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Descubren cómo un planeta gigante escapó a la muerte de su estrella, un espejo del futuro del Sol

Un planeta gigante sobrevivió a la muerte de su estrella y el James Webb revela cómo, en un anticipo del futuro lejano de nuestro propio sistema solar.

Aldo Venuta Rodríguez
Aldo Venuta Rodríguez Redacción · 4 min lectura
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WD1856b orbitando una estrella enana blanca
Concepto artístico de WD1856b, un gigante gaseoso que orbita una enana blanca y tendría una atmósfera con metano y neblinas. Crédito: NASA, ESA, CSA, Ralf Crawford (STScI).

En 2020, los astrónomos se toparon con algo que no encajaba. Un planeta gigante, del tamaño de Júpiter, orbitaba pegadísimo a una estrella muerta, justo en un lugar donde no debería haber sobrevivido. La pregunta era inevitable, ¿cómo había logrado escapar a la violenta agonía de su estrella?

Ahora, observaciones del telescopio espacial James Webb parecen tener por fin la respuesta. Un equipo internacional, liderado por la Universidad de St Andrews y con participación de Northwestern y Cornell, analizó por primera vez la atmósfera de ese planeta, llamado WD1856b, y reconstruyó su historia para entender cómo terminó donde está.

El estudio, que se publica en la revista Nature, no es solo la crónica de un superviviente cósmico. Ofrece una mirada sin precedentes al futuro lejano de los sistemas planetarios, incluido el nuestro, cuando dentro de unos 5.000 millones de años el Sol también muera.

Una órbita que no debería existir

WD1856b está a solo 80 años luz de la Tierra y tiene entre cuatro y once veces la masa de Júpiter. Lo extraño es a quién orbita, una enana blanca, el denso resto que queda cuando una estrella como el Sol agota su combustible y muere. El planeta es siete veces más grande que esa estrella y da una vuelta completa cada 1,4 días.

Esa cercanía es lo desconcertante, porque orbita cincuenta veces más cerca de lo que la Tierra está del Sol. Antes de morir, las estrellas como el Sol se hinchan hasta más de cien veces su tamaño en su fase de gigante roja, engullendo lo que encuentran. De hecho, cuando el Sol muera se tragará a Mercurio, Venus y posiblemente a la Tierra. WD1856b, sin embargo, sigue ahí, en una zona que debería haberlo aniquilado.

Representación artística del exoplaneta WD 1856 b
Representación artística del exoplaneta WD 1856 b. Crédito: Agencia Espacial Europea.

Una fiebre que delató su viaje

Para resolver el misterio, el equipo usó el James Webb para medir la atmósfera, la temperatura y la masa del planeta. Y encontraron una pista clave, porque WD1856b está mucho más caliente de lo que debería, unos 240 grados por encima de lo que explicaría la débil luz de su estrella. Algo lo había calentado en el pasado.

Como los planetas gigantes se enfrían a un ritmo predecible, esa temperatura extra funcionó como un termómetro de su historia. La conclusión es que el planeta no estaba ahí desde el principio, sino que migró hacia la estrella entre 3 y 5.500 millones de años después de su muerte, manteniéndose a salvo durante la fase destructiva de gigante roja y acercándose mucho más tarde.

Aún se debate qué lo empujó hacia dentro, quizá la influencia gravitatoria de otras estrellas, ya que el sistema es en realidad triple, con compañeras lejanas que pudieron alterar su órbita. El acercamiento lo recalentó por la fuerte gravedad de la enana blanca, y desde entonces se ha ido enfriando poco a poco.

Ocho minutos para fotografiar el futuro del Sol

Captar todo esto fue una proeza técnica. Las enanas blancas son extremadamente tenues, y para colmo el tránsito del planeta frente a la estrella dura apenas ocho minutos, según relató Victoria Boehm, de la Universidad de Cornell. En sus palabras, si parpadeas te lo pierdes, y solo un instrumento como el Webb puede captar suficiente luz tan rápido.

En ese fugaz instante, el telescopio detectó nubes e hidrocarburos en la atmósfera del planeta, muy probablemente metano. Es la primera vez que se caracteriza la atmósfera de un planeta que orbita una estrella muerta, y el equipo ya ha observado cuatro tránsitos más para profundizar en su química.

El hallazgo cambia cómo imaginamos el destino de sistemas como el nuestro. Como resumió Ryan MacDonald, líder del estudio, es como usar una máquina del tiempo para asomarse al futuro lejano del sistema solar, y demuestra que la muerte de una estrella no es el final, sino que algunos planetas viven después un futuro vibrante.

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