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Qué son los centros de datos y cómo funcionan por dentro

Detrás de cada app, cada búsqueda o cada video en streaming hay centros de datos: edificios llenos de servidores que sostienen Internet las 24 horas. Son la infraestructura real de la nube y también uno de los mayores consumidores de energía del mundo digital.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

12 min lectura

Centro de datos industrial con subestación eléctrica y cercas de seguridad visto desde el exterior

Qué es un centro de datos

Un centro de datos es, en esencia, el lugar físico donde “vive” Internet. Cuando abres una app, ves una serie en streaming, haces una videollamada o consultas tu banco, tu móvil o tu ordenador no hacen magia: envían peticiones que acaban en máquinas reales, conectadas a redes reales, dentro de edificios diseñados para no detenerse casi nunca.

La confusión más común es pensar que “la nube” es algo etéreo. La nube es un servicio; el centro de datos es el sitio donde ese servicio se sostiene. Por eso, entender cómo funciona un centro de datos por dentro no es una curiosidad técnica: es una forma de ver qué necesita el mundo digital para existir, cuánto cuesta mantenerlo y por qué hoy está en el centro de debates sobre energía, agua y expansión de la inteligencia artificial.

Dónde están realmente “la nube” y los servicios digitales

Un centro de datos reúne servidores, almacenamiento y equipos de red para procesar información y entregarla con rapidez. Lo importante no es solo la potencia de esas máquinas, sino la continuidad. Si un servicio se cae unos minutos, puede ser una molestia. Si se cae horas, puede convertirse en un problema económico, social o incluso de seguridad. Por eso un centro de datos está pensado para funcionar 24/7, con planes para absorber fallos y picos de demanda sin que el usuario lo note.

La diferencia con un “servidor en la oficina” es de escala y de diseño. Una empresa puede tener equipos propios para tareas internas, pero un centro de datos moderno se parece más a una infraestructura industrial: sistemas duplicados, turnos de operación, monitorización constante y reglas casi obsesivas. Y cuando hablamos de “nube”, hablamos de lugares muy concretos. En Dublín, por ejemplo, Google opera grandes complejos de centros de datos que sostienen parte de sus servicios europeos. Lo que para el usuario es “un archivo en Internet” en realidad vive en edificios físicos, con direcciones, transformadores y consumo eléctrico propio. No desaparece: simplemente se vuelve invisible.

Qué hay dentro de un centro de datos: servidores, red y almacenamiento

Pasillo de centro de datos con racks de servidores

Si pudieras entrar en la parte operativa de un centro de datos, lo primero que verías no serían pantallas futuristas ni robots, sino algo mucho más prosaico: pasillos largos y filas de armarios metálicos. Esos armarios, llamados racks, agrupan servidores como si fueran libros en una biblioteca. Cada uno es, en esencia, un ordenador especializado que ejecuta tareas concretas: alojar una web, procesar pagos, guardar fotos o responder millones de consultas por segundo.

Junto a los servidores está el almacenamiento, donde los datos se guardan de forma permanente. Correos, vídeos, copias de seguridad, bases de dato, todo necesita sistemas que no solo tengan espacio, sino que puedan leer y escribir muy rápido y, sobre todo, que resistan fallos. Por eso se duplican discos, se reparten copias y se diseñan configuraciones capaces de seguir funcionando incluso cuando una pieza se estropea.

La otra gran pieza es la red. Es el sistema circulatorio del edificio. Conmutadores y routers conectan miles de máquinas entre sí y, al mismo tiempo, enlazan el centro de datos con Internet. Dentro, el tráfico es constante y masivo. Muchas veces, la velocidad real de un servicio depende tanto de esa red interna como del servidor que ejecuta el trabajo.

Por encima de todo opera el software de gestión, el “cerebro” invisible. Es el que reparte carga, crea máquinas virtuales, mueve servicios de un equipo a otro y reacciona cuando algo falla. Sin esa capa de automatización, un centro de datos moderno sería imposible de manejar a mano.

Aunque solemos imaginar que todo el gasto energético se lo llevan los servidores, la realidad es más matizada. En instalaciones actuales, alrededor del 60% de la electricidad alimenta directamente al cómputo, mientras que una parte importante se pierde simplemente manteniendo el entorno estable: refrigeración, redes, almacenamiento y sistemas auxiliares pueden sumar entre un 20% y un 40% adicional. Es decir, una fracción relevante de la factura no procesa datos: solo evita que las máquinas se sobrecalienten.

