La mayor parte del hidrógeno que se produce hoy no es limpio. En Estados Unidos, cerca del 95 % se obtiene a partir de gas natural mediante un proceso industrial conocido como reformado de metano con vapor. El hidrógeno azul parte exactamente de esa base, pero introduce un elemento clave: sistemas para capturar el dióxido de carbono generado y almacenarlo bajo tierra.
La diferencia con el hidrógeno “gris” es directa. En el modelo convencional, el CO₂ se libera a la atmósfera; en el azul, se intenta retener. Sobre el papel, esto lo convierte en una opción de menor impacto climático y explica por qué algunos escenarios lo sitúan cubriendo hasta un 30 % del hidrógeno bajo en carbono antes de 2030.
El proceso industrial detrás no es nuevo ni especialmente complejo. El gas natural reacciona con vapor a alta temperatura, entre 700 y 1.000 grados, generando hidrógeno y monóxido de carbono. Después, una segunda reacción transforma ese monóxido en más hidrógeno y dióxido de carbono. En una fase final, se eliminan las impurezas para obtener un flujo de hidrógeno prácticamente puro.
Ese es el punto donde entra la captura de carbono. En el sistema convencional, producir un kilo de hidrógeno puede generar entre 9 y 12 kilos de CO₂. Con tecnologías de captura, esa cifra puede bajar a unos 2 o 3 kilos, lo que supone una reducción significativa, al menos en condiciones ideales de operación.
El problema es que esas condiciones no siempre se cumplen. Para que el hidrógeno azul tenga un beneficio climático claro, las instalaciones deben capturar más del 95 % del CO₂ y, además, controlar otro factor menos visible: las fugas de metano durante la extracción y transporte del gas. Si esas fugas superan ciertos niveles, el balance climático puede empeorar rápidamente.
Aquí es donde empieza el debate real. Algunos análisis sostienen que, en escenarios más cercanos a la operación real, el hidrógeno azul puede acabar emitiendo más gases de efecto invernadero que alternativas directas como quemar gas o incluso diésel. La diferencia depende de variables como el origen del gas, la eficiencia de captura o las pérdidas en la cadena de suministro.
Los costes también reflejan esa tensión. Producir hidrógeno azul puede situarse entre 2,4 y 4 euros por kilo, una cifra superior al hidrógeno sin captura. Cuanto mayor es la tasa de captura de carbono, mayor es el coste. En algunos países, el modelo depende en gran parte de incentivos públicos para mantenerse competitivo.
El respaldo político y empresarial ha impulsado varios proyectos a gran escala, especialmente en Estados Unidos. Sin embargo, no todos han seguido adelante. Cancelaciones recientes y retrasos en infraestructuras de captura apuntan a que el despliegue no es tan lineal como se planteaba, y que compite con otros usos del suelo y de la inversión, como los centros de datos o la propia electrificación.
La comparación con el hidrógeno verde añade otra capa. Este último se produce con electricidad renovable y tiene emisiones mucho más bajas, pero sigue siendo más caro y difícil de escalar. Por eso, muchos modelos prevén que el hidrógeno azul tenga más peso en las próximas décadas, al menos hasta que el verde alcance una mayor madurez industrial.
En el fondo, el hidrógeno azul no resuelve el problema energético, sino que lo desplaza. Reduce parte de las emisiones, pero mantiene la dependencia del gas natural y de infraestructuras fósiles. Su papel futuro dependerá menos de su definición técnica y más de si logra demostrar, en condiciones reales, que puede reducir emisiones de forma consistente y a un coste asumible.