La reelección de Donald Trump ha tenido un efecto inesperado y preocupante: grupos neonazis en Estados Unidos, como la Red de Libertad Aria (AFN, por sus siglas en inglés), están aprovechando su retórica y políticas para ganar adeptos y visibilidad. Este movimiento, liderado por una pareja texana con profundas raíces en el Ku Klux Klan, ha duplicado su número de capítulos desde principios de 2023.
Dalton Henry Stout y Daisy Barr, ambos hijos de destacados líderes del KKK, dirigen AFN desde una casa modesta en Texas. En entrevistas, han elogiado abiertamente a Trump, afirmando que “es lo mejor que nos ha pasado” y que ha despertado a muchos sobre los “problemas” que ellos promueven desde hace años. El grupo busca atraer a nuevos miembros mediante actos públicos, propaganda y conferencias de carácter supremacista.
Aunque la AFN opera en los márgenes políticos, sus actividades han ganado presencia en manifestaciones de extrema derecha y eventos violentos. Según datos del Armed Conflict Location & Event Data Project, la proporción de incidentes de violencia política protagonizados por extremistas blancos en EE.UU. pasó del 13 % en 2020 a casi el 80 % en 2024, un salto que coincide con la consolidación del movimiento MAGA como identidad central del Partido Republicano.
El discurso de Trump contra la inmigración y las iniciativas de diversidad, así como sus indultos a implicados en el asalto al Capitolio del 6 de enero, han sido interpretados por estos grupos como un respaldo implícito. Investigadores señalan que esta percepción ha facilitado el tránsito de activistas desde colectivos como los Proud Boys hacia organizaciones más radicales como AFN.
La propaganda es uno de los pilares del reclutamiento. AFN distribuye volantes racistas en barrios residenciales, a menudo durante la noche, en bolsas de plástico lastradas para que puedan ser arrojadas a jardines. Estos materiales incluyen caricaturas ofensivas y mensajes que presentan a los inmigrantes como amenazas, junto con símbolos nazis y consignas de “poder blanco”.
En sus reuniones, el grupo incorpora rituales inspirados en el Klan y el nazismo, como la quema de cruces y esvásticas. Videos difundidos en sus canales muestran a Stout realizando saludos nazis, flanqueado por miembros armados y enmascarados. Aunque públicamente afirma oponerse a la violencia, su discurso interno contempla la posibilidad de una “guerra santa racial”.
Las armas y el entrenamiento táctico son otro componente central. Registros judiciales muestran que algunos miembros han fabricado rifles AR-15 y explosivos de forma ilegal. El FBI ha documentado actividades de tiro en distintos estados y la presencia de exmiembros de otros grupos extremistas en sus filas. Pese a las detenciones, AFN sigue operando en varios territorios.
Expertos en extremismo doméstico advierten que la reducción de recursos federales destinados a combatir el terrorismo interno durante la administración Trump podría envalentonar a estos grupos. Organizaciones como el Proyecto Global Contra el Odio y el Extremismo señalan que el contexto político ha normalizado ideas antes confinadas a los márgenes más radicales.
Las cifras sobre la membresía de AFN son inciertas. Estimaciones privadas sitúan el número de integrantes entre 1.000 y 1.500, aunque otras fuentes creen que podría ser menor. Lo que sí es claro es que el grupo ha ganado influencia y conexiones con otras redes de supremacistas blancos, convirtiéndose en un actor relevante dentro del extremismo estadounidense.
Para los investigadores, el desafío no es solo frenar la expansión de AFN, sino revertir la percepción de legitimidad que su retórica ha ganado entre sectores de la derecha radical. Mientras tanto, el grupo continúa creciendo y adaptándose, en un entorno político que consideran favorable a sus objetivos.
Fuente: Reuters