Qué ocurre cuando haces clic: cómo viajan los datos por Internet

Cuando haces clic en un enlace o abres una aplicación, tu dispositivo envía una petición que cruza routers, redes de operadores y termina en uno o varios servidores capaces de responder. Rara vez interviene una sola máquina: por el camino hay sistemas que reparten tráfico, copias temporales que entregan contenido más rápido y servicios que cooperan para construir la respuesta. Todo ese recorrido dura muy poco, pero no es instantáneo. A ese pequeño retraso se le llama latencia: el tiempo que pasa entre lo que pides y lo que recibes.

En la mayoría de tareas apenas se nota, pero en videojuegos en línea, videollamadas o pagos en tiempo real una diferencia de 20 o 30 milisegundos puede sentirse como retraso o cortes. Por eso las empresas acercan físicamente sus servidores a los usuarios con infraestructuras “edge”: a veces unos cientos de kilómetros menos bastan para que un servicio pase de frustrante a fluido.

Cómo se garantiza que un centro de datos nunca se apague

Si hay un enemigo constante en un centro de datos es el fallo inesperado. Y el primer frente de esa batalla es la energía. Los servidores necesitan electricidad estable, y no basta con “estar conectados”: se diseñan sistemas para que, si falla una parte, otra tome el relevo. La electricidad se reparte dentro del edificio con equipos especializados, y se controla para evitar picos o caídas que puedan apagar máquinas.

Aquí entran los sistemas de respaldo. Uno de los más importantes es el UPS, que actúa como un colchón: si hay un corte, el UPS mantiene el suministro durante el tiempo necesario para que entren otros sistemas o para apagar de forma ordenada lo que haya que apagar. En paralelo suelen existir generadores que pueden alimentar el centro de datos cuando la red eléctrica externa no está disponible.

En este mundo aparece una jerga que confunde, pero se puede entender sin dolor. Cuando se habla de N, N+1 o 2N, se habla de redundancia. N sería lo mínimo necesario para operar. N+1 significa tener “una unidad extra” por si una falla. 2N sería tener el doble, como si existieran dos sistemas completos capaces de sostenerlo todo. No siempre se llega a 2N porque es caro, pero cuanto más crítica es la instalación, más se invierte en no depender de un único punto frágil.

Refrigeración y consumo eléctrico: el gran coste oculto de Internet

Sala técnica de refrigeración con chillers industriales, tuberías y equipos de climatización para centro de datos

Toda esa electricidad que alimenta servidores y redes no desaparece: se transforma en calor. Y el calor, si no se controla, reduce el rendimiento, provoca fallos y acorta la vida útil de los equipos. Por eso, en un centro de datos moderno, la refrigeración no es un detalle técnico más, sino casi tan crítica como los propios servidores. No basta con “poner aire acondicionado”: hay que dirigir el frío exactamente donde hace falta y sacar el aire caliente sin que se mezcle.

La escala del problema ayuda a entender por qué. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora en 2024, cerca del 1,5% de toda la electricidad mundial. Y si la demanda de nube e inteligencia artificial sigue creciendo, ese consumo podría acercarse a 945 TWh hacia 2030, casi el doble. Lo que parece una infraestructura invisible ya compite con el gasto eléctrico de países enteros.

Para no disparar todavía más esa factura, el diseño térmico se vuelve casi obsesivo. Una idea básica es separar pasillos fríos y pasillos calientes: en los primeros entra aire fresco a los equipos; en los segundos sale el aire recalentado. La contención evita que se mezclen y permite enfriar con menos energía. Si se mezcla, el sistema trabaja el doble para lograr el mismo resultado.

En algunos lugares se aprovecha el clima con técnicas como el free cooling, usando aire exterior cuando la temperatura lo permite. Otros sistemas emplean agua para transportar el calor con más eficiencia. Pero nada de esto es gratis: enfriar cuesta electricidad, infraestructura y, a veces, grandes volúmenes de agua. En determinadas regiones, ese consumo ya se ha convertido en un debate social y político, no solo tecnológico.

