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Quién controla los materiales estratégicos que mueven la tecnología actual

La tecnología actual depende de minerales críticos cuya extracción y procesamiento están en manos de unos pocos países lo que condiciona innovación industria y poder global.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

9 min lectura

Minerales estratégicos y poder global
Imagen ilustrativa. Créditos: Iceebook

La competencia mundial por los minerales y materiales esenciales es el nuevo tablero de poder del siglo XXI. Desde las tierras raras que permiten nuestros smartphones hasta el litio de las baterías y el cobalto de los coches eléctricos, un puñado de países controla las llaves materiales de la era digital y verde. Detrás de cada chip y cada turbina hay cadenas de suministro altamente concentradas: China, en particular, se ha posicionado en el centro de muchas de ellas.

Esta realidad plantea una pregunta incómoda: ¿quién manda realmente en la tecnología actual, los ingenieros que la diseñan o quienes dominan los insumos físicos que la hacen posible?

Minerales estratégicos en pocas manos

Buena parte de la tecnología moderna depende de minerales estratégicos cuyo suministro está lejos de ser democrático. Un claro ejemplo son las tierras raras, 17 elementos esenciales para imanes, motores eléctricos, turbinas eólicas y dispositivos electrónicos. Aunque no son especialmente escasos en la corteza terrestre, su extracción y refinamiento requieren procesos complejos y costosos. China lo entendió hace décadas y actuó en consecuencia.

Hoy, casi el 70% de la producción minera de tierras raras proviene de ese país, que además controla cerca del 90% de su capacidad de procesamiento. Dicho de otro modo, incluso si otros países extraen parte de estos metales, normalmente deben enviarlos a China para purificarlos y convertirlos en imanes o aleaciones útiles. Esta hegemonía no es casual: Pekín invirtió sostenidamente en toda la cadena de valor, desde la mina hasta la fábrica, mientras otras potencias ignoraban esos sectores por considerarlos menores o sucios.

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El resultado es que, hoy por hoy, quien busque fabricar un motor de automóvil eléctrico o un misil teledirigido casi inevitablemente dependerá de proveedores chinos. No es de extrañar que algunos analistas adviertan que las tierras raras se han vuelto un recurso geopolítico de primer orden, al punto que China ha insinuado usar su control como arma comercial y diplomática en disputas globales.

La pugna por el litio, el “oro blanco”

Otro material crítico en el epicentro de tensiones internacionales es el litio, clave para las baterías recargables que alimentan desde teléfonos hasta coches eléctricos. El litio ha sido bautizado como el “oro blanco” por su importancia en la transición energética. Sin embargo, su geografía es caprichosa: tres países –Australia, Chile y China– produjeron 88% del litio mundial en 2023. Australia lidera en extracción minera, Chile explota vastos salares y China combina producción doméstica con inversiones mineras en el extranjero.

Además, China domina la refinación química del litio para convertirlo en material de baterías. Esto significa que incluso empresas occidentales que fabrican vehículos eléctricos dependen de compuestos de litio procesados en China. La carrera por el litio está generando alianzas insólitas y recalibrando relaciones: China ha invertido en salares sudamericanos; Estados Unidos y Europa buscan acuerdos con Australia y Argentina para asegurar suministro; e incluso países con grandes reservas, como Bolivia, intentan aprovechar la fiebre del litio para atraer tecnología y no limitarse a exportar materia prima.

Pero en este momento la realidad es clara: quien controle el litio y su cadena de valor tendrá ventaja en la economía limpia que se avecina, y esa ventaja de momento se inclina hacia el eje Asia-Pacífico.

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Cobalto y tierras raras: dependencia de un país o de un conflicto

Hay casos donde la concentración es tanto geográfica como corporativa. El cobalto, indispensable para las baterías de ion-litio, ilustra esta dinámica. Cerca del 70% del cobalto mundial se extrae en la República Democrática del Congo (RDC), un país sumido en problemas de gobernanza. Pero extraer es solo el primer paso: aproximadamente 80% de ese cobalto congoleño viaja a China para ser refinado.

Esto se debe a que empresas chinas –y en menor medida occidentales– controlan la mayoría de las minas industriales en la RDC y prácticamente todas las plantas de procesamiento. Así, un solo país (Congo) provee el mineral, y otro (China) lo transforma en materiales listos para la industria global. La consecuencia es una cadena de suministro vulnerable a cualquier sobresalto político.

Si un conflicto o sanción afectara la producción en Congo o la exportación hacia China, la industria de baterías sufriría un shock inmediato. De hecho, esta dualidad ya genera tensiones: potencias como Estados Unidos y la Unión Europea buscan reducir la dependencia fomentando nuevas minas en otros lugares o reciclando materiales, pero escalar esas alternativas lleva tiempo.

