una fuente capaz de operar de forma constante, algo que las renovables, por su variabilidad, no siempre pueden garantizar por sí solas.
En su estrategia climática presentada ante la ONU, el país plantea objetivos concretos, como que los vehículos de nueva energía alcancen alrededor del 40% de las ventas en 2030 y que el consumo de petróleo en transporte terrestre llegue a su punto máximo. Son metas que apuntan a una transición gradual, no inmediata.
El problema es que integrar renovables a gran escala no es solo cuestión de instalar capacidad. La red eléctrica debe ser capaz de absorber esa energía, algo que no siempre ocurre. De hecho, los propios planes reconocen el aumento del llamado “curtailment”, es decir, electricidad renovable que se desperdicia por falta de infraestructura adecuada.
En ese equilibrio, la nuclear cumple un papel específico: aportar estabilidad. No sustituye a la solar o la eólica, pero permite sostener el sistema cuando no hay sol o viento. La combinación de ambas tecnologías define el modelo energético que China intenta construir.
Aun así, la nuclear no elimina todos los riesgos. Existen debates sobre residuos, costes, consumo de agua y seguridad. Además, la idea de autonomía energética tiene límites, ya que el uranio y el combustible nuclear también dependen de cadenas de suministro internacionales, con su propia dimensión geopolítica.
En términos de emisiones, la contribución nuclear ya es significativa en valores absolutos. En 2024, generó 450,9 mil millones de kWh, lo que equivale a evitar el uso de unos 140 millones de toneladas de carbón estándar y cerca de 370 millones de toneladas de CO2. Pero sigue representando una parte relativamente pequeña del total eléctrico.
El cambio que plantea China no es puntual, sino estructural. Reducir la dependencia del petróleo implica rediseñar su sistema energético completo, desde la generación hasta el consumo. La nuclear aparece como una pieza clave en ese proceso, no como sustituto único, sino como soporte de una transición más amplia y compleja.