Seguridad física y ciberseguridad: cómo se protege la infraestructura

Un centro de datos serio se parece más a una instalación de alta seguridad que a una oficina. El control físico es estricto: entradas por zonas, registros, vigilancia y limitación de quién puede tocar qué. No porque haya secretos de película, sino porque cualquier intervención no autorizada puede causar fallos, robos de información o interrupciones.

La seguridad digital es igual de central. El tráfico se segmenta para que un problema no se propague como incendio. Se monitoriza el comportamiento de la red, se detectan anomalías y se aplican capas de protección para reducir el riesgo de ataques. En el mundo real, la pregunta no es “si intentarán entrar”, sino “cuánto tardas en detectarlo y qué pasa cuando sucede”.

Tipos de centros de datos: empresarial, colocation, hiperescala y edge

Hay centros de datos empresariales, pensados para una organización concreta. Hay instalaciones de colocation, donde una empresa alquila espacio para sus propios equipos dentro de un centro de datos gestionado por un tercero. Y están los de hiperescala, enormes, operados por grandes tecnológicas para sostener servicios globales. Cada modelo tiene una lógica distinta: costes, control, velocidad de despliegue y dependencia de proveedores.

En los últimos años creció otro enfoque: el edge. Son centros de datos más pequeños, repartidos, que acercan servicios a los usuarios para reducir latencia o soportar aplicaciones locales. Esto se nota en streaming, juegos, industria conectada o ciudades con mucha demanda digital. La idea es simple: no todo tiene sentido enviarlo a miles de kilómetros si puedes resolverlo más cerca.

La inteligencia artificial y el aumento de demanda energética

Racks de servidores GPU con refrigeración líquida en un centro de datos de alta densidad

La inteligencia artificial, especialmente la que se entrena y se ejecuta con grandes modelos, ha metido presión en el corazón del centro de datos. No es solo “más servidores”: muchas cargas de IA requieren hardware especializado y concentrado, y eso aumenta la densidad de consumo en menos espacio. Cuando metes mucha potencia en un área pequeña, el calor y la energía dejan de ser un problema secundario y se convierten en el cuello de botella.

Por eso hoy se habla tanto de GPUs, de racks más densos y de diseños específicos para IA. También por eso la conversación pública ha saltado del “Internet consume energía” al “la IA puede disparar nuevas necesidades eléctricas”. Los centros de datos no son el único factor, pero están justo en el lugar donde esa demanda se materializa.

El impacto local: electricidad, agua y costes para la comunidad

Detrás de cada centro de datos hay una negociación con la realidad física. La electricidad cuesta, la refrigeración cuesta y la expansión tiene límites muy concretos. No se instalan en el vacío: se conectan a redes locales, compiten por agua, ocupan suelo y dependen de infraestructuras que también usan hogares e industrias. Por eso el debate no es solo tecnológico, sino territorial.

Y el choque se nota sobre todo a escala local, porque los centros de datos no se reparten de forma uniforme. En Irlanda, por ejemplo, estas instalaciones ya llegaron a consumir alrededor del 21% de toda la electricidad del país, más que el conjunto de los hogares urbanos. Ese tipo de concentración convierte una cuestión aparentemente digital en algo muy tangible: capacidad de red, precio de la luz y aceptación social.

También está el tema de la eficiencia, que a veces se vende como una virtud casi moral cuando en realidad responde a pura economía. Cuanta menos energía desperdicia un centro de datos, más barato y competitivo es. Pero incluso así, cada nuevo salto de demanda —impulsado por la nube y por la inteligencia artificial— puede comerse parte de ese ahorro y trasladar el coste a la red eléctrica y, al final, a la comunidad.

Por qué los centros de datos se han vuelto una infraestructura crítica

Un centro de datos no es un lugar “misterioso” ni un concepto abstracto: es la infraestructura que sostiene la vida digital cotidiana. Su interior mezcla orden industrial, redundancia para que nada falle y una lucha permanente contra el calor. Todo lo demás —nube, streaming, IA— se apoya en esa base física.

Lo que está cambiando no es la idea de centro de datos, sino su escala y su presión sobre recursos. A medida que crecen el consumo digital y la inteligencia artificial, estos edificios dejan de ser un tema invisible y pasan a ser una pieza central en debates sobre energía, eficiencia y límites. La pregunta no es si necesitaremos más centros de datos, sino cómo y dónde se construirán, y quién pagará realmente la factura.

Fuentes:

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