Mientras tanto, China afianza su posición invirtiendo en proyectos mineros en África y asegurando acuerdos de suministro a largo plazo. Quién controla los materiales controla la industria, reza un adagio contemporáneo, y por ahora la respuesta en cobalto y tierras raras apunta principalmente a Asia y, en menor medida, a unos pocos países emergentes.

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Tecnología global, suministro fragmentado

La geopolítica de los recursos críticos revela una interdependencia incómoda. En un mundo cada vez más tensionado por rivalidades comerciales y de seguridad, ninguna potencia es verdaderamente autosuficiente en materiales tecnológicos. Por ejemplo, la fabricación de un simple smartphone involucra un rompecabezas global: puede requerir tierras raras refinadas en China para sus componentes electrónicos, cobalto y litio de África y Sudamérica en su batería, silicio ultrapuro obtenido con cuarzo de Brasil o Sudáfrica para sus chips, y así sucesivamente.

Incluso productos icónicos de un país llevan ADN mineral de otros. Un analista lo resumió con ironía: “Un smartphone o un procesador de última generación no los hace un solo país, son una colaboración planetaria”. Este entretejido de cadenas de suministro significa que, pese a las retóricas nacionalistas sobre “soberanía tecnológica”, las economías siguen atadas por la química y la geología.

La reciente fragmentación comercial –con aranceles, sanciones y pulsos por “desacoplar” las cadenas productivas– choca contra este hecho: no se puede innovar en el vacío. Intentar recrear internamente todas las piezas de la tecnología moderna sería costosísimo y lento. Por eso, en lugar de aspirar a una imposible autarquía, las naciones exploran estrategias para asegurar el acceso a estos insumos: reservas estratégicas, reciclaje, acuerdos con aliados o inversión en sustitutos.

La gran ironía es que, mientras algunos levantan muros comerciales, los átomos siguen cruzando fronteras: un coche eléctrico estadounidense puede depender de grafito chino, y un aerogenerador europeo de imanes fabricados en Japón con minerales australianos. En la base material de la innovación, el mundo permanece inevitablemente conectado.

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La nueva partida de poder: asegurar suministros

En este panorama, la competencia geopolítica se ha desplazado en parte al terreno de los suministros críticos. Las principales economías están adoptando políticas para asegurar el flujo de materiales estratégicos hacia sus industrias. Estados Unidos, por ejemplo, promulgó la Ley CHIPS y otras iniciativas para incentivar producción local de semiconductores y recuperar algo de capacidad en minerales clave.

La Unión Europea lanzó su Alianza de Materias Primas para diversificar fuentes de litio, cobalto y tierras raras, a la vez que fortalece su liderazgo en maquinaria especializada (como las famosas litográficas de la holandesa ASML, sin las cuales no se fabrican chips avanzados). Japón y Corea invierten en duplicar cadenas dominadas hoy por China, especialmente en materiales para baterías. India aspira a ser un nuevo polo de ensamblaje de electrónica y fabricación de chips, reduciendo importaciones. Y países con recursos naturales, como Australia, Canadá o Brasil, buscan pasar de meros exportadores de mineral a refinadores y fabricantes, capturando más valor agregado de sus riquezas. Estas movidas tienen un costo: implican proyectos caros y redundantes en distintas regiones, e incluso cierta ineficiencia económica (es más barato comprar a China que montar de cero una planta refinadora propia).

No obstante, los gobiernos parecen dispuestos a asumir esos costos en pos de mitigar riesgos. La pandemia y las tensiones con Rusia enseñaron que depender de un solo proveedor puede ser peligroso. El objetivo ahora es construir cadenas de suministro resilientes, aunque no necesariamente eficientes. En esta nueva partida, quien logre diversificar sus fuentes y reducir su talón de Aquiles material tendrá una ventaja estratégica. Pero, como admite la propia Comisión Europea, la interdependencia no desaparecerá: se trata de gestionar la vulnerabilidad, no de eliminarla por completo.

En definitiva, el control de los materiales críticos se ha convertido en una dimensión clave del poder mundial. Donde antes se disputaban territorios o industrias, hoy se disputan porcentajes de mercado de litio, rarezas químicas y nodos de refinamiento.

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La tecnología puede parecer etérea y global, pero descansa sobre cimientos muy físicos: minas, fábricas químicas y rutas comerciales. Ahora bien, esta realidad también encierra una lección de humildad: ninguna nación puede innovar en soledad absoluta. Por mucho que se levanten barreras, la innovación del siglo XXI es un esfuerzo compartido atado por cables submarinos, contenedores y yacimientos lejanos.

Quien domine un recurso –sea China con las tierras raras o Australia con el litio– tendrá influencia, pero también dependerá de otros para completar el ciclo tecnológico. La geopolítica de los recursos críticos es un juego complejo de interdependencia y competencia, en el que el verdadero ganador será quien sepa equilibrar la colaboración con la seguridad de suministro. Porque, en el fondo, la prosperidad tecnológica actual es tan fuerte como el eslabón más débil de sus cadenas de materiales.

Fuentes:

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